Muchas razones no son buenas razones. Muchas apuntan a la imprecisión y a la falta de una buena razón. Típico del razonamiento al voleo tan propio del izquierdismo. Esa fue la sentencia previa de un amigo economista. Tengo dos motivos para la largueza. Uno, los argumentos están conectados pero la pedagogía no permite una síntesis elocuente. Dos, el espacio político está irremediablemente fragmentado y en cada rincón alguien encuentra alguna buena razón para preferir a Piñera.

Algunos creen en el riesgo venezolano; esos pueden seguir en la derecha que es donde pertenecen. Otros se sienten liberales y le temen al PC. Muchos creen que, a pesar de todo, la eficiencia está del lado de Piñera. Hay quienes quisieran arremangarse la camisa y volver a meterse en la refriega política. De los que se han perdido en las noticias, la mayoría no ve problemas en que gobierne la derecha; “nos hace bien la alternancia”, dicen. No faltan los que ven con preocupación el ascenso del Frente Amplio ni los que creen que el “crecimiento” vale hacerse los lesos por un rato con la humanidad.

Muchos de nosotros hemos hecho espacio para las escasas sinapsis que nos quedan y hemos retirado de la memoria detalles como el valor del laicismo, el rechazo imprescriptible a la tortura y el sentido inclusivo de la libertad. Nosotros hemos olvidado la comunidad de nuestra historia. Nosotros, los viejos de esta tradición cultural hemos sido los hombres y las mujeres libres que hemos forjado el país que tenemos. Nosotros -y no ellos- podemos enorgullecernos de las vidas que hemos llevado. Nosotros que hemos abandonado la pretensión de hablar en nombre de todos; nosotros que hemos renunciado a hablar de ellos; nosotros somos los que podemos invocar ese espacio y apuntar ese nombre hacia adelante.

A mí me basta con este desborde de pasión histórica y comunitaria, pero entiendo que ofrecí razones. Aquí van:

1. Alejandro Guillier es un buen hombre

No es poco cuando necesitamos construir un país más amable. Voy a votar por Alejandro Guillier y lo voy a hacer con entusiasmo y con esperanza. El hombre es un provinciano de clase media, entiende la situación de la gente, sabe medir a los políticos y tiene el carácter para tratar con ellos.

Esta elección se trata de algo más que programas, se trata de inclinaciones éticas y de fidelidad a la propia identidad histórica. Elegimos entre gente que tiene nuestros mismos problemas y gente que no los tiene. Elegimos entre personajes que nos dicen como nos van a ayudar y gente que quiere condiciones para ayudarse por sí misma.

2. Aquí se trata de elegir compañías, equipos y experiencias

La experiencia del Estado, de los funcionarios, de los técnicos y los directivos que han dirigido el Estado en estos 27 años -y que tanto hemos criticado-, esa es la experiencia de los equipos de Guillier. El Estado es la garantía de acompañamiento, de acumulación de conocimiento, de continuidad y de gradualidad en las reformas. Necesitamos trabajar con la experiencia de los que han llevado adelante la modernización y la humanización del país en todos estos años. La convicción de modernización por medio de la humanización de la sociedad es parte de la diferencia de nuestra cultura.

Dirigir el Estado hacia una apertura ciudadana no es algo que se improvisa desde la gerencia de un banco o en aulas de la cota mil. La derecha ya hizo la experiencia de chocar una y otra vez con un aparato del Estado que no supo dirigir.

3. Afortunadamente hemos cometido grandes errores

Eso es lo que nos ha permitido hacer grandes cosas. Todo lo que hemos logrado en estas décadas se debe a la insistencia de una política que busca armonizar las demandas sociales y el crecimiento económico. Ese es el camino de eficiencia que hemos seguido con tenacidad. Se han cometido errores y torpezas en este proceso insistente de integración de la gente a la sociedad y a la economía. Pero ha sido mejor cometer esos errores que evitar los problemas y hacerse los lesos con las demandas sociales. Esa convergencia se pone en riesgo al elegir a los que no la entienden y prefieren ignorar sistemáticamente las opiniones y las peticiones de la gente.

4. El Estado de Chile es la encarnación institucional de la cultura socialdemócrata

El Estado es la clase media. El Estado es la herencia radical, cristiana, izquierdista y democrática del servicio público. El Estado es el sostenedor de los derechos sociales arrancados a tirones en dos siglos de historia. Los que vienen de esa cultura son los que pueden corregir sus deficiencias y reenfocar su orientación.

El Estado socialdemócrata es el espacio político en el que se pueden desenvolver las ideas liberales. Es la socialdemocracia en el Estado la que crea las plataformas regulatorias que permiten que la libertad económica intente imponerse a las mafias y a las tendencias colusorias en los mercados. Es la cultura socialdemócrata la que mantiene –a duras penas- el interés y la atención pública sobre la innovación y al desarrollo tecnológico. Es el Estado socialdemócrata el que puede entender que la ciudadanía tiene una dimensión cotidiana en el consumidor y que ese es el factor determinante en la elevación de los estándares de calidad en la economía.

5. Hemos olvidado el valor de un Estado laico

Damos por ganados los valores de la tolerancia, del libre pensamiento y de la hospitalidad. Venimos del inhumanismo y ya nos hemos desentendido de la fragilidad de lo humano. La simpatía de Kast y la dentadura de Ezatti deberían ser recordadas en nuestras oraciones nocturnas. Los pedófilos, los abusadores de mujeres, los torturadores y los cómplices activos están entre nosotros y si no marcamos una distancia clara, la gente de buena voluntad que se abstiene o vota por la derecha no va a tener señal alguna para separarse de ellos. En estos días el voto ampliado de la derecha representa un balón de oxígeno para las ideologías perniciosas.  

6. La tarea de gobernar se dirige a la gente común y a los postergados

A los abandonados, a los que no pueden competir en la carrera de los mejores, a los que se han caído y a los que se equilibran en el borde de la vereda. Gobernar es dar seguridad y estabilidad a la gente modesta; es crear condiciones para trabajar, emprender y armarse una vida para todos, partiendo por los más vulnerables.

No se gobierna para los ganadores, para los que siempre tienen razón y para los que no necesitan al Estado sino para todos; para los que prefieren jugar que ganar, los que pierden, los que no compiten y también, los que ganan a veces (alcanzo a escuchar el chirrido de los dientes de los amantes de la competitividad). No interesan los gobernantes que ganen discusiones, sino gente que se siente a conversar y a escuchar. No nos interesan los ganadores profesionales sino los que sean capaces de recoger las inquietudes de los que viajan en Metro, los que se meten en tacos interminables y les cuesta llegar a fin de mes. Escuchar no es algo pasivo y contemplativo; es la humildad que se necesita para reconvertir el poder político.

Es la necesidad de luchar por la libertad, no para algunos sino por la libertad de todos, lo que nos conduce a pedir una democracia más amplia y participativa; lo que da sentido a la educación pública, a las reformas del Estado, a la promoción de mercados libres y al apoyo a los emprendimientos. El sentido práctico de la inclusión está en el uso de la tecnología para beneficio de toda la población y no solo de los mejores, los talentosos y los herederos. El esfuerzo, la responsabilidad y el mérito son buenos criterios para guiar la vida pero no para justificar la exclusión. 

7. Elegimos seguir responsabilizándonos por nuestras instituciones

Y por nuestras vidas en vez de traspasárselas a un administrador privado. Preferimos no correr el riesgo de quedar atrapados en las refriegas con que lo privado quiere tomar posesión de lo público. Preferimos evitar las medias verdades de políticas inconfesables. No queremos asistir al desmantelamiento de los resguardos medio ambientales y al crecimiento de las inversiones basura en Pascua Lama, en Til Til, en HidroAysén y en cada comuna del país. ¡Cuánto nos mintieron con la urgencia de desforestar Aysén para tener energía barata!

Lo que tenemos que hacer como país es dejar de mirar a nuestros vecinos como menesterosos y empezar a verlos como ciudadanos; ese es el salto desde una política asistencialista a una de respeto a la dignidad de las personas. Esta es la clave del desarrollo en el mundo de hoy; el poder de la gente sin poder es la revolución tecnológica a la que asistimos. Todo lo que puede ser cubierto por una política amable está involucrado en este cambio y Alejandro Guillier es el hombre al que le corresponde seguir abriendo ese camino.


Director Fundación Chile Ciudadano