La frase dice “la diferencia entre un argentino y un chileno es que cuando al argentino le cortan la luz sale a la calle hasta que se la restablecen, mientras que el chileno va al supermercado a comprar velas”. La escuché el 2012 en mi tierra, la Patagonia, para el movimiento social “Aysén, tu problema es mi problema”. Tanto fue nuestro ímpetu que en algunas marchas se veía flamear la bandera argentina, junto con la bandera negra del repudio al Estado chileno; hay una cercanía histórica, nada anecdótica y de fraternidad con los hermanos trasandinos.

Cuando Aleuy cruzó la cordillera este año para reunirse con Bullrich para tratar el tema mapuche, o las capacitaciones que hizo la policía chilena a las de esta zona, imaginé la represión que se instalaría, y todo eso comenzó a suceder. Se notó el cambio, el primero de octubre en la marcha de Buenos Aires por Santiago Maldonado el ambiente fue otro. Y está dando frutos la construcción del enemigo interno mapuche, hasta llegar a declaraciones de la vicepresidenta, hace pocos días, que afirmaba que los mapuche usábamos lanzas, lo que me pareció superior a cualquier discriminación que ya había vivido en Chile.

Con toda esa evidente maquinaria que están echando a andar no se detendrá al pueblo argentino ni se reformará esa impronta que los mueve y de lo que carece Chile: la memoria. Mención aparte merece el gran patrimonio argentino que es la educación pública y gratuita, y que no se trata de que alguien vaya a la universidad o no, como continúa siendo la discusión en Chile, sino que de un crecimiento a escala humana y para la formación de una población con opinión, con autonomía, participativa, comunitaria.

A la primera marcha que fui desde que vivo en Rosario fue la del 24 de marzo, conmemoración de los cuarenta años del golpe de estado cívico-militar (siempre hacen hincapié en que fue cívico-militar, algo que en Chile se nos olvida mencionar). Sacaba fotos para un proyecto. La marcha fue pacífica, reunió algo de 200 mil personas, hubo ruido, algunas bengalas y humo. Nunca nos custodió la policía, pasamos por el lado de automóviles y vitrinas, se prendió fuego (antorchas), en Chile la marcha hubiera durado veinte minutos y nos hubieran apaleado sin importar nada. Llegamos al Monumento a la Bandera, un espacio ciudadano que no tiene símil en Chile, la gente conversó, hubo discursos, algunos tomaban mate, otros cerveza, luego todos se despidieron y se fueron, todo pacífico. Nunca llegó la policía, no hace falta ese exceso de vigilancia. Y pasó lo mismo en las marchas por Santiago Maldonado, y la marcha del Orgullo.

No existe esto Chile. Lo reconozco con la tristeza de lo que nunca nos devolvieron tras la dictadura, sobre todo la educación pública y gratuita, plataforma que nos permitiría recuperar un poco ese Chile de la vieja escuela y oportunidades para todos (mi papá, mapuche, de campo, pobre, de Aysén, salió a estudiar derecho a la Universidad de Concepción, o sea, era posible). Claramente, en Argentina hay un sector que desea esa especie de “the chilean way”, pero Argentina es Argentina, vive a su propio ritmo, sobre todo si no es Buenos Aires, que adolece quizás de lo mismo que todas las capitales en cualquier parte del mundo. La gente se toma su tiempo, conversa, el chico guapo o la chica guapa no te mira con desprecio ni se creen supermodelos (un necesario alcance superficial), si vas de la mano con tu novia o la besas en público no pasa nada. Las artes no están “secuestradas” por una élite hipster, endogámica y muchas veces inalcanzable, a pesar de que no dudo de que en todo el mundo hay lobby.

Soy crítica de Chile (tecriticoporquetequiero). No es desprecio, a pesar de que soy patagona y nuestro reclamo es histórico, a pesar de que soy mapuche y nuestra lucha es ancestral, superior y anterior al Estado chileno, a pesar de los espacios en los que no me puedo desarrollar. A los argentinos se les nota la educación pública y gratuita y la tercera edad tiene una calidad de vida muy distinta a la tercera edad chilena, hay dignidad.

El domingo 17 estuve en el local de votación, me quedé al conteo, un 79% de los votos fueron para Guillier, 21% para Piñera. El voto exterior claramente no fue la tendencia y fue simbólico. Me sentí algo derrotada, pero pasó, porque como mujer, lesbiana, mapuche, patagona, humanista, escritora, huérfana, deudora del crédito universitario, postulante a becas, cesante ilustrada, ahora inmigrante, pachoncita y honesta (grave pecado en Chile), el panorama no cambia mucho, mi vida ha sido la resistencia y la construcción. Acá, pese a la dificultad y que un extranjero es el mismo extranjero en todo el mundo, la resistencia no es la misma.

El día siguiente sería de tensión. El lunes 18 se retomó la discusión de la reforma previsional, venía ya desde el jueves 14 la represión, con detenidos que pasaron el fin de semana, entre ellos, Damiana, la chica cuya historia conocimos todos. La reforma previsional amenazaba. En Rosario se instaló una pantalla gigante para seguir el debate en el Congreso, con 34ºC la gente estaba ahí, estoica, preocupada, comentando a quienes intervenían. Luego en la tarde marcha pacífica, mientras en el Congreso se veía que la jornada duraría toda la noche y los canales mostraban la violencia, y algunos se preguntaban: “¿pero por qué la policía no se lleva a los violentos? ¿Por qué se llevan a otras personas?”. Huele a Chile, pensé. ¿Por qué a los medios ya no les interesó lo otro, ni el congreso ni la ciudadanía manifestándose? Esto ya lo conozco. Es triste ver que algunas personas desean copiar el modelo chileno. Cuando me hablan del orden y estabilidad de Chile, claro, les digo, pero nada es nuestro y todos estamos endeudados.

Luego, la noche, los cacerolazos en Buenos Aires. Yo veía mi barrio céntrico como si no pasara nada, estaba lento todo, pero todo estaba igual. De pronto, cacerolas, las escuché desde mi décimo piso. Sonreí. De pronto, fue creciendo; luego, la gente apareció de la nada, otros salieron de los edificios y se iban al Monumento a la bandera. Las redes sociales mostraban todo repleto, en todo el país la gente se había levantado. No se quiere la reforma previsional, no se quiere la violencia con el pueblo, no se quieren infiltrados, no se quiere que se les pase por encima, no se quieren reformas que se consideren un menoscabo en la calidad de vida de cualquiera. Si no hubiera sido por la tormenta eléctrica que se desató sobre las 3 am acá en Rosario, la gente hubiera estado ahí toda la noche, con la cacerola. Despertamos y la reforma estaba ahí, pero el espíritu que quedó fue de alerta y la memoria, siempre la memoria. Aunque ahora se haya aprobado también la reforma tributaria. Se dice que es la laboral la que más preocupa.

Vi el debate de la previsional hasta las 4 am. La diputada Vanesa Siley puso el audio de los cacerolazos en el micrófono durante su intervención, dijo algo así como: “si no les basta con los que les dice el Papa, si no les basta con los heridos, con perjudicar a los viejos, quizás con esto sí les importe”. Y es que el estallido social del 2001 también estaba presente, se conmemoraban 16 años.

Esa noche la diputada Lucila Di Ponti, de Rosario, lo recordó al finalizar su intervención diciendo que “bajen las armas” y alzó su puño. Fue esa la última frase de Claudio “Pocho” Lepratti, antes de recibir el balazo: “bajen las armas, que aquí sólo hay pibes comiendo” (León Gieco haría después la canción “El ángel de la bicicleta” en homenaje). Eran 16 años del “¡que se vayan todos!” y el 20 de diciembre De la Rúa dejaba la Casa Rosada en helicóptero. Eso recordaba la gente. Mientras más conozco la historia de este país y a su pueblo, más respeto y silencio me habitan. Aunque soy inmigrante, he hecho parte de mi territorio esta ciudad, por eso también le di a la cacerola esa noche, fue también por si se escuchaba al otro lado de la cordillera. Esa cordillera de los Andes. Mientras acá la memoria.


Poeta, periodista, Licenciada en Comunicación Social; Magister en Literatura Hispanoamericana, mujer patagónica de origen mapuche-huilliche.