Bruno Córdova Manzor (Santiago, 1987) nunca se queda tranquilo. La entrevista no parte con una pregunta de la periodista, sino con sus reflexiones sobre el mundo. Echa la talla, entre un tema y otro, con el ejercicio de “cancelar”, boicotear simbólicamente a figuras cuestionables de la esfera pública, lo que cada vez es más común desde el destape de los abusos de Harvey Weinstein en Hollywood. Afirma estar en contra de estos reclamos pues “no se puede privatizar el veto. Cuando alguien es cancelado, no es a partir de reglas fijadas para toda la comunidad. Viene desde nichos”.

—En tu libro dedicas un capítulo entero a lo que se conoce coloquialmente como “verse de bien”, una distinción estética que separa a los buenos de los malos. Citas el ejemplo del 2011, cuando Carabineros de Chile, sagazmente, sabía de antemano quiénes eran los subversivos, los que andaban de jeans y zapatillas. Hoy, 2017, ¿Qué significados se asocian a la categoría “de bien”?

—Las clases más bajas asocian este concepto a la cultura del esfuerzo, del “a mí nadie me ha regalado nada”. Esto explica, en parte, el entusiasmo por Sebastián Piñera. Son las señoras las que más utilizan el “se ve de bien” para categorizar a prori a las personas, y son las señoras parte de la base más dura de los votos de Chile Vamos en la segunda vuelta.

Pero no existe una sola forma de ser señora. La confianza que provoca Bachelet emana, justamente, de que podría ser cualquier mujer de la tercera edad, en cualquier parte de Chile, empujando el carro de la feria o jugando en los tragamonedas. Es la que responde al estereotipo de la señora sola, aperrada, que saca la cara por el hijo cuando éste la caga, que se hace cargo de toda la familia. Y en el otro lado está Cecilia Morel…

—La protagonista del “Ramito de violetas”, de Zalo Reyes.

Claro. Abnegada, dándolo todo por el matrimonio, sonriendo al lado del marido, siempre compuesta. ¿Por qué, al final, triunfa este modelo de señora?

—Por el temor a quedarse sola, po’. La inseguridad que sustenta el 90% de los matrimonios infelices. De hecho, Sebastián Piñera gana las elecciones aprovechándose de ésta y varias inseguridades muy arraigadas en la mentalidad nacional. El temor a la migración es clave. Se subentiende que un gobierno de derecha le pondrá freno al supuesto desenfreno y laxitud en las políticas migratorias actuales, aun cuando los datos dicen que esta percepción no es correcta.

Ser de izquierda, ser de derecha en Chile

Sobre lo último, hay varios indicios de una confusión que existe entre la inmensa mayoría respecto de cuál es el bando que representa mejor sus intereses. ¿Qué es ser de izquierda en este momento, en este país?

—Observo dos vertientes: una, la republicana, aspirante a la social-democracia y a erradicar el fascismo de Chile; la otra, es una izquierda más corporativista, más dura, que lleva premisas, desconfiando de la soberanía popular. Así como el gobierno de Michelle Bachelet evidenció sus grietas al no poder sumar las voluntades de las izquierdas, el gobierno de Piñera tendrá su propia versión de este conflicto al no poder aglutinar a todas las derechas.

¿Y la derecha? ¿Qué significados contiene?

—La derecha chilena no ha modificado su ideario ideológico en 80 años. El nacional-catolicismo, el rollo de Francisco Franco: La defensa de la familia, el asistencialismo caritativo, el miedo al otro, una estructura de relaciones personales mediada por el corporativismo, es decir, asignar por medio de la virtud el valor de las cosas, por sobre la soberanía. Cuando Piñera alude al “Gobierno de los mejores”, lo hace pensando en lo que su bando concibe como lo mejor. Cuando habla de la “inmensa mayoría”, automáticamente niega la soberanía popular, al anular el derecho al disenso. Nadie quiere estar fuera de esa mayoría. Esa es la generación de consenso forzado que cuestiono con mi libro.

Fuera de la mayoría eres el enemigo y, por lo tanto, sujeto a ser eliminado. ¿Cómo devolverle a la política cierta dignidad, siguiendo a Chantal Mouffe, concibiendo al otro no como un enemigo, sino como un adversario?

—Fijándonos en las prácticas y no en las personas. La enemistad es el fascismo. Si la política se reduce al juicio de las personas, no hay posibilidad de un encuentro y de disputa legítima de un campo. El discurso no es un territorio. Yo no puedo determinar mi postura frente al mundo desde un territorio. El territorio me da sentido de pertenencia y de legado, pero no me otorga argumentos. En política, se pelea con argumentos.

Sin embargo, tales argumentos no existen en el vacío. Territorio y discurso no son lo mismo, de acuerdo, pero creo que es riesgoso negar la influencia del primero sobre el segundo.

—Sí, pero hablo de una cuestión de responsabilidad cívica al intentar esforzarse por abstraer lo más posible tales argumentos desde el lugar de donde vienen.

¿Qué opinas de la identidad política, identity politics? Te pregunto porque estas posturas políticas responden a los intereses de grupos no-hegemónicos, sustentados en cuestionar la frontera entre territorio y discurso. El Black Panther Party, por ejemplo, no existiría en condiciones donde es estrictamente necesaria la abstracción de los argumentos.

—La considero problemática. Conduce a armar enclaves discursivos aislados unos de otros, donde el encuentro no es posible. Estas burbujas reproducen rituales, usos y costumbres dentro de su comunidad que las hace profundamente sectarias. Ahí veo un miedo a enfrentar sus posturas, tanto hacia el exterior como entre sus propios miembros.

Caso práctico. A ti, hombre homosexual, te leo en Twitter constantemente reclamando contra el hombre homosexual. Me parece curioso que te carguen tanto los colas, como grupo. ¿Cómo explicas ese disenso, según lo que hemos conversado?

—¡Está tan fascista el mundo cola! Y te lo ejemplifico con la dimensión estética: son todos iguales. La barba, la ropa, todo lo que tiene que ver con lo que te decía de los usos y costumbres. Hay una forma unívoca de lo que es ser cola a la que no puedo suscribir. Esa afirmación performática me parece cómoda, en el mal sentido. Forman enclaves de colas donde no caben otras formas de vivir la homosexualidad masculina. Es un corset, y un corset deforma. Resumiendo: te resta potencia política. Si estás tan preocupado de legitimarte dentro de un grupo, ¿Qué fuerzas te quedan para pelear lo que está afuera de ese grupo, contra los de afuera?

Pobres fachos y fachos pobres

Abro esta pregunta con una cita de tu libro: “Hay una clase de políticos amante del relato de primera persona. Se llama a sí mismo el todoterreno, que adora mostrar el barro en sus botas de goma en una jornada de temporal”. Este político todoterreno se caracteriza por su contacto directo con las personas, según tú, y ejemplificas con las prácticas de Felipe Kast y Manuel José Ossandón. Hace pocos días, Kast propuso la idea de una “Ley Machuca”. ¿Qué opinas al respecto?

—Que es un imbécil. Su discurso está basado en las apariencias, homologando cosas que se parecen, pero que no son iguales. A este problema cognitivo, a la lógica falaz del gato de Deng —“No importa que sea amarillo o blanco. Mientras cace ratones, es un buen gato”— también le dedico unas páginas en “No estoy de acuerdo”. Felipe Kast es un analfabeto funcional, al igual que gran parte de la población de este país

Discrepo. No tiene un pelo de hueón cuando propone una “Ley Machuca” en las condiciones que describes. A nosotros nos puede parecer tonta la idea, pero si le dices a una familia de La Pintana que su hijo puede estudiar gratis en el Saint George, ¿Crees que se va a oponer?

—No, pero basado en una fantasía que no existe. Hay una teleserie mexicana, “El premio mayor”, donde su protagonista gana la lotería y se vuelve loco con estas nuevas posibilidades, pero nunca se transforma en rico. Del mismo modo, el niño de La Pintana nunca será uno más del Saint George.

Pero no puedes negar que apela a un sentido común…

—El sentido común no existe. Tiene que ver con creencias y costumbres arraigadas que son equivalentes al conservadurismo, al statu quo.

¿Acaso la caricatura del “facho pobre”, tan discutida estos días, no es una vaga definición de un sentido común muy presente en Chile?

—Esta respuesta es desde las vísceras: no creo que sea una caricatura. Me parece bien establecer esta categoría, aunque suene discriminatoria.

Pero tú eres de Puente Alto, uno de los lugares emblemáticos a los que se apela cuando se habla de fachos pobres. ¿No te molesta?

—Puente Alto no es facha pobre, sino asistencialista. Vota por Germán Codina por una cuestión de vasallaje más que por política.

¡Por eso el concepto no alcanza! En Puente Alto, donde todavía venden gallinas en la Plaza del 38, las dinámicas no tienen que ver con esta categoría que busca describir al fascista urbano de hoy. Ahí yo veo una dualidad patrón/inquilino que no cabe en la reducción del facho pobre.

—Sí, pero tiene una utilidad operativa que no se puede negar. El facho pobre tiene un atributo que es reconocible porque adscribe a un conjunto de usos y costumbres. La definición que ofrezco es: un grupo que se resigna ante la autoridad. Es quien no se confronta, y que se ajusta perfecto al miedo al conflicto, muy chileno.

No estoy de acuerdo: Guía para desinstalar el consenso y reemplazarlo por el mutuo reconocimiento
Bruno Córdova Manzor
Editorial Das Kapital
308 páginas
Precio de referencia: $15.000