¿En qué minuto la centroizquierda en Chile se atrevió a levantar las banderas de la ignorancia voluntaria?; ¿En qué segundo nació desde la génesis de sus bases la idea de levantar una figura tan débil como lo fue y lo es el periodista Alejandro Guillier?

Como no va a ser débil un personaje políticamente desconocido en sus comienzos, quien representa actualmente -según su cargo, no así hoy el voto popular- un extremo de Chile que siempre, siempre ha sido apartado. ¿Cómo no va a ser un acto de idiotez latente levantar una figura que pretendía representar el recambio cuando fue todo lo contrario? ¿Cómo no va a dar rabia darnos cuenta que las decisiones tomadas fueron burdas, básicas, sin sentido? ¿Cómo no será absurdo pensar que con todo lo mencionado representarían la desregionalización, el recambio y la representatividad popular?

Eso buscaban. Nunca aprendieron.

El error más grande fue intentar encontrar en Alejandro una figura pública con altos niveles de confianza y pretender expandir desde esa tribuna un candidato cercano, amable, consciente, responsable. Les faltó lo más importante. Hoy Chile necesita dos cosas; La primera, inteligencia. Empero poco importa hoy eso en política, ya que gracias a Boric podemos dilucidar que la inteligencia al parecer se trata de teoría política más que de lectura social. La segunda, más importante por sobretodo; el creer. Chile necesita hoy, como siempre, creer en algo. No en alguien, en algo.

El creer, decía Robert Bolt, no es simplemente una idea que posee la mente. sino más bien, es una idea que posee a la mente. Guillier nunca creyó en él, por consiguiente, que podíamos esperar de la ciudadanía.

¿De qué forma iba a creer si nunca quiso estar ahí?; Él nunca dimensionó lo que significaba entrar a las grandes ligas. Como jugador cadete que mandan de titular a un clásico de final de campeonato. Tenía las ganas, el entusiasmo en un comienzo, pero cuando descubrió que faltaba mucho para campeonar como figura, quería retirarse. Retirarse quizás para retomar después. Tal vez no. Ya era muy tarde, el cadete que todos apostaban por figura se devaluó a tal punto que convirtió grandes goles, los que lamentablemente fueron en puerta propia.

Alejandro nunca quiso ser presidente. Lo demostró así en varios momentos. Guillier se asustó y lo develó de manera evidente. Él quería que todo terminara, a tal punto que cuando terminó, apareció un político con discurso de figura.

Pero ya todo había terminado.

Seguramente el domingo fue la ida al baño más placentera de Alejandro. Ya no debía resguardar nada. Tan solo relajarse y disfrutar de cuatro años más de senatoría.

Eso sin duda, le acomoda bastante.

El periodista nunca creyó ser candidato, en consecuencia, Chile nunca creyó en él como presidente. Los únicos que apostaban por esa creencia, fueron quienes aún creen en que la política en Chile se define por ese voto duro, el de los 90. Ese voto ideológico, que se realiza de manera tan pasional, como la derecha votó este domingo.

Hoy Guillier es la persona más feliz del mundo.

Él nunca quiso, lo que todos los sordos de la centroizquierda querían.


Publicista - Máster en estrategia y creatividad de marca de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona - Académico - Director de contenidos La vaca de ideas