No somos nosotros, los profesionales universitarios, los que más vamos a sufrir las consecuencias de un gobierno de una derecha conservadora que se dedicó todo el año a anunciar la restauración con más fuerza que nunca de un modelo neoliberal profundo. No somos nosotros, los más cómodos y seguros en nuestros trabajos, los que vamos a sufrir cuatro años de administración de la UDI, cuatro años de devolver favores al apoyo irrestricto de José Antonio Kast. Es la persona más pobre, con menos estudios, el migrante que trabaja en los empleos más irregulares y precarios, sin contrato y extra explotado, el que va a figurar como uno de los nuevos empleos creados por el crecimiento empresarial, es el hombre y la mujer trabajadora más invisible la que va a sufrir cuatro años de precarización de trabajo para mantener contentos a los multimillonarios que echan a andar la economía para que un 4% o 5% adicional en nuestro PIB se inyecte en los bolsillos de Luksic, Matte y Piñera –recordemos que Piñera aumentó considerablemente su riqueza durante su gobierno- haciendo cada vez más grande la brecha de nuestra desigualdad. Son las parejas homosexuales que llevan décadas tratando de adoptar a un niño, son los niños que no han podido ser inscritos como hijos de dos madres –porque el AUC no es lo mismo que matrimonio- los que van a sufrir cuatro años más de pausa y retroceso, cuatro años más de autoridades de gobierno tratando a niñas trans como niñas que se pueden “corregir”, cuatro años más de quizás un ministro como Kast hablando en contra de la “ideología de género”, cuatro años más de directoras de Junji educando con vírgenes y biblias contra la voluntad de apoderados, cuatro años más de obstáculos y frenos a derechos tan básicos como optar por interrumpir un embarazo cuando se trata de violación, frenar con “acompañamientos” tan severos que pueden terminar coartando voluntades. Ellos, ellas van a sufrir un nuevo gobierno a merced de los más conservadores doctrinarios del opus dei y la escuela de Chicago, a merced de buses de la libertad. De Jacqueline Van Rysselberghe. No nosotros.

Son las familias de los asesinados y torturadas por violadores de derechos humanos, esas familias que deben escuchar que si se cierra Punta Peuco será reabierta con más fuerza, con más privilegios para ancianos que fueron el demonio y que ahora además van a poder optar por más beneficios para seguir haciendo crecer el músculo de la impunidad. Esas familias de luchadores y luchadores que también comienzan a morir son los que van a sufrir cuatro años más de un gobierno de la UDI, un gobierno que contra todo ordenamiento jurídico internacional no hará ninguna diferencia entre un delincuente que roba un auto y un criminal vestido de uniforme que viola con ratas a personas que pensaron distinto. Los que lo van a sufrir son las comunidades mapuche, que viene sufriendo la violencia por parte del Estado desde hace años, en democracia, con muertos, niños heridos y escuelas invadidas por la policía, que ahora deben escuchar cómo se comienza a hacer realidad una deliberada militarización de la región, al estilo de apartheid oficial, como lo exigen las medidas de Kast recogidas por Piñera en su programa. Lo van a sufrir las comunidades que entienden que el único camino posible para un nuevo entendimiento democrático es una nueva constitución y el no ser tratados como terroristas, lo van a sufrir las organizaciones que han vertido miles de palabras conversando para convencer de una asamblea constituyente que ponga fin al carácter de nuestro estado subsidiario, el gran pulmón de toda la grosera ausencia de derechos. Porque esto, que es quizás lo más importante de la elección del domingo, no hay que olvidarlo, con Piñera seguirá la constitución de Pinochet, y con Guillier habrá por lo menos un plebiscito que nos lleve a nosotros como ciudadanos a decidir cómo queremos vivir. Otros cuatro años de Piñera lo van a sufrir las familias de clase media, esas cientos de miles de familias que dejaron de pagar por un colegio, familias a las que el empresario les va a devolver su derecho a pagar, que no es más que devolver la posibilidad de la segregación, de la negación a un tipo de educación por no tener veinte lucas en el bolsillo cada mes para ir al colegio de más allá. Lo van a sufrir, a corto y largo plazo, los niños y niñas que quedarán fuera de los nuevos liceos bicentenarios, fuera de una educación de calidad condensada para unos pocos, alejada de los que no entraron y que van a terminar dando la PSU a duras penas, porque a los mejores profesores se los llevaron para que le enseñaran sólo a los mateos de sus cursos. A Piñera lo van a sufrir los cabros y cabras que se endeudaron con el CAE, atraídos por instituciones que solo les querían sacar plata y que hicieron poco y nada para retenerlos en el estudio. Lo van a sufrir esos miles -40% del total- que si sale Piñera no serán condonados y tendrán que pasar otro espacio de los mejores años de sus vidas detenidos en sus sueños.

A Piñera no lo vamos a sufrir los jóvenes que ni siquiera pensamos en cómo sería vivir con una pensión que sólo nos dé hambre. Lo van a sufrir en lo inmediato los viejos que verán cómo el modelo de pensiones seguirá sin sufrir grandes cambios, sin alternativas de reparto solidario, con mayor presencia de las AFP en los ahorros de los trabajadores, con los ex directores de las AFP comandando los ajustes del sistema. Lo van a sufrir los viejos que piden el fin de las AFP, el fin que ninguno de los candidatos propone, y que encuentran en Piñera como respuesta que la solución es trabajar más tiempo aún porque las fueras todavía dan. A Piñera lo van a sufrir los artistas, los gestores culturales, que deberán enfrentarse cuatro años más a funcionarios que tratan el arte con todos los criterios del mercado, como si una obra de teatro fuera un producto de retail. Lo van a sufrir los niños que se van a encontrar con publicidad a grandes compañías en sus libros escolares. Lo van a sufrir las víctimas de las colusiones, que mientras escuchen a Piñera condenar la nueva chanchería de algún monopolio, se van a enterar que un ministro del presidente fue director de alguna empresa cuestionada, empresas que de paso van a volver a ser beneficiadas con una disminución de impuestos a un 25%. Lo van a sufrir los estudiantes que aspiran a la gratuidad universitaria, que escuchan que la gratuidad va a aumentar, pero que no saben de dónde va a salir la plata si el mandatario dice que va a eliminar la recaudación extra de la reforma tributaria. A Piñera lo van a sufrir los funcionarios públicos, los de la salud, esos que con las concesiones hospitalarias han visto mermados sus derechos y condiciones de trabajo.

Guillier no es el mejor candidato, no es para todos lo que más gusta. Ha cometido errores y su discurso ha estado ensombrecido con ambigüedades. No es Beatriz Sánchez ni tampoco es Pepe Mujica, pero es la alternativa a Piñera y todo lo que significa otro gobierno de derecha en Chile. Como dijo Jorge Arrate. “Alguien me pregunta qué veo en Guillier. Nada que me entusiasme, en realidad. Pero en Piñera veo al pinochetismo, a los Kast, al sectarismo evangélico ultraconservador, al 1% que quiere todo para ellos, a la familia militar. Si no voto o anulo les hago un favor”. Yo veo eso y también veo un camino que puede conducir a más orfandad de derechos, y otro que apunta a una nueva constitución que garantice, por ejemplo, el derecho a vivienda digna, y cuando veo eso pienso en las miles de familias que viven en campamentos y que no han podido optar a una casa por los efectos del negocio inmobiliario que se beneficia del esquema creado por la constitución. Piñera es chocar con una pared que te dice que todo va a seguir dependiendo de las órdenes del mercado. Guillier es un camino que ofrece una disputa por más derechos, y eso, a la gente que más va a sufrir en carne propia lo que es un gobierno de derecha, no se le puede negar.

Son solo dos opciones, una generará mucho daño, y más que en nosotros, los jóvenes profesionales, en los más humildes. Y eso se puede evitar, con una opción que no es el paraíso ni tampoco garantía de gran cambio, pero sí una puerta abierta a otras formas de ver la vida, con medidas y propuestas concretas que se pueden interpelar. Dejar que la derecha mande siempre puede ser peligroso para el ejercicio de las libertades, es cosa de revisar la historia, y en este momento en la historia de Chile, momento en que vibran ánimos reformistas, no podemos tropezar dos veces con la misma piedra. Para evitarlo, hay que votar Guillier, lo que no significa abandonar banderas para quienes tienen otras banderas, lo que no significa dejar de ser oposición para los que quieren serlo, significa aplacar un retroceso del que después todos nos podremos arrepentir, un retroceso que va a afectar a por lo menos una persona de nuestro entorno, y hasta a nosotros mismos. Un retroceso que se llama Sebastián Piñera. Un retroceso que puede ser también latinoamericano, como dijo Pepe Mujica: “Estoy aquí porque Chile tiene un dilema muy importante, tiene que elegir entre dos hombres y por eso lo que está en juego es el rumbo y el futuro”. Tengamos compasión por Chile, por los que más a Piñera van a sufrir, votemos por Guillier.


Director Noesnalaferia