Para analizar el escenario político de la izquierda de cara al ballotage en particular, y a lo que ha mostrado este proceso electoral de Chile, en general, y con el objeto de ir sacando lecciones para el crecimiento y restructuración del mismo, es necesario hacerlo abandonando el prisma binario al que nos acostumbró la transición. Recurrir a las sombras de la dictadura, al chantaje moral, al caos o yo, sofismas que en algún momento tuvieron éxito en los que estaban fuera de la órbita de la Concertación, en verdad no tienen sentido ante la irrupción de un nuevo actor político como el Frente Amplio.

Tampoco sería honesto un ejercicio como el anterior porque no reconocer que la izquierda en el mundo lleva varios años en problemas luego de la caída, en primer lugar, del paradigma soviético, así como el posterior derrumbe de la tercera vía, sería evadir la centralidad de la discusión sobre la segunda vuelta cuando se mira hacia el futuro a través de ella. En Chile pudimos abstraernos de las preliminares dificultades por el éxito de Lagos y Bachelet en la década pasada, acompañado de un contexto latinoamericano dorado para el progresismo con los Kirchner, Chávez y Lula, pero cuyo reflejo en el escenario europeo con Blair, Schroëder, Jospin y Rodríguez Zapatero adquirió una cara cada vez peor para socialistas, laboristas y socialdemócratas.

La mentada debacle progresista se fue dando por el declinamiento del Estado de bienestar -tanto por la menor densidad política de quienes la respaldaban como por la crisis financiera europea- y la aparición de izquierdas surgidas de las protestas del 2011 con ambiciones de desplazar y suceder a la izquierda tradicional, apelando a una representación más auténtica de la socialdemocracia. En el caso chileno se replica la imagen de tener una izquierda moderada y una izquierda alternativa, si bien nosotros venimos haciendo el camino a la inversa desde la brutalidad neoliberal y la concepción subsidiaria hacia la formulación de un discurso de derechos sociales universales.

Frente a la coyuntura, queda claro que ambos conglomerados entienden que no da lo mismo quién gobierna -haciendo un gris paralelo con ese eslogan de Frei ’09-, que Sebastián Piñera es una regresión profunda para nuestro país, y que este no es momento de negociaciones entre ambas coaliciones que tienen proyectos políticos cercanos pero distintos. Sin embargo, hay cuatro elementos que, no estando sobre la mesa, nos quitan posibilidades de encuentro: una visión holística de la política nacional; el horizonte común en cuanto a lo programático; la superposición de electorado; y la posibilidad de conformación de un bloque mayoritario de izquierdas.

En primer lugar, hay una falta de comprensión general del cuadro de la política nacional que ha hecho que el debate se centre tan sólo en los conflictos entre Nueva Mayoría y Frente Amplio. Sin embargo, ello lleva a un desgaste mediático que impide ver qué ocurriría con Chile Vamos si eventualmente ellos perdieran la elección. Sebastián Piñera es el último bastión de su sector, el único Presidente electo democráticamente por la derecha en 50 años, símbolo del espíritu del capitalismo como empresario exitoso y líder de la oposición a las reformas de Michelle Bachelet. Su campaña ha estado impulsada por grandes empresarios, medios de comunicación, encuestologos, variados partidos oportunistas y un sin fin de poderosos, todos a los cuales les resultaría desgarrador ser derrotados en su tesis restauradora promovida por columnistas mercuriales y terceralistas, con el subsecuente costo de pasar a retiro a numerosos dirigentes como Larraín, Chadwick, Espina y Monckeberg, entre otros, ante la ausencia de figuras aglutinantes y nacionales que los reúnan.

El ganarle a la derecha hoy entrega la posibilidad de avanzar en un nuevo ciclo de profundas reformas y de una agenda de cambios transformadores, en la dirección de construir un Estado social y democrático de Derechos efectivo, que pueda pensarse más allá de un gobierno. Sumemos a ello la ruptura de la ola reaccionaria en América Latina y la posibilidad de empezar a ponerle término a la influencia de Macri, Temer y PPK en el continente.

¿Por qué hacer algo en el sentido anterior? Si bien tenemos que esperar a la liberación de datos por parte del Servel para hacer juicios definitivos, hay una cierta idea rondando sobre la composición del electorado frenteamplista a partir del derrame de votos de Nueva Mayoría. Teniendo como constante la cantidad de electores -cerca de 6 millones-, si comparamos la elección 2013 y 2017 de diputados, Nueva Mayoría pierde casi 900 mil electores, viniendo el detrimento desde la DC (apróx. 350 mil votos), el PPD (cerca de 320 mil votos) y el PS (alrededor de 110 mil votos), desde grandes centros urbanos y comunas mesocráticas como Puente Alto, La Florida, Maipú y Santiago, los que se superponen a los 988 mil votantes de Frente Amplio. Parece una perogrullada, pero es relevante decirlo: gran parte de la gente que en 2013 votó por Nueva Mayoría, en noviembre lo hicieron por Frente Amplio antes que por la derecha. Queda pendiente la duda sociológica si ese movimiento masivo responde a ansías de renovación de las dirigencias, un respaldo a las reformas o una politización de esas capas.

Luego, un tercer elemento es el horizonte común que conforman los programas de ambas coaliciones. En ese sentido, tenemos que avanzar con la autonomía de quien se plantea como gobierno y oposición, pero sin caer en la marginalidad. Las obras de Bachelet serían inexplicables sin el verdadero empuje que han significado los movimientos sociales en la última década. No sólo han demostrado con creces una gran capacidad organizacional, sino que también han podido instalar en la agenda pública temáticas que otrora parecían imposible siquiera de discutir, tales como la lucha por una ley de identidad de género y el matrimonio homoparental con posibilidad de adopción; la protección del medio ambiente y el desarrollo de energías limpias; las luchas contra la violencia de género; la descentralización efectiva; la educación pública, gratuita y de calidad; el reemplazo del sistema de capitalización individual por otro de carácter tripartito y solidario, entre otros, en las cuales tenemos variadas coincidencias reconocidas por documentos socialistas como autonomistas. En este punto, es relevante diferenciar entre lo que se quiere y lo que se puede. Los socialistas debemos saber lo que no nos gusta para hacer el esfuerzo de encontrar formas de superar aquello, bajo el análisis de las condiciones objetivas y subjetivas del periodo, apostando a soluciones que expandan la democracia, la organización y la solidaridad.

Esto nos lleva al último punto: la posibilidad de desplegar una agenda de transformaciones favorables para las y los explotados de nuestro país si nos colocamos de acuerdo en algunas propuestas estructurales comunes. Sólo un dato, para no perder en el horizonte de lo que está ocurriendo en Chile: las fuerzas que hoy representan un ideario socialista, en el amplio sentido, lograron elegir casi 50 diputados (PS-PPD-PR-RD-MA-IA-IL-PRO), sin contar al Partido Comunista y otras fuerzas de centroizquierda como ecologistas, humanistas y ciudadanistas, algo que no ocurría hace décadas o tal vez nunca. Los vientos están a favor nuestro, ese fue el gran mensaje del pueblo el pasado noviembre. No dejemos pasar la posibilidad de sentar las bases de un acuerdo basado en la voluntad colectiva guiada por valores de izquierda, que nos abra el camino hacia un nuevo polo democrático y de cambios mediante una estrategia que deconstruya la hegemonía imperante. No todo se hará de la noche a la mañana, serán días, semanas, meses de discusión, pero si nos atrevemos, podemos cambiar juntos la historia de Chile.


Francisco Melo C, Secretario General de la Juventud Socialista de Chile, egresado Historia UAHC, Rodrigo Muñoz Comité Central de la Juventud Socialista de Chile, egresado Derecho UChile e Ignacio Soto C. Secretario asuntos electorales PS, Cientista político UDP.