Como todo político de derecha, además de empresario, Sebastián Piñera ha puesto en el centro de su campaña la preocupación por la economía. Nos ha prometido una y otra vez sacar a Chile de su estancamiento y, gracias a las reverberaciones mediáticas, su discurso ha sido plasmado efectivamente en una parte importante del electorado: así, concluyen que Piñera es igual a crecimiento económico, crecimiento económico es igual a empleo, y empleo es igual a calidad de vida. Cualquier opción que se distancie de esa cadena lógica es sinónimo de caos comunista y de ello da cuenta la invención de esa patria intermedia, Chilezuela, con la que algunos ironizan, y con la que otros alimentan irresponsablemente el temor a la escasez.

No es inusual escuchar, además que, al ser empresario, “Tatán” gestionará mejor los recursos del país, o que como ya tiene plata de sobra no necesita robarnos. En el caso de esta última afirmación se omiten convenientemente los casos de fraude contra el Banco de Talca en 1982; sus conflictos de interés con el Proyecto Minero de Isla Riesco y las acciones en Exalmar durante su mandato anterior; el uso de información privilegiada en el Caso Chispas y la compra de acciones de LAN en 2006; y la evasión fiscal que realizó con las llamadas “empresas zombies” y su patrimonio no declarado en el paraíso fiscal de Islas Vírgenes, devalados este 2017.

Pero volvamos al punto fuerte de su campaña: la promesa económica. Sabemos que, independiente de quien gane las elecciones de este domingo, Chile crecerá en 2018 debido al aumento del precio del cobre. Es decir, Sebastián Piñera pide votos a cambio de un mérito que no será suyo. Segundo: sabemos que, a pesar de ese crecimiento asegurado, continuar en la senda de las reformas que inició la Nueva Mayoría -gracias a las presiones de los movimientos sociales- nos puede hacer perder varios puntos del Producto Interno Bruto (PIB). La pregunta es, ¿por qué al votante promedio debieran importarle estas cifras macroeconómicas?

Un primer aspecto a considerar tiene que ver con la racionalidad que propone el mismo sistema. Aristóteles, diferenciaba la obtención de riquezas que surge del intercambio directo entre un productor de mercancías y un comprador que las adquiere a precio justo, del intercambio comercial, en el que el comprador debe costear el valor agregado con el que se paga al intermediario. Nuestro sistema económico actual se apoya en esta última premisa, además de otras como el derecho a la propiedad privada y la ley de oferta y demanda, de acuerdo a la cual, el mercado se autorregularía de manera natural.

Sin embargo, para que tanta gente viva de un valor agregado es necesario que el mercado haga esfuerzos constantes para expandirse, y sabemos que esa expansión no nos ha transformado a todos en “igualmente ricos”.  Asimismo, la libertad que propone este modelo apuesta a que podemos tener todo lo que queramos y podamos, omitiendo el hecho de que vivimos en un planeta con recursos limitados, por lo que cualquier tipo de acumulación implicará tener algo que a otro le falta. De ahí que, para el mismo filósofo griego, concentrar dinero fuera un signo de deshumanización.

Por otro lado, como el sistema reduce todo al valor monetario, los servicios y productos que apuntan a satisfacer nuestras necesidades básicas y, más aun, aquellas de carácter recreativo, están en manos de privados, por lo que debemos pagar altas sumas de dinero para mantenernos a nosotros y a nuestras familias. Ello exige que la mayoría de la población que no es dueña de sus fuentes laborales deba trabajar de manera permanente, durante largas jornadas y, muchas veces, recurrir al endeudamiento.

No tener trabajo se transforma, entonces, en una verdadera pesadilla, y frente a la amenaza del sector empresarial que nos recuerda constantemente que tiene el poder de darnos o quitarnos el empleo, pareciera no haber más opciones que agachar el moño: “Total, si la economía los favorece, algo debiera llegarnos por efecto de “chorreo””. El sociólogo francés Pierre Bourdieu creó un concepto para esto: le llama violencia simbólica porque no se trata de una violencia que se ejerce de manera evidente sobre nuestros cuerpos, sino que a través de relaciones sociales de poder que, al naturalizarse, logran volvernos cómplices del maltrato al que se nos somete.

El segundo punto tiene que ver con lo que miden efectivamente los índices macroeconómicos. Ya en 1974 el economista norteamericano Richard Easterlin reparó en la paradoja que alberga el PIB:  comparó la situación de distintos países y concluyó que, una vez que las necesidades básicas de las personas -vivienda, educación, alimentación, salud y recreación- están cubiertas, el aumento del PIB pierde relación con los índices de felicidad de la población. Es decir, que no porque la economía de un país crezca sus habitantes tendrán necesariamente una mejor calidad de vida. Esto pasa principalmente porque el PIB mide ganancias, salarios y propiedades en términos puramente monetarios, perdiendo de vista aspectos cualitativos que tienen que ver con el bienestar cotidiano de las personas.

Frente a esta lógica, es que algunos economistas reivindican el paradigma del decrecimiento, asumiendo de lleno que el sistema capitalista no ha sido capaz de cumplir su promesa de infinitas oportunidades y ganancias y que, de hecho, ha profundizado la desigualdad social y ha acelerado el cambio climático. El paradigma del decrecimiento postula que el crecimiento económico indefinido es incompatible con el bienestar humano y medioambiental, y que el progreso no solo es posible sin crecimiento económico, también es necesario. Se trata de un proceso gradual, de largo plazo, que busca la disminución de la producción y el consumo, especialmente de aquellas empresas, sectores y países que externalizan sus costos, es decir, que hacen que otras partes del mundo paguen por lo que ellos ganan. En este sentido, se propone la mantención de un crecimiento selectivo para regiones históricamente empobrecidas, es decir, emparejar la cancha y apuntar, a largo plazo, a la mantención de la economía, más que a su crecimiento.

El decrecimiento se diferencia así, de las recesiones económicas asociadas al desempleo y la pobreza, ya que apuesta por un cambio consciente y planificado que permita redistribuir los recursos y beneficios sociales a nivel local y global. No puede ser algo impuesto por ningún gobierno o líder, sino una decisión mayoritaria que debe surgir como resultado de la profundización de la democracia en los distintos países del mundo. Tampoco se trata de volver a un pasado pre-industrial, ni de implantar un nuevo tipo de dogma o teoría totalitaria. No estamos hablando aquí de un estándar ético y moral que un grupo de fanáticos quiere propagar por el mundo por mero capricho, sino de encontrar una alternativa al insustentable modelo en el que habitamos actualmente, y que promete empeorar la calidad de vida de las futuras generaciones de Chile y el mundo. 

De cara a las elecciones presidenciales del domingo, tengamos presente lo siguiente: ni Chile Vamos ni la Nueva Mayoría han contemplado seriamente el problema que implica el crecimiento económico a mediano y a largo plazo. Tampoco se han hecho cargo de lo que este modelo nos ha quitado y nos quita todos los días. Los políticos de ambos conglomerados forman parte de una elite que se cruza con el poder empresarial, y adhieren inevitablemente al modelo que los ha favorecido y ha reafirmado su modo de mirar el mundo. A pesar de ello, está claro que es Sebastián Piñera más que Alejandro Guillier, el que está dispuesto a ceder nuestro bienestar por unos puntos más en el Producto Interno Bruto. Porque podemos debatir, concretar medidas, equivocarnos y volver a probar, pero no podemos seguir creyendo que nuestra única opción es este capitalismo voraz o la perdición comunista, y cualquiera que plantee el debate en esos términos está pensando más en su propio beneficio que en el del colectivo.


Periodista y Magister en Historia y Teoría del arte de la Universidad de Chile.