El domingo Chile elige Presidente de la República entre las candidaturas de Chile Vamos y de la Nueva Mayoría, pero el resultado será muy decisivo para las proyecciones del otro conglomerado existente: el Frente Amplio.

Con un notable desempeño en la primera vuelta, generando un verdadero terremoto político y emergiendo como una relevante tercera fuerza, el Frente Amplio fue una refrescante novedad. Desgraciadamente, la primera decisión política del conglomerado tras ese gran éxito ha sido penosa. La apuesta del Frente Amplio para la segunda vuelta presidencial fue no tener apuesta. En vez de dar un debate a fondo donde se jugaran los liderazgos, aunque eso significara tensionar la alianza, se optó por no dar ese debate y conceder “libertad de acción” (como si los votantes no fueran siempre esencialmente libres a la hora de marcar su preferencia). Esa libertad de acción era en realidad una forma de las organizaciones de esconderse detrás de los votantes. En lugar de tomar partido ante las grandes decisiones del país y orientar la decisión de la ciudadanía que confiaba en esta nueva alternativa, se prefirió renunciar a ese deber político esencial.

Fallamos todos en esto. Y me incluyo, porque no fui capaz de influir en la gente más cercana, aunque tenía un visión concreta y la había manifestado con mucha anticipación.

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Pero sin duda quienes más fallaron fueron los que ostentaban mayor poder de incidencia. Beatriz Sánchez, que teniendo tras si ese 20% de la ciudadanía que marcó su nombre, se sumó acríticamente a la decisión ambigua y fue su portavoz. En otras ocasiones también se había sumado a los vetos a precandidaturas o al intento de sancionar a Alberto Mayol por el famoso audio “femicida”. Como los chilenos hemos sabido hace tiempo, una cosa es la simpatía y la cercanía con la gente para obtener buenos resultados electorales y otra es la capacidad de liderar decisiones difíciles. Posteriormente, Sánchez aprovechó con habilidad uno de los tantos monumentales errores de Piñera, el referido a los votos supuestamente marcados, para salvar su posición personal y decir que votaría por Guillier, pero aclarando que no llamaba a nadie a hacerlo, algo incongruente en una líder.

Los otros liderazgos más reconocidos del Frente Amplio se mantuvieron casi hasta la víspera de la elección, en la ambigüedad. Los casos de los diputados Boric y Jackson fueron los más evidentes. No solo no tomaban una decisión, sino que además criticaban permanentemente al candidato por no adoptar las propuestas que a ellos les parecían las principales. Eso obviamente provocó un daño electoral.

Es cierto que varios frenteamplistas levantamos la voz y de diversas maneras, manifestamos oportunamente nuestro llamado a apoyar a Guillier, el único que puede derrotar la regresión conservadora. Lo hicimos no solo por eso, sino también porque sabemos que los grandes cambios requieren grandes alianzas y que en otras épocas de Chile, el sectarismo y la soberbia fueron la antesala del fin de todos los sueños. Si queremos que el Frente Amplio llegue al Gobierno y haga realidad su programa, en vez de dinamitar puentes, hay que aprender a construirlos. Sí, en la Nueva Mayoría hay poderes que han estado del lado del abuso y la depredación, pero también hay mucha gente que coincide en gran medida con nuestros postulados. La responsabilidad esencial para con el país nos obliga a abrir vías de encuentro con estos últimos. La construcción de una alternativa propia no es contradictoria, sino complementaria con el diálogo con otros.

Los desganados y apresurados llamados postreros “personales” a votar por Guillier, no carentes de críticas al mismo candidato que se decía estar apoyando, no han dejado de influir en la decisión de mucha gente, no podemos saber bien en qué sentido. En un resultado que se presume será muy ajustado, más de alguien podrá decir que esa influencia fue decisiva.

Por el bien del país, pero también por el bien de la proyección del Frente Amplio, es de esperar que Alejandro Guillier triunfe el domingo. Eso permitiría que todo este festival de errores pase a segundo plano y se pueda dar vuelta la página. De lo contrario, la cuenta que nos pase la ciudadanía progresista por allanar el camino a la derecha, puede ser muy grande.


Abogado, candidato a diputado del Frente Amplio