Un eje fundamental del programa del candidato Sebastián Piñera es el Ministerio de la Familia y Desarrollo Social. No es casual el que no se señala explícitamente cuál tipo de familia es la que merece la creación de dicha institución, dicha omisión da por hecho que existe un solo tipo de familia válida y legítima en la sociedad, y esta es, la familia nuclear o tradicional, heteronormada, compuesta por padre, madre, hijos e hijas, cuyo fin social es la procreación. Fin que afirma que el principal rol de las mujeres, “natural” e incuestionable, es ser madres abnegadas, en este sentido, siendo la maternidad, el trabajo doméstico y el cuidado de la familia, nuestra obligación exclusiva.

Ese rol social que se nos impone y prescinde de nuestras vidas, voluntad y deseos, se sustenta en una supuesta ley natural/biológica o divina, que en base a la diferencia sexual de origen biológico establece jerarquías en la sociedad, donde las mujeres estamos en mayor subordinación y dependencia. Dicha injusticia social es lo que el feminismo ha cuestionado, rebelándose al mandato sagrado de la maternidad obligatoria, visibilizando el trabajo reproductivo y de cuidados, las disidencias sexuales, el derecho al aborto, el creciente número de familias no tradicionales, entre otras. El feminismo, al entender el género como una categoría construida para justificar socialmente la discriminación, la exclusión y la desigualdad a los cuerpos determinados como femeninos, tensiona la idea de que la única base de la explotación de grupos humanos es la contradicción capital/trabajo, sino que también trabajo/familia.

La avanzada conservadora a nivel mundial, mediante fuerzas de ultraderecha, se sostiene en afirmar las diferencias biológicas entre los dos sexos para imponernos a las personas un “deber ser” en sociedad y con ello, sustentar la base heterosexual, hombre y mujer del matrimonio, así como la procreación necesaria y exclusiva del matrimonio heterosexual, para la conformación de un solo tipo de familia, que es la familia conocida como tradicional.

Este estereotipo de familia sería la única merecedora de derechos y políticas de Estado, como la del Ministerio de la Familia del candidato Piñera, ratificando con ello la discriminación y exclusión de las luchas de la disidencia sexual y las familias no tradicionales. De esta manera, se busca silenciar las luchas feministas y validar la subordinación, desigualdad y abnegación de las mujeres para un único destino, inevitable y supuestamente deseado por todas, que es ser madres, cuidadoras y explotadas en nombre del “amor”, razón suficiente, para que nuestras vidas sean reconocidas desde el sacrificio y postergadas en su realización personal.

Las mujeres, entonces, debemos casarnos y cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre nosotras: disponer de las horas necesarias para el trabajo remunerado, dedicarnos a los quehaceres domésticos, y, por último, a la crianza. Ya nos advertía Kollontai, al cuestionar este tipo de familia y al amor romántico, que el capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que la aplasta. La familia nuclear heteronormada como pilar para la reproducción del capital, a costa del trabajo no valorado de las mujeres. Una división sexual desigual dentro de esta esfera familiar, donde las mujeres trabajan más, en condiciones de subordinación y explotación, mientras los hombres trabajan menos, siendo considerado dicho trabajo como no productivo socialmente.

Ad portas de la segunda vuelta, en la elección presidencial se trama un eventual apoyo al candidato de la -debilitada y dañada- Concertación, Alejandro Guillier. Sin embargo, en este oscuro escenario, ese eventual apoyo del Frente Amplio radica necesariamente en defender la autonomía de las luchas sociales en las cuales se forja el programa frenteamplista, transformaciones radicalmente antineoliberales, que enfrentan desde la sociedad expulsada de la política, al país conservador, empresarial, mercantil y masculino de la transición que hoy representa Sebastián Piñera, cuya posición busca perpetuar la supremacía del género masculino, defender la explotación y perseguir a quienes proponemos desde la lucha histórica feminista: libertad, igualdad y democracia.

Desde Izquierda Autónoma hemos afirmado que la responsabilidad histórica radica en un giro antineoliberal en las reformas, las que no han estado desprovistas de componentes conservadores. De este modo, nuestra tarea es disputar las instaladas políticas de mujeres de la transición que niegan las desigualdades que nos cruzan, que requieren de la explotación de las mujeres para el desarrollo personal de otras mujeres. Políticas que nos han incorporado al espacio público como portadoras incuestionables de la maternidad y los cuidados, que nos reivindican solo en tanto, debemos seguir cumpliendo dicha labor, conciliando trabajo remunerado con cargar, sin reconocimiento alguno, con el trabajo doméstico, la crianza y el cuidado de la familia. Un discurso pro-mujer, sin cuerpos, que ha despolitizado la posibilidad de rebelarnos a la abnegación y subordinación, que justifica nuestra desigualdad y explotación.


Camila Rojas Valderrama, diputada electa Quinta Costa, Izquierda Autónoma y Daniela López Leiva, encargada política Frente Feminista Izquierda Autónoma.