Todavía estamos digiriendo lo que pasó en las elecciones de primera vuelta donde lo más llamativo y trascendente fue la alta votación que obtuvo el Frente Amplio. Intentar entender ese desborde electoral apelando a la gramática tradicional de los noventa es un ejercicio fútil. A pesar de la resistencia de algunos, necesitamos una nueva gramática para entender estos fenómenos.

Se puede clasificar las tesis que han estado en disputa en dos grandes categorías. Por un lado, las que han centrado su mirada “desde arriba”. Vale decir, desde las orgánicas del mundo de la representación política. Por otro lado, las que han intentado explicar el escenario “desde abajo”, desde la conformación social y los cambios culturales de la sociedad.

En una columna anterior me referí a las tesis “desde arriba”. En esta columna buscaré resumir las principales tesis en disputa “desde abajo”, que marcaron la interpretación del momento político de estas elecciones. Además, buscaré presentar alternativas que permitan explicar lo que, ante el inesperado resultado de esa fuerza política, Carlos Peña llamó “el misterio del Frente Amplio”.

Desde los partidarios de Chile Vamos, la principal tesis desde abajo que circuló —con especial fuerza a la luz de las encuestas que, erradamente, pronosticaban un cómodo triunfo de Sebastián Piñera en la primera vuelta— fue aquella voceada por Carlos Peña. A grandes rasgos, la tesis de Peña es la de la “trampa de los países de ingresos medios” en su versión conservadora. Esto es que, a medida que el país crece y pasa de ser un país pobre a uno de ingresos medios, las nuevas clases medias, que disfrutan de la modernización capitalista (ejemplificada en el goce del mall), empiezan a tener crecientes demandas por más consumo y redes de seguridad ante el “vértigo” de la modernidad. En este sentido, el rol de la élite y del político astuto es administrar las crecientes demandas, resolviendo los “verdaderos problemas” de la ciudadanía. Vale decir, no realizar cambios estructurales, sino seguir profundizando la modernización capitalista, pero morigerando sus efectos intranquilizadores sobre las nuevas clases medias. Esta idea, de la necesidad de “administrar el descontento para no matar la gallina de los huevos de oro” es la visión dominante en amplios sectores de la política chilena, incluida la derecha y los defensores de la “Tercera vía”.

En este sentido, sostiene esta tesis, el gran error de la Nueva Mayoría habría sido escuchar en demasía a los estudiantes movilizados el 2011, creyendo que sus demandas (sesgadas ideológicamente) realmente representaban el sentir mayoritario. La caída en el apoyo en las encuestas a las reformas y a la presidenta, el magro resultado electoral que iba a sacar la Nueva Mayoría, el éxito de Piñera y, por sobre todo, el fracaso electoral de las fuerzas que emergieron bajo el impulso del 2011 vendría a confirmar esta tesis. Pero no. Eso no fue lo que pasó.

A estas alturas, al menos habría que reconocer que la tesis de “clases medias obsesionadas con el mall” es insuficiente. Quizás describa a un segmento particular de la sociedad, pero difícilmente da cuenta de la complejidad de la sociedad chilena, y menos de la dificultad de otorgar una conformación de clase a esas capas medias.

Dos elementos son especialmente cuestionables de esta tesis. El primero es su pretensión de dotar a estas capas medias de suficiente conciencia de clase para decidir y votar homogéneamente y, a la vez, entregarlas a una especie de alienación absoluta, en que no son capaces de pensar reflexivamente sobre las estructuras sociales y económicas sino sólo sentir malestar por ellas. Es decir, con ese clásico paternalismo contradictorio de cierto tipo de liberalismo, esta tesis, mientras defiende la supremacía del “individuo” en tomar decisiones sobre su vida, en su autonomía, le niega la capacidad de entender su situación. Es como si dijera “los individuos de clases media están felices, aunque no se den cuenta” y de allí que un político ilustrado debe saber administrar sus infantiles demandas, como un padre ante un niño que cree que quiere meter los dedos en el enchufe. Esta tesis se ha vuelto tan hegemónica en el último ciclo político que ha llevado a transferir el foco desde la obsesión política por incluir el “centro”, que marcó los 90, a la obsesión por seducir a las “clases medias”, convertidas en un verdadero objeto del deseo y materializadas en la comuna de Puente Alto. Si hubiera que resumir en una sola frase la duda que está marcando todos los debates políticos del momento sería “¿Qué quiere Puente Alto?”. Duda que crece y se agranda cuando en las primarias de Chile Vamos triunfa la opción de Ossandón y en la primera vuelta presidencial, la de Sánchez y el Frente Amplio.

¿Cuál es la tesis desde abajo alternativa? ¿Qué explicación puede haber para la irrupción del Frente Amplio? Una primera tentación es reivindicar la tesis del malestar. Y, efectivamente, hay razones para hacerlo. Hay un contundente cuerpo de evidencia, tanto cuantitativa como cualitativa, que muestra la existencia de este malestar (por ejemplo, en estudios del PNUD o COES). Es más, incluso en los estudios que pretenden descartar la existencia del malestar, en realidad hay sólo una redefinición de este. Por ejemplo, los aparentemente disonantes estudios —que encuentran que cuando a las personas se les pregunta por su felicidad personal no expresan malestar, pero cuando se le pregunta por la sociedad sí lo hacen—  son interpretados por las miradas continuistas como evidencia de que el malestar es una “ilusión” colectiva. De forma coherente con la tesis de Peña, la lógica del paternalismo liberal se despliega para explicar aquí que la gente cree que hay malestar, pero en realidad se debe a la influencia de los medios de comunicación o discursos externos.

Este es el mismo discurso que dice que la gente marchó el 2011 no quiere educación gratuita para todos, los que marcharon contra la AFP no quieren terminar con las AFP, los que votaron por Sharp no quieren realmente las cosas que propone Sharp, los que han hecho que Boric y Jackson lideren los rankings de popularidad no quieren lo que proponen estos diputados, etc. “La gente no quiere lo que cree que quiere” termina siendo, paradojalmente, la tesis.

Hay malestar, pero, sin embargo, sería un error para la fuerza progresista o de izquierda reivindicar una tesis y un análisis de nuestra realidad social, centrados en ese malestar. Es más, me atrevo a decir que parte del éxito del Frente Amplio se debe justamente a no haber caído en eso.

Una de las grandes derrotas de la izquierda, a finales del siglo XX, fue renunciar a la política ya sea abocándose a disputas testimoniales simbólicas, o a un pragmatismo resignado y desproporcionadamente cargado a la sicología de la política pública y la negociación. Antes, si se le hubiese preguntado a un militante promedio de izquierdas acaso en la sociedad capitalista existía malestar, puede que hubiese respondido que sí o que no, pero mucho más probable habría sido recibir una respuesta como: “qué me importa el malestar, lo que hay en la sociedad capitalista es injusticia” y posiblemente hubiese agregado “y lucha de clases”.

En efecto, uno de los desafíos principales es dejar de hacer psicoanálisis y volver a hacer política. El rol de la política no es el del sicoterapeuta. La política es un mal lugar para ir a resolver los demonios de la mente o del alma. El objetivo de la política es mucho más modesto, pero igual de importante, es definir la distribución del poder en la sociedad. Ni más ni menos.

En una próxima y última columna, de esta serie de tres, se intentará plantear una gramática política que dé debida cuenta de nuestro momento político y del triunfo del Frente Amplio en las pasadas elecciones.


Licenciado en Letras Hispánicas e Ingeniero Comercial PUC. Militante de Revolución Democrática.