Voté por Beatriz Sánchez en primera vuelta, por el diputado Hirsch y la por la consejera regional Valenzuela, también aporté desde el Partido Liberal a la campaña presidencial y parlamentaria. Me convocó el Frente Amplio, no las estridencias de algunos de sus dirigentes, sino la claridad y responsabilidad de lo sustancial de su programa. Programa de gobierno que, así quiero entenderlo, es de resuelto rechazo a la modernización indecente, extremista, que impera en Chile, y propone un cambio paradójicamente radical: ni más -ni menos- que liderar al país hacia un desarrollo civilizado, normal, en la escala de países decentes.

Liberales, socialdemócratas y socialistas, unidos o acicateados por el otro, han logrado, en la inmensa mayoría de los países desarrollados, construir sociedades basados en un Estado de bienestar, con derechos sociales garantizados, como el estudio, la salud y, sobretodo, las pensiones. Es un escándalo: en Chile los dueños de las AFP ganan $27 mil millones al mes y la pensión promedio mensual que entregan es de $200 mil pesos; eso sí que es “meterle la mano al bolsillo” de los trabajadores, y tanto los partidarios de Piñera como de Guillier lo han tolerado por más de 30 años.

Rigen en esos países economías modernas donde existe tanto mercado real y tanto Estado, como necesario sea a cada momento histórico del desarrollo. Es un escándalo: la minera BHPBilliton, paga un 2% de royalty en Chile, y en Australia, su país de origen, 10 veces más; la minera Antofagasta tuvo el 2016 un EBITDA de 1.800 millones de dólares y canceló sólo 36 millones de dólares en royalty. Por si fuera poco, Corfo destina una buena parte de su dinero en beneficiar a las mineras.

Esas sociedades han enfrentado en serio al machismo eclesial y garantizan amplias libertades para vivir y para pensar, incluidos los derechos plenos de la mujer sobre su cuerpo y el matrimonio igualitario. El cambio histórico está pendiente en Chile. Por eso muchos creemos que hace falta una resuelta revolución democrática y liberal para destrabar el potencial que permita llevar a Chile al desarrollo.

Ninguno de los dos candidatos en la segunda vuelta responde a este profundo requerimiento de la sociedad chilena. Uno, Sebastián Piñera, porque -aunque conceda en gratuidad, en AFP estatal y cambios en la nefasta integración vertical en salud- en los hechos es el ícono de la modernización indecente, en sus negocios y en los atavismos de su programa de gobierno, de ayer y de hoy.

De su lado, Alejandro Guillier, pareciera estar comprendiendo la profundidad, y a la vez simplicidad, de las transformaciones que Chile demanda pero, así y todo, se queda a medio camino. Es que la mayoría de los partidos e intelectuales que le respaldan parecieran sentirse cómodos con esta modernidad indecente, tanto que, en casi 30 años de gobierno, no le han puesto el cascabel al gato; a pesar de los esfuerzos sinceros de reformas valiosas pero debilitadas por la misma coalición, de la Presidenta Bachelet. Además, viejas malas prácticas y dirigentes con halo tóxico campean alrededor del candidato de la Nueva Mayoría, consecuencia de lo cual, la política está desprestigiada para el pueblo progresista, mayoritario en Chile, y al que Guillier no logra conquistar su confianza. Es un poderoso argumento el “todos contra Piñera”, pero convengamos que ni convoca, ni entusiasma ni moviliza.

Así las cosas, pareciera que el futuro quedará pendiente, gane quien gane, y que habrá que empeñar más esfuerzo y perseverancia para que la decencia se abra paso en Chile; y las mayorías coincidan en acuerdos que permitan una sociedad construida sobre el mínimo civilizatorio que los tiempos demandan.