Los que me conocen bien saben que me gusta conversar de la contingencia, pero que no suelo hacerlo por las redes sociales. Siendo hoy la excepción, voy a aprovechar sin embargo de dar mi humilde opinión respecto de los últimos acontecimientos ocurridos en Chile, en específico sobre las elecciones presidenciales.

Partiré admitiendo que desde un principio no quise que saliera Piñera. No por dudar de sus capacidades, sino por un tema de principios y valores, inculcados por mis padres y mi entorno en general. No ocuparé líneas en enumerar las razones de mi pensamiento, solo hace falta un poco de objetividad y de haberse informado un mínimo. Asimismo, como muchos también dudé de las capacidades de Guillier, por lo que nunca pude abogar por él. Por ende, al ver a estos dos candidatos en segunda vuelta, sentí entre otras cosas resignación y frustración. ¿Qué hicimos mal para que la presidencia de nuestro país se disputara entre “un pillo y un flojo” (como leí acertadamente por ahí en una columna de opinión)?

Lo más triste sin embargo fue la reacción de la gente luego de los resultados. Posterior a los últimos cómputos, las redes sociales se llenaron de peleas e insultos como si se tratase de una final de fútbol o de un circo. ¿Cuál es el gusto de hacerse fanático de un Piñera o un Guillier y restregarle en la cara al partidario del contrincante como si de una pelea de niños de 5 años se tratase? (con el debido respeto a tales niños) ¿Realmente la sociedad mejora de esa forma? ¿Ese es el Chile que queremos? Con este tipo de comportamiento solo demostramos una vez más que como sociedad chilena existe una gran división, que no hace más que retrasar nuestro desarrollo como nación, lo cual a estas alturas resulta inaceptable.

Con este texto solo pretendo recordarle a la gente que sin importar quien salga elegido presidente, el objetivo final de este proceso eleccionario es mejorar la sociedad, y no satisfacer las necesidades personales e irracionales de sentirse parte de un “bando” (como ser hincha de un equipo de fútbol), que eso se lo podemos dejar a lo que realmente tiene como finalidad la entretención. Salga el candidato que salga no hay absolutamente nada que celebrar más allá del hecho de que en nuestro país aún se respeta la democracia. En lugar de celebrar a un individuo de forma ciega debiéramos estar con los ojos más abiertos que nunca, de tal forma de comprobar que las propuestas del candidato electo se materialicen en algo concreto, y sean en pos de la sociedad.

A quienes critican las ideas de derecha, consideren que las personas a quienes les ha costado trabajo legítimo llegar a donde están, tienen el (valga la redundancia) legítimo derecho de sentirse dueños de lo que han logrado. Pero a los que critican las ideas de izquierda, les recuerdo que es un hecho que en nuestro país no todos comienzan la vida con igualdad de oportunidades; en esa misma línea, sea un poco más humilde y sea agradecido de lo que le tocó vivir, teniendo conciencia de que su realidad puede estar muy alejada de la de otros, y que probablemente usted fue un afortunado de la vida al comenzarla desde donde le tocó. Y a quien me diga que partió desde abajo y logró salir adelante sólo a punta de esfuerzo, lo felicito de corazón, pero dese el tiempo de considerar aquellos eventos durante su ascenso al éxito que no dependieron de su esfuerzo. A modo de ejemplo, le recuerdo que nuestra mera concepción en el vientre materno puede considerarse una secuencia de eventos de baja probabilidad (su espermatozoide entre millones), que poco o nada tuvieron que ver con esfuerzo propio.

Ambos denominados “bandos” tienen cosas buenas y legítimas, y ambos aportan a construir una mejor sociedad. Lo que no aporta (y más aún nos divide) son los individuos sin una gota de vergüenza que teniendo intereses egoístas y personales se dicen representar dichas ideas y se atacan sin pensar en el bien común. Considere esto la próxima vez que usted tenga el impulso de atacar a alguien por su forma de pensar, y también el día de mañana cuando quiera dar su apoyo ciego e irracional a algún candidato. Asimismo, no celebre desmesuradamente la victoria de un candidato cuando ni siquiera ha empezado a gobernar; más bien celebre la realización de las promesas de un presidente una vez que su mandato llegue a su fin.