Que el patrimonio puede articularse en una cosmovisión está en la base de su principio de valoración de la historia, el apego sentimental de las cosas que vivimos. Los contrafuegos de una memoria insurrecta, que a pesar de un “presentismo” asfixiante se niega a desaparecer, cuando las tecnologías hacen inmediato el futuro, y los cambios son sinuosa contrastación cotidiana.

La historia social, y sus guiones, aquellas historias que son más que un espacio fenomenológico, que son un espacio del sentir, y del ser.

El patrimonio se emparenta con la vida, con su respeto, en tiempos en que la vida social es un mercado adquisitivo, el patrimonio tiene un panteón telúrico complejo.

Es acorralado, y privatizado en la desconstrucción creativa de la ciudad que provoca el modelo desregulador. En nuestra capital, la moderna tendencia gentrifica los barrios, llenando el entorno de inmobiliarios sujetos crediticios.

Esa reducción aparejada de lo público, hoy se expresa en la metrópolis, en el intento de privatizar gradualmente el histórico Parque O’Higgins, que es una pieza simbólica republicana, social y cultural.

Se intervendrá el Parque Forestal por una carrera internacional de autos de la formula E, cuyo impacto será desastroso para el Barrio Lastarria. La sociedad espectáculo es el marco que mercantiliza los patrimonios verdes para hacer caja municipal. Todo se rentabiliza, pero no en el sentido de lo público, sino en el giro de la mercancía.

Sufre modernidades y se recicla en los discursos oficiales. Preservar se transforma en un artilugio, la difícil costumbre humana de permanecer, permite volver de nuevo, pisar, y respirar ese mismo alito, en la misma esquina donde estuvimos antes.

El patrimonio es la historia de nuestros pueblos, esos sabores singulares que han revivido en las historias de los barrios, los pueblos como imaginario, una antropología y sociología de lo urbano, y también del mundo rural. Es la geografía humana, la geografía de sus edificaciones, y sus vidas, la orografía de su carácter, aquel que se escribirá en los textos de la vida.

El patrimonio es un derecho, pero también puede ser una cosmovisión, su burocratización tecnocrática es su muerte procedimental, su principal razón está en las comunidades y en sus localidades, en sus cobijos, y contradicciones, es el próximo prójimo, como diría Benedetti, es el “otro” de la “polis”, como diría Arendt.

Sin otredad, no hay patrimonio, una articulación social a partir de su tejido, cuando el patrimonio es civilidad, y los intereses son de comunidades. Hay agrupación, en el sentido del interés público, del interés común por la comunidad, aquel interés que tiene una historia en la ciudad sitiada por el hormigón reforzado.

El barrio se reconoce en las costumbres, en sus relaciones sociales, en los espacios que ocupa y congrega, el barrio es o puede ser una comunidad de intereses, tiene un sentido geográfico y una identidad más o menos intensa. A veces puede costar definirla, pero ahí vive.

Es un dominio de lo público, puede democratizar lo público en sus dominios, es un contenido, una forma, una expresión de lo público, porque el reconocimiento, la preservación se hace por la significación de grupos, barrios, ciudades, regiones, pueblos, naciones, continentes.

El patrimonio vive por tanto en la polis, no encerrado en el museo, y esa polis revive lo público en el patrimonio, porque la fiebre privatizadora destruye lo público en su proceso de “destrucción creativa”. El nicho del patrimonio lo revive, porque cuando el patrimonio defiende, defiende la polis, revive su propio espacio su propia condición.

En Chile requerimos una transformación de lo público, por tanto, requerimos de mucho patrimonio, de su ideario afianzado en las comunidades, hay que hacer avanzar a las comunidades, su habla. Es el habla posible de una nueva política, en que otro patrimonio, sino en el de las comunidades, es donde se puede encontrar un habla.

El patrimonio es la inteligencia del tiempo, su consagración en los gestos del decurso, las manías de las costumbres públicas e íntimas, porque en el patrimonio lo “intimo” es “público”, porque es la cartografía de una época.

Sin patrimonio ya seriamos robótica, sin ese patrimonio la humanidad se diluye en lo instantáneo, en la cognición touch del futuro, que siempre está como neurosis a la vuelta de la esquina.

Entonces detenerse, recobrar, toma un sentido más humano aún, más político todavía, porque es oponerse a un dominio, donde todo es futuro, porque todo es presente. Ese pasado es recuperar la agrupación de intereses sociales en función de una identidad, la trazabilidad de las costumbres es el rompecabezas de hoy.

Desde el decreto del “fin de la historia” que la historia es más popular, la insurrecta ha devenido en otros cruces, aun peleando con todo devenir moderno.

Las modernidades no han sido justas con todos los actores, porque a pesar de los desarrollos, las desigualdades describen el patrimonio de los excluidos, ahí se agrupa un sentir latinoamericano en la región más desigual del mundo.

Y su patrimonio vivo lucha por reencontrar los caminos de la historia, de la historia de los actores, y se entrelaza con la ecología política, en el impacto destructivo de las fuerzas del capitalismo. Se sintetiza en la trazabilidad de una huella de carbono que reduce drásticamente el impacto ambiental, en este sentido, se plantea como oposición al carácter de la mercancía, el patrimonio se plantea como un paradigma cuyas dimensiones significativas pueden ser una relectura de las valoraciones, y este espacio hay un rendimiento político.

El patrimonio del “otro sensible” es la historia social variopinta, la historia de los “incontados”, ese patrimonio humano, y medioambiental que es Latinoamérica.


Sociólogo