Efectivamente existe una incógnita que se va a develar el próximo domingo 17 de diciembre. Esa incógnita le pertenece en toda su extensión a los votantes del Frente Amplio que movieron el eje más previsible, fundado en continuidades, para instalar una nueva articulación política. Una articulación emanada de un largo proceso que puso en cuestión la naturalización acrítica del híper neoliberalismo y su estela alucinante de desigualdades.

La sobrepoblada derecha, impregnada ahora también de una familia de Kast(o)s, uno populista de raíz furiosamente neoliberal y el otro neopinochetista, experimentó un revés considerable. Los medios y las encuestas mostraron la brecha entre deseo y realidad. O entre manipulación y resistencia. Desde esa perspectiva, la irrupción del Frente Amplio sobrepasó su largo camino estudiantil marcado, entre otros importantes hitos, por la construcción de La Surda, la Revolución Pingüina y el masivo levantamiento 2011. Así pudo emerger desde la calle o la sala de clases hasta un espacio parlamentario que augura no solo su fortalecimiento sino, además, una progresiva extensión.

En lo estrictamente personal, sigo apostando a un voto antipiñera porque ya conocemos los prolongados costos que traería su gobierno para los sectores más vulnerables y para la clase media, para ese 70% de chilenos que ganan menos de $370.000 al mes, para los jubilados cuya pensión promedio es de $214.000 (ambos datos de la Fundación Sol) y, desde luego, para los estudiantes y su merecida gratuidad después de décadas de mercadeo académico.

Un gobierno de derecha, sería negativo para las mujeres que no quieren “hacerse las dormidas” como desea públicamente el vivaracho de Piñera. Un  desastre para las subjetividades que reclaman el fin del hostigamiento ante sus diferencias. Y, para qué decir, una ultra renovada militarización de La Araucanía. Porque un gobierno de Piñera atenta contra la imprescindible noción de comunidad. Piñera es un yo-nosotros que se funda solo en el 1%, que trabaja para el 1%, que respeta únicamente al 1%. Ese 1% que no entiende nada de nada como no sean sus tics cursis, que se sostienen en el desprecio y en la burla a cada uno de los que no formamos parte de esa pequeña corte. Y, cómo no,  la explotación tan conocida y que se verifica en la calidad de los contratos y en la permanente paranoia creada por el empresariado local.

En este sentido no entiendo por qué pedirle peras al olmo. Los cambios que esperamos deberá hacerlos el Frente Amplio. Quiero decir, ¿por qué esperar que Alejandro Guillier se transforme en un Frente Amplio que no es? O seguir con el duelo de una pequeña cúpula que siguió llorando a Ricardo Lagos que cometió el error de su vida, pues no entendió que su propio futuro no estaba en esa extrema fallida candidatura. Y, como si fuera poco, no consideró  que no basta con el crecimiento. Y tampoco comprendió que la “música”, como llamó al deseo emancipador, es material y mueve montañas. Dijo: Lo importante es el crecimiento, el resto es música. No. No es así.

Los dilemas del Frente Amplio le pertenecen a ellos. Nada es inocente. Son comprensibles sus estrategias y cálculos políticos. Pero, desde otra perspectiva, pienso en años de reinado del ABC1, de un paternalismo abominable, de unas ganancias inmerecidas, de errores culturales a granel como Abel asesinando a Caín, de la abyección de los trepadores de siempre. Y para qué decir la terrible posibilidad de que los parlamentarios se coludan con los grandes empresarios, para quedarse ahora con mucho más que el mar. Ojalá con todo lo que les falta.

Lo que quiero señalar es que un voto anti Piñera no le hace perder ni un átomo de fuerza al Frente Amplio porque, después de todo portan, para millones de nosotros, la real y próxima esperanza.


Escritora y académica