A pesar de su pequeño tamaño, Líbano es un país diverso. Beirut es una vigorosa capital donde se ubica casi la mitad de la población y sus valles están muy poblados, con villas y pequeños pueblos a cada paso.

La política y la religión se viven intensamente. Con un total de 18 confesiones reconocidas por el Estado (maronita, griega-ortodoxa, Armenia-ortodoxa, caldea, latina, griega, siríaca, armenia, asiria, caldea, copta, protestantes, sunita, chiita, ismaelita, drusa, alawita y judía) y un sistema político único en el mundo articulado en torno a estas comunidades, el “confesionalismo” termina alineando a la mayoría de sus partidos políticos en una religión.

Pese a los 15 años de guerra civil (1975-1990) en el que estas comunidades se enfrentaron a tiros entre ellas -también contra palestinos, israelíes, estadounidenses y sirios- y a que las fricciones generadas por el conflicto en Siria aún siguen presentes –los afiches de los soldados caídos en el vecino país repletan plazas y muros de numerosos barrios y pueblos-, en general la tranquilidad reina en sus calles.

/ Felipe Ramírez

Con ese telón de fondo emprendimos este 24 de diciembre la misión de encontrar una iglesia –de las tantas que hay en sus calles- en la que se celebrara la misa de Navidad, de manera de olvidar la gran distancia y la diferencia horaria que nos separaba de nuestras familias.

Habíamos llegado hace dos semanas a este lugar, y quiso la casualidad que nuestro arribo a Beirut coincidiera con el anuncio de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén, capital espiritual de las tres religiones monoteístas, como capital del Estado de Israel.

Pudimos ver en diversas oportunidades durante estos días cómo la ciudadanía libanesa, sin grandes distinciones, se movilizaba en protesta por tan arbitraria decisión: cristianos, musulmanes, izquierdistas y conservadores, nacionalistas y comunistas marcharon juntos exigiendo que se respetaran los derechos del pueblo palestino, miles de los cuales viven como refugiados en este país.

/ Felipe Ramírez

Nuestro plan era pasar la Navidad en otro lugar, pero quiso el destino que viéramos nuestra estadía en Líbano alargada por razones fuera de nuestro control, así que debimos improvisar un panorama para esta festividad.

Caminamos desde el Barrio de Hamra, en el oeste, hacia los barrios cristianos de Gemmayze, Mar Mikhael y Ashrafieh en medio de la primera lluvia de verdad de esta temporada tras dos semanas de días nublados pero calurosos, que más parecían una postal de un país tropical que del Medio Oriente.

Nuestra intuición nos decía que la primera parada debía ser una iglesia del barrio, que a pesar de ser de mayoría musulmana, por lógica debería albergar a una comunidad cristiana local. Nuestra decepción fue grande al ver las rejas cerradas y ninguna señal de que se preparara alguna celebración navideña.

A pesar de ello, la ligera lluvia y la hora (recién cerca de las 6 aunque ya estaba de noche) nos impulsó a continuar caminando hacia el centro de la ciudad, donde se ubican lado a lado la Catedral de San Jorge (maronita) y la Mezquita Mohammed al Amin (sunita). Si bien algunas iglesias de barrio podían estar cerradas, como vimos durante la caminata, la Catedral por supuesto que tendría una misa de navidad.

Tras quince minutos de caminar bajo una cada vez más intensa lluvia, y algunos rodeos debido a los puestos de control militares que son propios del Líbano, la vista de las rejas y detectores de metales totalmente solos en la entrada de la iglesia nos hizo comprender que nuevamente nuestra ilusión –y nuestra lógica- estaban erradas. Nada auguraba que podríamos recibir al Niño Jesús en sus famosos salones.

/ Felipe Ramírez

A esas alturas la lluvia era cada vez más fuerte y nuestras ropas estaban totalmente mojadas, por lo que debimos refugiarnos en la entrada de un edificio a esperar a que amainara. Ello no impedía que numerosas familias –cristianas y musulmanas- se acercaran a sacarse fotos al lado del gran árbol de Navidad, con su respectivo pesebre, que se ubica en la esquina de las calles Damasco y Gourad, a un costado de la Plaza de los Mártires que honra a los independentistas libaneses asesinados por los otomanos. Es que acá la navidad es transversal, y los barrios de mayoría musulmana también lucen adornos navideños, para quienes Jesús es uno de los cinco profetas más importantes de su religión.

Precisamente esa zona, en el corazón del centro de la capital, marcó durante la Guerra Civil la línea del frente entre el este y el oeste de la ciudad, donde cristianos y musulmanes se disparaban de un lado al otro. Aún hoy, entre grandes torres en plena construcción y ofertas de lujosos departamentos de 550 metros cuadrados –que contrastan con las humildes viviendas de los amplios arrabales de Beirut- se pueden ver algunos edificios, cada vez menos, con agujeros de balas tras aquellos enfrentamientos.

Tras algunos minutos continuamos nuestra aventura, cada vez más preocupados por la lluvia y por la hora, que avanzaba inexorablemente y que pronto cruzaría la línea de las 20:00 horas, dejándonos sin nuestra única celebración navideña.

/ Felipe Ramírez

Dos iglesias cerradas más cruzamos en el camino, hasta que en la misma calle Gourad, entre tiendas y restoranes cerrados por las fiestas, divisamos un par de soldados libaneses armados de los reconocibles AK-47. Bingo.

En todo el mundo musulmán los diversos gobiernos han establecido los últimos años el despliegue de policías y soldados en las iglesias cristianas durante la Navidad y otras festividades religiosas, como medida disuasoria ante posibles ataques de grupos terroristas. En Líbano ello no marca nada especial, ya que desde el fin de la guerra interna el ejército está permanentemente en las calles, aunque sin estado de sitio ni toque de queda. Los convoyes de soldados, los puestos de control en carreteras y calles, y los tanques y vehículos blindados en intersecciones importantes son pan de cada día.

Efectivamente se trataba de una iglesia construida en piedra, que se encontraba abierta y con un par de feligreses ubicados en las típicas bancas de madera de toda capilla. Tras una breve conversación en inglés con los soldados y el registro de rigor de bolsos y mochilas –y las ya tradicionales referencias a lo bien que juega la selección chilena de fútbol-, hicimos ingreso a este templo dedicado a San Francisco.

Los monjes en sus típicas túnicas café se desplazaban por el recinto haciendo los últimos preparativos de la solemne misa que iniciaría menos de media hora después. La comunidad, en tanto, se iba ubicando rápidamente en sus puestos, mirando de reojo a ese par de extraños que estaban sentados en el lado izquierdo del lugar.

Nuestras parcas y bototos mojados contrastaban con los zapatos, impermeables y chalecos de domingo de todos los asistentes, que se habían vestido de manera adecuada para una de las más importantes celebraciones de la cristiandad, pero nadie se acercó a decirnos nada. Las conversaciones fluían a nuestro alrededor en susurros, entre saludos y felicitaciones mutuos bajo un cielo de piedra en forma de bóveda adornado con motivos franciscanos y sobrios altares laterales.

Pasadas las ocho y con los asientos repletos, se inició la Santa Misa con un servicio dado en francés y árabe, en el que las pocas palabras reconocibles para este par de chilenos fueron Alah (la palabra en árabe para Dios) y Amén.

Ni el desconocimiento de quienes éramos ni nuestra intrusión en un momento íntimo de una comunidad que a todas luces se conocía desde hace mucho tiempo, fue obstáculo para que en el momento indicado quienes estaban a nuestro alrededor nos dieran la paz, y la ceremonia finalizó con villancicos navideños y los niños dejando a Jesucristo ya nacido en el pesebre local.

Mientras comíamos los shawarma que se transformaron en nuestra cena navideña en uno de los pocos locales de comida que encontramos abiertos a esas horas, no dejaba de pensar en que a pesar del desgarro de una larga guerra civil, de las minorías extremistas de lado y lado que echan leña al sectarismo, y de la ignorancia que abunda en nuestros países sobre estas tierras que vieron los primeros pasos del cristianismo, lo que más abunda en estas latitudes es el respeto.

Ya sea en las calles de Saida hacia el sur o en los alrededores de Byblos hacia el norte, en las calles de la gran Beirut o en Baalbek y los pueblos del valle de la Bekaa, hacia la frontera con Siria, conocimos un pueblo que en su diversidad, y con su historia rica en grandes acontecimientos y fuertes enfrentamientos, ha construido una sociedad amable, rica y diversa. No se me ocurre un mejor mensaje navideño en este 2017 que termina, en especial en una zona del planeta que tanto merece poder seguir creciendo en paz. Inshallah.