Hacia el siglo VIII de la era cristiana se comienza a usar la palabra “iconoclasta” para referirse a aquellos que en el marco del Imperio Bizantino, literalmente, destruían imágenes destinadas al culto. En particular, los iconoclastas destruían imágenes destinadas al culto para cumplir fielmente su lectura del mandamiento divino de no crear ni producir imágenes para honrarlas, pues sería su dios lo único digno de ser honrado, a la vez que lo único que no podría ser representado mediante una imagen, dada su infinitud. En un contexto de disputa por las imágenes, aquellos que destruían pinturas o esculturas de culto divino terminaban levantando nuevas imágenes a las cuales honrar, y es así como tras la destrucción de los múltiples dioses, se erigió la estatua de un único dios; tras la destrucción de la estatua del único dios, se levantó la estatua del emperador; ante la caída de la estatua del emperador, se alzó un obelisco que representara el poder; ante la destrucción del obelisco, se consagró un edifico como símbolo de la república; y ante el bombardeo del edificio, otros tantos iconos se levantaron. Es en este sube y baja de ídolos la iconoclasia parece ser, más que un proceso de destrucción, un método de producción de nuevos dioses, pues se trataría de probar que los antiguos dioses no son tan fuertes como para proteger sus propias imágenes de la destrucción por parte de los partidarios de los nuevos dioses.

En este foro, ya se ha escrito sobre la iconoclasia de las imágenes, a propósito de la serie The young pope de Paolo Sorrentino. En dicho texto se analiza de manera precisa el argumento según el cual el cine es el medio artístico que jamás ha estado sometido a la dimensión de lo sagrado, por lo que nunca en la historia ha sido objeto de iconoclastas. Lo que sí, se sostiene, el cine puede ser iconoclasta consigo mismo, lo cual es demostrado por la obra de Sorrentino en dos sentidos: por una parte, porque es una serie que no funciona como el resto de las series que narran con excesos de información todo lo que ocurre a cada uno de los personajes, como si el público fuera un imbécil al cual hay que iluminarle cada segundo de cinta con sobreexplicaciones; pero también es iconoclasta la serie al contener una imagen digna de los iconoclastas del siglo VIII: la instalación “La nona ora” del artista italiano Maurizio Cattelan, que exhibe una escultura realista del papa Juan Pablo II, botada en el suelo por el golpe de un meteorito. En el mencionado texto se muestra cómo es que dicha imagen anticipa en la serie la destrucción del canon católico instaurado por Juan Pablo II, pero también podemos agregar que es así como la serie de Sorrentino nos presenta lo que sería la figura más descriptiva de lo que es la iconoclasia: ruinas, destrucción, ídolos caídos. Si a la estatua del papa derrotado por el meteorito, sumamos que The young pope tiene por escena final al nuevo papa también abatido en el suelo, nos damos cuenta que el símbolo verdadero de los iconoclastas no es la instauración de una nueva imagen, sino que es la imagen de aquello que está destruido. Es por eso que la verdadera iconoclasia no busca instaurar nuevas imágenes, porque la nueva imagen es la imagen antigua destruida.

En razón de lo anterior, el cine iconoclasta no busca decir algo después de la destrucción, no tiene por misión destruir para luego construir. El cine iconoclasta se queda en la destrucción y nos muestra lo destruido. Fin. Lo contrario a eso es, lo que el filósofo Jacques Rancière, denomina “culebrón”: una serie de imágenes que nos narran una historia en cuyo final siempre está el nuevo comienzo, o para decirlo en términos de iconoclasia: una historia que, tras la destrucción de los dioses antiguos, se levantan dioses nuevos. Eso, una y otra y otra vez. Serpientes infinitas, que se comen la cola para volver a nacer, repetitivamente hasta el cansancio de los espectadores. Eso son las telenovelas: una historia en la que el clímax no es más que el nuevo nacer de otro nudo de conflicto. Quienes han seguido series que no continuaron siendo producidas, como puede ser el caso de Friends (David Crane & Marta Kauffman, 1994 — 2004), sabrán que el fin se da, no tanto por la imposibilidad narrativa de continuar, como sí por razones externas al guión (bajas en la audiencia, falta de auspiciadores, o problemas en el camarín de actores). Incluso, aquellas narraciones que terminan porque la historia concluye, los productores no escatiman en inventar precuelas y secuelas a por montones con el fin de seguir vendiendo, como en el caso de Star Wars.

La saga de la guerra de las galaxias, que recientemente estrenó su octavo tomo, The last Jedi (Rian Johnson, 2017), es un caso interesante de culebrón. Por una parte, Star Wars fue una saga muy exitosa durante los fines de los ’70 y comienzos de los ’80; durante los ’90 fue remasterizada, a fin de revivir el éxito de las décadas anteriores, además de anticipar la producción de una serie de precuelas durante los ’00; desde los años 2000 se produjeron un puñado de series, películas y animaciones que rellenarían partes inconclusas de la historias; todo para que desde 2015 se produjeran más y más películas a modo de secuela, extendiendo de manera interminable la guerra entre los Sith y los Jedi, entre el Imperio y la Resistencia. Es interesante que esta última entrega dejó profundamente insatisfechos a gran parte de la fanaticada más fiel, quienes han solicitado que la cinta sea removida del canon de películas que conforman la saga, precisamente porque sería un filme que atentaría contra el canon antiguo: esta entrega sería algo así como una imagen que viene a romper con la tradición.

Lo que mantiene descontentos a esos fanáticos es que The last Jedi no sería fiel a 30 años de historias, haciendo aparecer un Luke Skywalker poco comprometido con lo que realmente es, además de contener un reemplazo generacional desmesurado de actores. Sin embargo, esos fanáticos se comportan de igual manera que los idólatras de imágenes del siglo VIII: a ellos no les interesa que la historia termine, no les gustaría ver al papa caído, sólo les interesa ver lo mismo una y otra y otra vez. Pero la tragedia de todo esto es que esa supuesta iconoclasia en The last Jedi, es falsa: mientras los fanáticos ven en la desaparición de los antiguos personajes de los ’70 una traición a los principios fundantes de la religión Star Wars, se enceguecen respecto a que esos personajes están siendo explícitamente reemplazados por los nuevos actores, cumpliendo con la interminable narración del culebrón: buenos por buenos, malos por malos. Cuando Luke Skywalker dice que “los Jedi deben morir para que nazca algo nuevo”, no está diciendo que se terminará con todo lo anterior para producir una nueva historia, sino al contrario, que toda la historia será repetida bajo otros nombres.

Star Wars es sólo un ejemplo de historias que cuentan un pequeño cuento de iconoclasia a fin de reforzar el culebrón: la más reciente entrega de Spider-Man, Homecoming (Jon Watts, 2017), nos presenta a un muy joven Peter Parker que se enfrenta a un no tan malévolo villano, Buitre (interpretado por un Michael Keaton que ya agarró un placer por interpretar hombres pájaro). En Spider-Man: Homecoming, Buitre es el estandarte del pasado, de los antiguos valores del esfuerzo, el trabajo y la protección de la familia, además de ser un empleador enfocado a obtener lo mejor para la clase trabajadora que él administra en su pequeña empresa; podríamos decir que es todo un marxista clásico que trabaja en función de la defensa del proletariado. Mientras tanto, el joven Peter Parker no es más que un muchacho con ideales, buenas intenciones y un talento falto de experiencia que lo respalda, pero que no puede combatir contra la sabiduría del viejo Buitre. El filme se resuelve en favor de Spider-Man, precisamente porque Buitre no logra comprender que su tiempo ya pasó y que vive en una era en la que ni él ni sus ideales encajan, en que ni él ni sus trabajadores van a poder defender a la clase obrera. En conclusión, Spider-Man reemplaza al Buitre, el nuevo dios reemplaza al viejo, pero esa destrucción se produce sólo para que la gran historia continúe, y el culebrón del hombre araña siga cobrando sus réditos.

En un mundo cada vez más entregado al placer de las imágenes y de las series de más y más temporadas, queda recordar una imagen que aparece cada vez menos ante nuestra vista, y que es la imagen que permite acabar con el ciclo infinito de consumo. Esa imagen permite escapar del asiento pasivo del espectador para que, finalmente, pueda conversar con alguien sobre esa historia ya concluida. La imagen ausente, esa que al terminar una pelÍcula ponía la palabra “FIN”.


La mirada de los comunes