Ríos de tinta se han escrito por estos días tratando de interpretar y explicar lo que ocurrió en Chile entre la primera y la segunda vuelta electoral. Estamos ante una nebulosa, un agujero negro de tipo político-electoral.

Todo lo que se predijo sobre la primera vuelta resultó errado. Por ejemplo, que Piñera tenía posibilidad de ganar en primera, que, de todos modos, sacaría mas del 40%, que Beatriz Sánchez no llegaría al 10%. Nadie previó tampoco que el disputado cuarto lugar lo ganaría la extrema derecha con José Antonio Kast, o que Sánchez prácticamente empataría con Guillier y que el FA sacara 21 parlamentarios.

Tras del 19 de noviembre se habló de un giro a la izquierda en Chile y de la posible derrota de Piñera. Acerca de la segunda vuelta se decía con mucha seguridad que la abstención favorecería a la derecha, que si el Frente Amplio votaba por Guillier y que si baja la abstención él podría ganar, o que la diferencia iba a ser estrechísima, de uno o dos votos por mesa. Nada de eso ocurrió. Votaron 329 mil más que en noviembre, el 80% del FA apoyó a Guillier, y aun así Piñera le sacó 9 puntos al candidato oficialista.

En cuatro semanas las suposiciones pasaron de un aparente giro a la izquierda en Chile, basado en un deseo social de cambiar el modelo, a un aparente giro a la derecha, basado en el deseo de más modelo. De las suposiciones de la primera vuelta se pasó a las conjeturas de segunda vuelta.

Y así hoy nos encontramos frente a una lluvia de hipótesis. Estas transitan entre dos extremos (bastante clásicos, por lo demás). En un polo se ubica la que podríamos denominar “hipótesis de la alienación”, cuyo más sincero representante es el diputado Hugo Gutiérrez. El voto masivo a favor de la derecha se explicaría por la conciencia alienada de los explotados que hace posible que estos voten por sus explotadores (el facho pobre, el desclasado, el sujeto de la “servidumbre voluntaria”). En el polo opuesto se sitúa la “hipótesis del consumo” de Carlos Peña. Esta insiste en el éxito de la modernización capitalista impuesta en dictadura y legitimada durante los gobiernos de la Concertación, sostiene que los chilenos no queremos más Estado, sino más y mejor mercado, y en esa carencia radicarían las bases de un inocultable malestar ciudadano. En consecuencia, no nos interesaría reformar el modelo económico, sino ser partícipes de sus beneficios, ser consumidores de pleno de derecho en el marco de una modernización capitalista inevitable y deseable.

Entre medio de esas dos posturas hay para todos los gustos, tantas y tan diversas que poco aclaran.

Sin embargo, pareciera poder distinguirse entre todos los que a través de entrevistas, columnas, redes sociales, etc. interpretan los acontecimientos dos elementos coincidentes: por un lado, tanto ganadores como perdedores reconocen la sorpresa que los resultados les produjeron, los de primera y los segunda vuelta. Perplejos por igual. Por otro, todos, sin excepción, admiten, casi a modo de lugar común, el divorcio entre mundo social y mundo político.

Este divorcio entre lo social y lo político es tan amplio que ningún liderazgo, ningún partido, ningún centro de estudio, ningún medio de comunicación, etc., fue capaz de anticipar lo ocurrido. Ninguno logra explicar lo que pasó entre el 17N y el 19D. Encontramos ahí una lógica: si la distancia entre sociedad civil y sociedad política es tan significativa, es esperable que el mundo social dé sorpresas que el mundo político no espera ni entiende, pues poco sabe de lo social.

El liderazgo político e intelectual chileno sabe menos que nunca de lo que ocurre ahí abajo, en la sociedad. Y esto no sólo porque desde 1990 en adelante se optó conscientemente por una gobernanza (neoliberal) que implicaba un divorcio, alejamiento y aislamiento del mundo social. También –y esto agrava la brecha- porque hoy los clásicos instrumentos o instituciones que permitían hacer cierta “lectura social” desde la distancia, sin tocar al pueblo, se han demostrado muy poco certeros. De la capacidad demoscópica y predictiva de las encuestas mejor ni hablar; tampoco de los medios dominantes que ponen en agenda lo que los centros de estudio, dueños de las encuestas, postulan. Ni qué decir de los partidos políticos que desde 1990 en adelante optaron por hacer política a través de los mismos medios que construyen agenda con los resultados de las encuestas, hechas por centros de estudios que pertenecen a grupos económicos. Un juego de espejos en el cual todos se miran, sin mirar lo que pasa fuera de los espejos, un cartel ideológico sin referentes exógenos.

Ya no funcionan las herramientas de lectura social alejadas de lo social. Tal vez es esa la única certeza que hoy tenemos, que para leer lo social, hay que estar en lo social, y que lo social está en ese 49% de personas que fueron a votar y, sobre todo, en ese 51% de pueblo que no fue a votar, y del que casi nadie habla.


Demoscopia Electronica del Espacio Público ( DEEP) PUCV