Después de la abrumadora derrota de la Nueva Mayoría el pasado 17 de diciembre, se ha repetido como mantra el que, supuestamente, Chile sería un país de “derechas”, o bien un país de “centro”. Expertos del bando derrotado dan un sinnúmero de explicaciones que, sin embargo, no explican nada. En una entrevista ofrecida a TVN el martes 19 de diciembre, el otrora sociólogo del segundo piso de La Moneda durante el gobierno de Lagos, Ernesto Ottone, abogaba porque no sólo había sido el “centro” político quien había votado por Piñera, sino que Chile parecía ser un país esencialmente proclive a la “serenidad”. Un término demasiado “sereno” si se quiere, para supuestamente explicar el “golpe” (y digamos que es otra forma de “golpe”) sufrido por la Nueva Mayoría el pasado 17 de diciembre.

La esencia cultural del chileno parece imponerse: a fin de cuentas, la sorpresa con la que se invistió el holgado triunfo de Piñera no fue “sorpresiva” porque Chile es un pueblo dócil, “sereno” o esencialmente de “derecha”. Y así, algunos expertos e intelectuales, han visto en el triunfo de Piñera la revelación de una verdad que da inicio al lamento de una posible larga derrota: Chile no era un “país de izquierdas” y “no lo será jamás”. Curiosa conclusión la deducida que se adhiere a la otrora fábula construida por años de transitología: la Unidad Popular fue inviable políticamente y, las izquierdas no tienen más alternativa que lo que fue la Concertación de Partidos por la Democracia en los ’90. O sea, el principio de la historia termina convirtiéndose en el fin. En otros términos sólo es “viable” un proyecto conservador de izquierdas, es decir, un proyecto que deje intacta la estructura corporativa-financiera del neoliberalismo y que sólo se circunscriba a focalizar ciertas políticas dentro del marco constitucional y económico. Así, para las izquierdas sólo parece haber posibilidad no de un “proyecto” como de un buen “servicio” al patronazgo de turno. Es la naturaleza de las cosas, es decir, la supuesta e irrevocable “esencia” de un pueblo como el de Chile.

Sin embargo, una semana antes del triunfo piñerista, todo indicaba lo contrario: en realidad Chile parecía ser un país de izquierdas que no quería ser gobernado por un ladrón que llevaba consigo el apoyo de los asesinos de la dictadura. De un momento a otro, ese “entusiasmo” –para usar el término de Kant– se disipó y pasó a investir al bando contrario: la naturaleza chilensis parecía revelar su verdad en la decisiva elección del 17 de diciembre. Chile se convierte así en un país “esencialmente” de derechas, “sereno” como diría Ottone, que no pretende cambios abruptos que pongan en tensión la “serenidad” del patronazgo corporativo-financiero. Fantástica conclusión que sirve para derechizar a las izquierdas que yacen más allá de la Nueva Mayoría y que intenta re-instalar la fábula transitológica por otros medios: “éramos jóvenes e irresponsables, ganamos el gobierno de la UP y los militares nos dieron la ‘lección moral’ debida. Conclusión: Chile no está para proyectos ‘populistas’”.

En efecto, cuando Pinochet y los suyos aparecían con lentes oscuros conjurando al “cáncer marxista”, el discurso de gobierno repetía oficialmente que, tal golpe, había “restaurado” los valores “cristiano-occidentales” de Chile. Con ello, mucho antes que Guzmán legitimara la dictadura con el dispositivo constitucional de 1980, la dictadura ya profitaba una ideología que naturalizaba su violencia apelando a la “restauración” de los valores más “esenciales” de la supuesta identidad chilena que ahora, gracias a la música de Los Quincheros y el civismo de Jaime Guzmán, encontraba resguardo.

Los enemigos del Estado no sólo podían “gozar” de exilio, torturas, clandestinidad, desaparición y ejecución, sino además, de haber sido el verdadero “cáncer” que conducían al país al desastre.

El relato de la dictadura se reconfigura tiempo después durante la transición cuando se inventa la idea de que no es posible una izquierda radical que pueda prescindir de la Democracia Cristiana o, lo que es igual, del famoso “centro político”. El resultado de ello fueron los tediosos y “serenos” años de la Concertación que, por cierto, sólo pudieron ser “serenos” desde el punto de vista de la oligarquía, pero jamás, desde la perspectiva de los oprimidos que salieron a las calles, lucharon contra el goverment by consent que negociaba impune y cupularmente la impunidad de los militares, legitimaba el orden constitucional heredado por Pinochet y profundizaba (no solo administraba) el régimen neoliberal sin contrapesos.

Volver hoy día a la tesis “esencialista” de que Chile es un país de “derecha” no sólo es de mal gusto, sino políticamente torpe. Y lo es porque constituye una buena justificación para el lamento continuo y la completa renuncia a la crítica política y las posibilidades de acción. Todo esencialismo termina en la resignación. Le da cabida, la “justifica”, permite pasar el trago amargo, pero hace perder de vista las posibilidades de transformación. El triunfo piñerista del pasado 17 de diciembre no se debió a la activación de ninguna “esencia” inmanente al “pueblo de Chile”. Como todo grupo humano, el país carece de toda esencia y se forma a la luz de sus prácticas comunes. Por cierto, lleva consigo tradiciones, costumbres, modos de vida. Pero tales tradiciones, costumbres y modos de vida no son jamás “esencias” que determinen su pasado y su presente.

El triunfo piñerista no hay que buscarlo en alguna “esencia”, sino mas bien, en la comprensión que tuvo dicho sector de que sólo la acción política podía promover un triunfo. Paradójicamente, la derecha asumió la radicalidad de la política en lo que ésta tenía de contingencia y la izquierda comenzó a “esencializar” las condiciones que dieron lugar al triunfo de sus adversarios. Hoy, la derecha está celebrando (pero no sólo la “derecha”) y la izquierda llora infinitamente lamentándose de la “esencia” del pueblo chileno que, supuestamente, sería de “derechas”. La única receta para el futuro inmediato es: actuar políticamente. Y, para eso, se necesita rearticular la crítica e impedir que la tesis “esencialista” profundice el llanto sobre el presente.


Académico, Universidad de Chile