Es muy probable, que el axioma de principios matemáticos de “ser”, desde lo que no se “es”, de configurarte como una unidad, o una identidad, se conforme desde esa alteridad.

La diferencia constitutiva que nos configura (Mouffe, 2007), nos restituya, un viejo adagio de Marx, las contradicciones que te reconstituyen, te dan un sentido de “sí”, un sentido de clase.

En ese lugar se construye la “falsa conciencia”, que puede ser perfectamente el lugar del “consumo”, y por otro lado, la conciencia de las “transformaciones”, y su noción de clase para “sí”. Es el lugar de la disputa, el lugar donde concurren las aguas que disputan los vientos de cada marejada.

Esta configuración de “unidad” consciente, incluso en la construcción cognitiva de las habilidades de la inteligencia, se configura sin una conciencia del “yo”. El infante aprende su concepción de unidad corporal, a través de las diferencias con el entorno, lo que Piaget, llamo un “narcicismo sin narciso”, parafraseando a Freud.

Esa diferencia con el entorno genera su propia concepción de identidad, la atribución de una, se da por la diferencia, lo que te define es tu exterioridad.

Una dialéctica de lo contrario, que vuelve a reconfigurar, porque hay una captación de un proceso de la realidad, aquella que nos constituye y nos estructura en lo político, ideológico, y simbólico.

Es muy probable que el despertar de un “pueblo” en Chile, este encontrando este cauce, encontrarse, por lo que, no se “es”, y esto se vislumbra con inusitada fuerza en este periodo electoral presidencial de balotaje.

Esa derecha insoslayable, que sabe con las riendas del poder (Correa, 2005), parece demasiado prepotente, parece demasiado exclusiva, parece demasiado neoliberal como para que su cosmética social logre travestir el orden del sentido común nacional.

Es cierto, el neoliberalismo ha logrado configurar una subjetividad capturada en el consumo, apolítica, que deambula en los gustos segmentados, las apropiaciones culturales de las diversas tribus, y targets.

Se trata de un “sujeto neoliberal”, cuyas valoraciones están mediadas por los mercados, es un sujeto que intenta votar sin política, pero con la carga más política de todas, y ese es el límite de su “trastorno”, de su pena existencial, porque al final es votar por el “patrón”, esa es su política, recubierta con parafraseos fáciles.

La reconstitución de otro, respecto a esa identidad, tenía más bien, y hace rato un sentido de dispersión, y desfragmentación. Hoy parece asomar una cara, un pueblo que se puede reconstituir, la izquierdización de las demandas es algo que llego para quedarse, y eso da gusto, ante tamaño hormigón reforzado de la edificación neoliberal.

Da gusto la reconfiguración de una noción de pueblo, porque a la base está el genuino malestar de los tiempos, aquel que no se traga, que todo lo resuelve el mercado, porque el mercado no resuelve nada, solo resuelve la ganancia de los “fuertes”, y un “chorreo” factual que se ha transformado en la movilidad tectónica de los accesos a bienes y servicios, pero que aparejado ha resignificado otras profundas obligaciones con la religión del mercado.

Un disciplinamiento de las conciencias que establece una gobernanza desde los cercos de la deuda, una tecnología del poder de los mercados absolutamente sofisticada. Y ahí, en esa captura esta más de medio Chile, la modernización no logro ventajas para todos, sino una profunda desigualdad transversal.

La demanda de una agenda de derechos representada en una votación disgregada, pero que tiene un mismo sentido, en la carencia, y en el hastío, termina por reconfigurar la imagen de un pueblo o de varios pueblos sometidos a la misma exclusión.

La homogenización necesaria que se conceptualiza en la vulnerabilidad nacional contrasta en una esquizoide imagen con el sujeto consumidor, los artefactos y las tecnologías hacen su trabajo arduo kafkiano, porque el neoliberalismo tienen un espíritu laborioso pragmático, logra un conductismo en la desregulación, que es el arrojo al abandono.

Una conformación posible, un tramado de difícil trazo, cuyo impresionismo, se divisa en la inconmensurable concentración de la riqueza en nuestro país, y cuyo expresionismo, se vislumbra en el movimientismo ciudadano. Un surrealismo que puede reivindicar la unidad de los “incontados” (Ranciere, 2006) como forma de dibujar un pueblo en la acuarela de Chile.

El pueblo mapuche masacrado en la pacificación de su asimilación nacional, el pueblo de la “cuestión social”, configurado en identidad en los “frentes populares”. El pueblo golpeado y ametrallado el 73, el pueblo de la dictadura que abrió zanjas, pero que también fue pueblo, hasta que el arcoíris fraguo su mercantilización a manos de una “jaula de hierro”.

El pueblo estudiantil del 2006 y el pueblo estudiantil y multitudinario del 2011, y hoy el pueblo que no voto por la derecha, el pueblo que pide transformaciones, ese pueblo que no es “mercado”, que se salió del molde y quiere ser pueblo, quiere llegar a ser un “pueblo”, y reclama una “polis” y un nuevo “contrato social”.


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