“Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como un saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos”
-A. Gramsci

Poco se ha debatido sobre “cultura”, en los programas de gobierno de los dos conglomerados aspirantes a dirigir el país. Basta con escucharles en los debates y reconocer que la cultura no es (ni ha sido en sus antecesores gobiernos) una “prioridad” sustancial de transformación de la sociedad.

Y es que poco se ha debatido sobre cultura en Chile. Da la sensación que aún no hemos sido capaces de entender el valor simbólico que la cultura constituye en una nación, cuya identidad perdida en los avatares de un experimento neoliberal de avanzada en el contexto de la hiperglobalización mundial, debe reflexionarse con urgencia en aras de imaginar un nuevo país cuyo reconocimiento en su memoria, geografía y diversidad cultural sea el impulso principal en la construcción de una nueva sociedad. Pero para lograr aquello, habría que primero aclararle a las autoridades de turno, y de cambio de turno, que la cultura es más que la voluntad de “apreciarla” como una obra de arte, o como un carnaval, o como una feria de venta de libros, o como un concierto al aire “libre”, o como un aumento en los recursos de concursabilidad, mucho menos como una muñeca gigante paseándose por las calles de la capital, o un pato de hule navegando en la laguna de la Quinta Normal. Y para nada es sinónimo de artistas. La cultura no es un “vale”. Por cierto, tampoco puede acotarse al “derecho”. Menos si en ese marco progresista del “derecho” se pretende profundizar un sistema de industrialización que nos tiene culturalmente destrozados.

La cultura no es “economías creativas”. La cultura es la piedra angular del sistema de relaciones sociales, el sentido común en donde co-habitan multiplicidades de signos, memorias, imaginarios, sensibilidades, identidades y contextos. El modo de ser en la realidad histórica. Gramsci, quizás su principal intelectual del siglo XX, entre muchas de sus definiciones, la entendía como el “ejercicio del pensamiento, adquisición de ideas generales, hábitos que conectan causas y efectos”, la “organización del yo, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene” y “la potencia fundamental del pensar y de saberse dirigir en la vida”. Pero su gran aporte, más allá de las múltiples definiciones, fue deconstruir la cultura en las contradicciones de los procesos de dominación ideológica, en sus hegemonías, evidenciando lo que llamaría “hegemonía cultural”. Normas, hábitos que conectan causas y efectos, adquisición de ideas generales, que no son ni naturales ni tan reales, sino más bien construcciones sociales artificiales. La cultura no es natural. La cultura es una construcción cultural.

Pier Paolo Pasolini, otro gran intelectual italiano del XX, a sabiendas que su prolífica obra artística concentrando cine, teatro, poesía, literatura y ensayo era ante todo un ejercicio crítico del pensar, un diálogo cultural con su época y contexto, nos advertía que “la civilización del consumo” era la gran nueva era cultural. El triunfo de la “revolución de la burguesía”. Un proceso de devastación estética, una barbarie cultural que terminaría por individualizar a la sociedad, desmemoriándola y que terminaría contagiando a los régimenes democráticos contemporáneos.

Pasolini no se equivocó. Quizás por eso mismo fue brutalmente asesinado. Las verdades duelen demasiado a las oligarquías que se reparten cómodamente el poder dominante, y quienes canten desafiándoles corren riesgo de ser corporal y simbólicamente exterminados. A Víctor Jara lo asesinaron por cantar lo que cantaba y cómo lo cantaba. En nuestro devastado país, bien sabemos (no muy de sobra), que nuestro sentido común hoy es el neoliberalismo programado. Las dictaduras latinoamericanas fueron experimentos de hegemonía cultural al servicio de las grandes economías transnacionales del capitalismo avanzado de las colonialistas potencias occidentales. Nuestras normas culturales y sistemas de relaciones las domina el mercado. Estamos subyugados a la banca. Nuestros hábitos, nuestras formas del pensar e imaginarnos lo normativiza un sistema económico post-liberal de profunda eficacia: el “modelo”. Asumimos con naturalidad la privatización de los derechos básicos: educación, salud, vivienda, trabajo. Nos educamos y trabajamos compitiendo para consumir comprando, aspirando a tener más, “emprendiendo”, la deuda como gran garantía para la satisfacción de la “felicidad”, pero si no “ganamos” nos castigamos. Somos en cuanto “tenemos”. Nuestras subjetividades se restringen al mercado. Asumimos un fracaso sin saber que se nos condena al fracaso. Porque nuestra forma del pensar también se ha privatizado. Creemos que la privatización, compra y venta de nuestros cuerpos, vidas y muertes es algo normal. Y lo es, porque así se ha ido construyendo nuestra disposición cultural. Nuestra sensibilidad. Nuestra subjetividad. Nuestra realidad.

Nos cuesta creer que las transformaciones sociales, para la equidad, la justicia social y el mejoramiento de la calidad de vidas de todas y todos, sí existen. Nos cuesta sentir la colectividad social, porque la lógica de la competencia y el emprendimiento nos obliga a que trabajemos solos. Nos perdemos en la comunidad porque se nos educó para que le tuviésemos miedo. Nos cuesta creer que otro sentido común logre instalarse en el devenir del tiempo; un país verdaderamente solidario, en donde las diferencias corporales, sexuales, étnicas, económicas, geográficas, políticas, sean sinónimos de respeto, comunidad y diversidad. Nos cuesta imaginar. Por lo mismo, ya ni siquiera creemos en los sueños. Porque mientras sobrevivimos a nuestras propias pesadillas individuales, somos incapaces de vivir soñando. No creemos que otro mundo sea posible, porque se nos ha inculcado culturalmente que otra forma de vivir no es posible. Nuestra cultura es violenta. La violencia de esta cultura nos tiene endeudados hasta el cráneo, pagando créditos milenarios, en donde ni siquiera nos podemos enfermar legítimamente por miedo a que nos muramos en las colas y listas de los hospitales públicos, esperando. Y es que hasta nuestras sangres y órganos se han rematado.

La violencia de esta cultura se publicita en los túneles populares subterráneos, promocionando en sus vitrinas mujeres en ropa interior exhibidas como mercancías sexuales de consumo gigantes. Y mientras más de la mitad de Chile protesta en las calles denunciando y exigiendo el fin de uno de los peores y más siniestros sistemas de pensiones del mundo, en esas mismas seductoras vitrinas subterráneas se promocionan sus marcas como si arriba en las calles no pasara nada. Es la misma violencia que promueve comer comida chatarra de forma desenfrenada hasta generando cupos de descuento por tus montos en la tarjeta Bip!, abriendo los brazos al consumo de las transnacionales, pero cerrándole literalmente las puertas a los músicos y vendedores ambulantes criminalizándolos.

La violencia de esta cultura es la que sabe que por medio de la concentración de los medios de comunicación en un par de empresas y familias, puden dominarnos. Es esa misma violencia la que termina eliminando editoriales, teatros y radios. La violencia de esta cultura es la que tiene nuestros estados de ánimo por el suelo, instalando a Chile con la tasa de suicidios más alta de Latinoamerica y cuyo alto índice de personas con depresión nos catapulca como el país más depresivo del mundo. La violencia de esta cultura es la que le sacó el ojo a Nabila, la que violó a Belén, la que asesinó por la espalda a Matías, la que militariza y expropia territorios ancestrales criminalizando a nuestra propia cultura originaria.

La violencia de esta cultura es la peor de las violencias: la ignorancia. Esa que permite popularmente que un candidato a dirigir el país proclame sin vergüenza que la transexualidad se “corrige” con la edad. Y que la educación es un “bien de consumo”. Imaginar nuevas sensibilidades y escenarios es un desafío mayor y alcanzable, pero antes debemos reflexionar y reconocer críticamente que nuestra cultura, esta que terminamos legitimando no es una razón natural, y que su violencia fue ideada por una minoría a costa de la subordinación de la mayoría. Esa misma minoría que concentra egoístamente el 90% de la riqueza del país y que colabora para que seamos uno de los países más desiguales del mundo. Y el Estado, neoliberal, ha sido su garante y administrador.

No basta con reducir la cultura a eslóganes como “más cultura” o “derecho a la cultura”, “cultura para todos” o “más acceso a la cultura”. Tampoco basta con la creación de un ministerio cultural. Ni de un “canal cultural”. Porque cultura tenemos de sobra, la pregunta principal es: ¿eué cultura queremos? ¿Qué culturas imaginamos? ¿Qué sentido común proyectar? Insistir en la inofensividad de la cultura, es invisibilizar que por medio de ella y sus modos de producción, las ideologías y economías han logrado sus principales fines. La cultura es el medio.


Dramaturgo y Director en Teatro SUR. Activista CUDS. Militante Frenteamplista