Como ya es de público conocimiento, con fecha 24 de noviembre de 2017, el Consejo Nacional de Educación rechazó las Bases Curriculares para III y IV Medio presentadas por el Mineduc (Acuerdo 330/2017). Habiendo sido testigo, como parte del Frente Amplio por la Filosofía, del proceso de elaboración de las bases de nuestra asignatura, no sorprende la decisión del CNED. Primero, porque las bases curriculares de Filosofía no tenían una definición disciplinar clara, lo que advertimos en reiteradas ocasiones en la Unidad de Currículum y Evaluación y que después fue motivo de observación por el mismo consejo (Acuerdo 043/2017). Segundo, porque la mayoría de los miembros y la misma institucionalidad del consejo, responden a una idea tecnocrática de la educación, y por tanto, de la filosofía. De hecho, el objetivo principal de la defensa de la filosofía fue recuperar las horas de la asignatura para la modalidad Técnico Profesional, lo que en la propuesta de bases curriculares contenía como parte del “Plan Común de Formación General” para las tres modalidades. Sin embargo, el CNED consideró que, en lo relativo a la exigencia de la LEGE, el Plan Común de cada modalidad (Humanista-Científica, Técnico-Porfesional y Artística) debiese establecer distintas orientaciones ligadas a: una profundización de áreas de formación general para el H-C y a un determinado “perfil de egreso” que, para el caso del T-P corresponde a una formación de especialidades en diferentes sectores económicos y, para la modalidad Artística, el “perfil de egreso” se orienta a distintas áreas artísticas de interés de los estudiantes. En definitiva, la propuesta de un mismo plan común para las tres modalidades en el que se consideraba la enseñanza de la filosofía, según el CNED, sólo fortalecería la formación general del H-C, según lo establecido y requerido por la ley. Creo que este rechazo, que sigue manteniendo en riesgo a la filosofía en los liceos chilenos, no sólo habla de una propuesta feble del ministerio, sino que expone, mediante la fundamentación de la ley, una falta de fundamento filosófico de la educación que está lejos de formar parte de las preocupaciones del mundo académico tanto de la filosofía como de la educación. Esta educación tecnocrática, que nos habla de perfiles de egreso y que se ampara en la ley, es un engranaje que no soporta la filosofía porque nunca se ha preguntado el por qué de la educación ni menos, entonces, se podría proyectar como un derecho que garantice la igualdad.

Bajo este marco, el mundo de la filosofía chilena debe dejar de permanecer como “disciplina de la distancia” y hacerse parte no tan solo de la contingencia, sino que también de la realidad actual del país, de la realidad que le compete, de la educación; a través de estrategias deconstructivas que le permitan la acumulación de fuerzas para un movimiento constante de defensa de la filosofía. Porque estamos acostumbrados a que la filosofía de la torre de marfil no considere que la disciplina filosófica, en cuanto institucionalidad parte del sistema educativo, esté sometida a los procesos de la educación y, por lo tanto, forme parte del juego de lo político. De hecho, creo que el problema de la defensa de la filosofía no tan sólo es un problema filosófico que debemos enfrentar, debatir e investigar en función del desarrollo de la filosofía chilena, sino que también es un problema educativo que, como tal, abarca tanto a la filosofía como institución, como a las políticas de la filosofía. En este sentido, creo que el trabajo que ha venido haciendo – y que se proyecta – desde la Red de Profesores de Filosofía (REPROFICH) no solo apunta a recuperar el problema de la educación como parte del desarrollo propio de nuestra disciplina, sino que también interpela a las otras disciplinas a tomar parte de la creación del currículum.

Por otra parte, el proceso de defensa que hemos llevado a cabo distintos actores de la filosofía en reuniones mensuales durante un año en la Unidad de Currículum y Evaluación (UCE) es testimonio de las posibilidades que se tiene de alcanzar – tensionando al Mineduc desde la organización social – un espacio político donde los profesores puedan aportar saberes, desde la práctica pedagógica y desde la experiencia educativa, para la elaboración de un currículum democrático basado en la realidad educativa chilena. Sin embargo, estos alcances se vuelven infértiles cuando se encuentran con la institucionalidad – absolutamente autoritaria – del Consejo Nacional de Educación. Aunque este solicite la revisión de las bases curriculares a expertos externos, estos, por el lado de la filosofía, no están ligados al problema de la educación y, por el lado de la pedagogía, no se considera la expertiz que otorga la práctica de los profesores de aula. El CNED, aunque en sus principios establezca el aseguramiento de la calidad de la educación, es el organismo estatal que más bien asegura, ya no tan sólo la calidad de los procesos, productos, bases, estrategias, etc., sino asegura la misma institucionalidad de la educación tecnocrática-neoliberal chilena.

Hace unos días la Asociación Chilena de Filosofía ha mostrado su molestia por el rechazo de las bases curriculares; también, a través de redes sociales, la REPROFICH ha recibido la preocupación de los profesores y el llamado a recomenzar una defensa. Sin embargo, creo que es necesario que los actores de la filosofía evaluemos la pertinencia de un trabajo, ya no reaccionario, sino un trabajo fértil de defensa y que implique una transformación de la educación partiendo de la filosofía misma. En efecto, para hacer una defensa de la filosofía que responda a la resolución 330 habría que apuntar al CNED. Porque en lo que se refiere al MINEDUC le hemos ganado un espacio donde se ha debatido y donde hemos entregado propuestas. Bajo estas condiciones, armar una defensa en contra de un organismo de la educación que es autónomo requiere de una organización mayor que abarque al gremio de profesores, a académicos y a estudiantes.

En este sentido, considero que el trabajo que ha venido haciendo la REPROFICH responde a una constante defensa de nuestra asignatura, ya que ha creado estrategias de desarrollo de la enseñanza de la filosofía (pedagogía, didáctica, institucionalidad, educación, formación de profesores, etc.) que van en directo beneficio de una defensa filosófica, es decir, fundada, argumentada y en consonancia con el problema de lo educativo. Y, al mismo tiempo, se ha intentado mantener y reforzar el vínculo organizativo con los profesores de filosofía de todo el país, lo cual es el mayor desafío que tiene actualmente la Red.

Ante la situación de riesgo de la filosofía en el currículum y ante la llegada de un nuevo gobierno, creo que habría que tener en cuenta:

  • Reforzar y preparar vínculos estratégicos-políticos entre los profesores de filosofía y el Colegio de Profesores en función de establecer una resistencia crítica al CNED. Porque independientemente quién sea el próximo gobierno, la defensa de la filosofía va a requerir de un trabajo político previo.
  • Lo anterior supone no reducir la filosofía a las “habilidades blandas”. Estas habilidades siempre van a ser parte de nuestra disciplina, pero no pueden ser su fundamentación. De lo contrario, defenderíamos una filosofía funcional a una educación estatal-tecnocrática. Por el contrario, considero que el espacio de la filosofía en el liceo debe apuntar a fortalecer la democracia, la libertad de pensamiento y garantizar – al menos – un tiempo de emancipación en el orden de la escuela.

El desafío está en saber complementar la resistencia desde dentro de las instituciones que ponen en juego a nuestra disciplina, el trabajo de democratización de la filosofía desde los saberes experienciales y prácticos de los profesores con una orgánica social que debilite las lógicas neoliberales de la institucionalidad de la educación. Por lo tanto, toda defensa que hagamos debe estar mediada por una reflexión anterior que implique responsabilidad política y filosófica, en su vínculo con la institución filosófica chilena, y sobre todo, con la educación.