Escribo desde la pena. Escribo también con rabia. Estas líneas son mi catarsis tras la traumática situación vivida hace algunas semanas en un servicio de salud público. Escribo sobre todo con la esperanza de que nadie más deba pasar por este dolor.

Tuve un accidente en la V Región; fui atendida en el hospital de urgencia de San Antonio, por una fractura de tobillo y peroné. Lamentablemente, el hospital no contaba con un especialista en traumatología de turno, por lo que tras casi cinco horas de espera el médico de urgencia me indicó un calmante, una bota de yeso y una orden para ver a un traumatólogo. Nunca me advirtió sobre la gravedad de mi lesión.

Regresé a Santiago y al día siguiente fui a la Posta Central de calle Portugal. Tras ver las radiografías, el traumatólogo me indica que deben operarme y, por tanto, hospitalizarme en ese momento. Es aquí donde comienza mi calvario.

Me trasladan a la sala de yeso, donde este doctor me realiza un procedimiento denominado reducción cerrada -cosa de la cual me enteraré días después, pues en ese momento nadie me explicaba nada-. Tampoco recibo anestesia ni analgesia de ningún tipo. Menos aún me entregan un documento de consentimiento informado para que lo lea y firme, y para que pueda entender lo que me harán en el pie. Al ser beneficiaria y cotizante de mi seguro de salud FONASA, por ley se debió haber cumplido con todo este protocolo, a fin de garantizar mis derechos en salud. Nada de esto ocurrió ese día. Nadie me explicó nada. Nadie me preguntó nada ni menos pidió mi asentimiento. Yo moría de dolor. Sólo buscaba alivio y no estaba en condiciones de reclamar nada.

De un momento a otro, el traumatólogo comienza a forcejear bruscamente con mi pie fracturado. Cero delicadeza. Ningún cuidado. Yo sentía que me moría del dolor, y quizás como acto reflejo, resistía a sus movimientos. Gritaba, lloraba, le suplicaba que parara, que acabara con ese tormento. Le preguntaba por qué lo hacía de esta manera. No entendía por qué debía realizar una maniobra tan dolorosa, sin anestesia y sin empatía alguna. Me parecía un acto de tortura, una práctica de medicina cavernaria. Sin embargo, el médico sólo se limitó a decirme que me calmara, que era un procedimiento que se realizaba todos los días a los abuelitos, como si eso fuera analgesia. Como si eso aliviara mi dolor. Como si eso fuera una justificación decente. Los abuelitos insensibles. Los abuelitos pobres, enfermos, con pensiones de miseria que probablemente caían en sus manos, sin derecho a apelación…

Terminada esta primera fase, el médico me envía a tomarme nuevamente radiografías. Al revisarlas me advierte que deberá repetir el procedimiento, ya que como yo no había colaborado, se produjo una luxación total de tobillo, según sus palabras textuales. Un nuevo golpe en seco, ahora sí, introdujo mi tobillo en su lugar. De ahí nuevamente a rayos. Tras todo este periplo el médico dictamina que ahora sí podría recién ingresar a cirugía, y que si tenía suerte me operarían al día siguiente, dependiendo de las urgencias que se registraran durante la noche.

Quizás por una mezcla de sentimientos, porque me hizo sentir avergonzada de mis llantos y gritos, o porque uno se siente inevitablemente vulnerable en el sistema público de salud chileno, terminé pidiéndole disculpas al médico por mi comportamiento. Recién ahí, tal vez crecido ante mi resignación en mi lugar de paciente, me explicó que se trataba de un procedimiento doloroso que se hacía para evitar otros riesgos vasculares. Luego, recién ahí, me hizo firmar un documento en que, según dijo, yo debía autorizar la cirugía que faltaba. Ante la vulnerabilidad, el dolor aún presente, el miedo, la vergüenza, firmé. Sin mis lentes y sin poder leer lo que realmente señalaba el documento. ¿Qué más podía hacer? Si no firmaba en ese momento no me operarían.

Fui ingresada en el cuarto piso para la cirugía. Estuve hospitalizada dos días. Destaco el trabajo de auxiliares, técnicos paramédicos y enfermeras, pues de parte de ellos recibí siempre un trato humano, digno y profesionalmente competente.

Si bien mi proceso de recuperación está siendo largo y lento, y la cirugía propiamente tal no fue especialmente dolorosa, quiero manifestar lo violento y traumático que resultó el procedimiento de reducción cerrada en mi pie. He llorado mucho. Trato de entender la escasez de recursos del sistema público, pero una cosa son los recursos materiales y otra la calidad humana del personal. No logro entender ni menos justificar la falta de empatía del médico, su trato deshumanizado, su displicencia. Estoy segura que si hubiese sido un familiar suyo no habría actuado con esa agresividad ni omnipotencia. Me niego a ser vista o atendida como un hueso fracturado, como un pie más entre todos los pies o partes del cuerpo que le tocará ver a este doctor en su calidad de traumatólogo. Soy una persona y habría querido que se me hubiese respetado y tratado como tal, en mi calidad de ser integral dotado de cuerpo, mente y alma.

Soy funcionaria de la salud pública. He dejado para el último este dato porque habría esperado que fuera irrelevante. Hasta hoy me pregunto qué habría cambiado en la atención recibida por parte de este médico si se lo hubiese dicho. ¿Me habría tratado mejor? ¿Habría respetado mis derechos en salud? Sinceramente, en parte me alegro de no haber dicho nada en su momento. Así he podido conocer en carne propia el trato deshumanizado que, tristemente, algunos profesionales de la salud dan a los pacientes. Creo que a este tipo de personas el rótulo de profesionales les queda grande.

Me desempeño como trabajadora social en un centro de salud familiar de atención primaria. Es parte de mi quehacer cotidiano dar a conocer a los usuarios sus derechos y deberes en salud, Experiencias como la que aquí he relatado sólo hacen más difícil el proceso de recuperación de las personas en cuanto a su salud. Pero por sobre todo dificultan la confianza de los ciudadanos para con el Estado. Y nosotros, los funcionarios de los servicios públicos, somos la cara del Estado para ellos. Sin embargo, actos como éstos sólo redundan en que los usuarios se queden con el dolor, con la pena, con la falta de empatía y no con la resolución final de sus problemas de salud. Con la sensación de haber sido humillados cuando más requerían ser tratados con dignidad, porque a su situación de escasez de recursos han debido sumar la de estar enfermos; una doble condición de vulnerabilidad.

Nada justifica este tipo de trato deshumanizado. Nadie más debiera pasar por esto que a mí me tocó vivir. No puedo ni quiero creer que haya sido en vano. Esta es la esperanza que sostiene estas líneas.