Mundialmente conocido es el tema de Sergio Ortega con texto colectivo de los integrantes del Quilapayún histórico de los años de la Unidad Popular. El Quilapayún grabó la primera versión definitiva a comienzos de septiembre de 1973, en un concierto en Finlandia, donde se encontraba de gira, días antes del golpe de Estado, aunque antes se grabó en un LP doble del sello IRT en la Alameda con ocasión del tanquetazo del 29 de junio, donde participaron artistas populares y que contiene el discurso de Allende la noche de ese día. Inti-Illimani hizo lo propio en Milán en 1974. Ese año ambas bandas lo interpretaron unidas en un Concierto solidario en Essen, Alemania Occidental, registro discográfico que expresa ese espíritu de ardiente paciencia de los primeros años. El tema será interpretado por muchísimas otras agrupaciones o cantantes en solitario desde entonces, acompañando mítines y acciones de protesta en todo el mundo, con su ritmo de marcha (aunque no es propiamente una marcha), en versiones folk de culturas de los cinco continentes, además de rock y hasta sincopadas.

La música ha sido reproducida tal cual la conocemos y cantada en los más diversos idiomas así como adaptada a letras que desnudan la siempre injusta relación de poder entre la gente común y los Estados. En Chile se cantó a viva voz en plazas y calles, en manifestaciones multitudinarias y a media voz al ritmo de los pasos, pero a menos de dos meses de creada tras el golpe militar desapareció de las bocas de la gente y en muchos casos, con las bocas mismas. Ha resonado en la Puerta del Sol o los Campos Elíseos, en Grecia o Cracovia, primero en apoyo al pueblo chileno apenas instalada la dictadura, como en los Festivales de Solidaridad con Chile en Italia o Alemania. Y desde entonces en cuanto acto reivindicativo de masas interpretado por artistas que proclaman la justicia social a través del mundo.

Ortega contó que se inspiró en un muchacho que gritaba la consigna a esas alturas del día ya un poco solitario, de regreso de una marcha en apoyo al para entonces jaqueado gobierno popular, aunque hay registros históricos que sitúan la creación en su casona de Lo Cañas, a la que había citado al Conjunto Quilapayún en pleno para cumplir un encargo del Gobierno.

Si bien la consigna es casi trivial y se le hubiera podido ocurrir a cualquier hijo de vecino, se le atribuye a un colombiano que en la década de 1930 lideró la izquierda de su país. Jorge Eliécer Gaitán fue un político, jurista y escritor, parlamentario por casi dos décadas (1929-1948), que ocupó la alcaldía de Bogotá (1936) y fue ministro de Trabajo y Educación entre 1940 y 1944. Desde este último cargo instituyó una medida casi subversiva que la oligarquía pagaría con sus impuestos: el calzado escolar gratuito para todos los estudiantes de las escuelas públicas. Cuando se perfilaba como candidato a la Presidencia por el ala izquierdista de su partido, el Liberal,  fue asesinado, lo que dio paso a sublevaciones populares con visos de revolución. Y si bien la mano asesina fue linchada en el mismo momento, la cabeza que la dirigió debe buscarse en la oligarquía y los perpetradores de “La Matanza de las Bananeras” (1929) por parte del Ejército que intervino en una huelga en que los trabajadores luchaban por condiciones laborales más humanas en las plantaciones de la muy gringa United Fruit Co., episodio que Gaitán hizo investigar desde su posición en el Parlamento y que pese a la impunidad quedó inmortalizado en las páginas de los Cien años de soledad, ciclo que el pueblo colombiano al parecer recién está cerrando. El día de su asesinato, la agenda de Gaitán dejó sin efecto las reuniones de esa tarde, separadas, con un par de jóvenes dirigentes universitarios de izquierda, venezolano uno y cubano el otro: Rómulo Betancourt y Fidel Castro. Debo desdecirme entonces; la frase se le pudo haber ocurrido a cualquiera, pero no fue a cualquiera al que se le ocurrió.

Mientras escribo esto escucho repetidamente el tema de Sergio Ortega en las versiones tradicionales, y descubro en YouTube una obra musical mayor, “The People United Will Never Be Defeated!” (“¡El Pueblo Unido Jamás Será Vencido!”, para el que necesite la traducción), del pianista y compositor norteamericano contemporáneo Frederic Rzewski (79), del que Wikipedia  dice que es un virtuoso del piano aunque escuchándolo la aclaración está de más. Es su composición más reconocida, y con sus 36 variaciones en 1 hora y 6 minutos los vanguardismos (palmetazo a la cubierta del piano incluida) se alejan irreconocibles y regresan los acordes más concretos y familiares, lo que agradecemos. Hay una versión de Eriko Nagai, pianista nipona que toca descalza y lo hace con el alma (algo que no tiene su homónima la Eriko Nagai de la manga de animación japonesa a pesar de ser humana en la serie y no una ajin).

En mis tiempos adolescentes de trabajos voluntarios, camisas amaranto, marchas y reuniones de base (y durante apenas dos meses entre el estreno de la canción en Chile y el golpe de Pinochet) se le conoció como el Himno de la Mujer, (se estrenó en una marcha de Mujeres por Allende) por aquello de “y tú vendrás / marchando junto a mí”, y eso de “Mujer, /con fuego y con valor, / ya estás aquí / junto al trabajador”, pero no sé si actualmente –cuando la mujer no es ninguna comparsa– esa interpretación machista goce de mucha reputación.

De Sergio Ortega recordaremos este tema, “El pueblo unido jamás será vencido” que es consigna, y el himno(tico) “Venceremos” que es promesa. Si interpretamos correctamente el ácido devenir de la historia, un día de elecciones presidenciales, de EL PUEBLO UNIDO depende ese VENCEREMOS, en un tiempo que no es de barricadas sino de sufragio.