El día de hoy, La Tercera informó que al Estado le cuesta $724.000 mensuales mantener a cada interno en el sistema penitenciario, poniendo nuevamente en la palestra un asunto que como sociedad nos incomoda: la cárcel no sólo es un espacio donde se deshumaniza, no sólo es una herramienta que genera reincidencia, sino que además, tiene un altísimo costo, más aún cuando tenemos tasas de encarcelamiento tan altas. Este estudio de La Tercera revela que el Estado desembolsa $30.049 milllones mensuales en las cerca de 47.000 personas privadas de libertad que hay en Chile. Lo anterior tiene que llevarnos a reflexionar sobre el sistema penitenciario chileno, y sobre la manera en que hemos decidido combatir la delincuencia:

En primer lugar, tenemos que cuestionarnos la manera en que invertimos esas gigantes sumas de dinero: según el informe “Sistema carcelario en Chile: propuestas para avanzar hacia una mayor efectividad y reinserción” del Centro de Políticas Públicas de la UC, en base a la información otorgada por el Ministerio de Justicia, el 91% del presupuesto de Gendarmería se invierte en vigilancia y custodia, y sólo el 9% restante se invierte en (re) inserción social (es decir, en cada persona privada de libertad, de los $724.000, sólo $65.160 se destinan a su reinserción, mientras que $658.840 se destinan a su vigilancia y custodia).

Esta cifra se condice, en proporciones similares, según el mismo estudio, con el porcentaje del personal de Gendarmería “uniformado”, en relación al personal especializado dedicado a la reinserción. En el mismo sentido, al analizar la distribución de recursos destinada a la prevención del delito, vemos que sólo $1 de cada $10 se destina a prevención (Fuente: Paz Ciudadana, “Propuestas en seguridad y justicia. Período presidencial 2018-2022), con lo que la reacción del Estado es tardía, mal focalizada, ineficiente y costosa. Mientras esa sea la manera en que distribuimos los recursos, será extremadamente complejo hablar de reinserción social.

En segundo lugar, y a un nivel más estructural, es fundamental que cuestionemos la cárcel como respuesta inmediata, y prácticamente única, al complejo fenómeno del delito. Más allá de consideraciones políticas, la realidad es que la cárcel:

1. Genera efectos psicológicos y criminógenos graves en quienes la padecen. Según Silvio Cuneo, en su libro “La cárcel moderna”, la cárcel generaría en las personas privadas de libertad: “Prisionización”( adquisición de valores y costumbres intra penitenciarias), “Desculturación” (mutación de la cultura interna, como consecuencia del aislamiento con el mundo exterior), “Desidentificación” (cambia la concepción que la persona privada de libertad tiene de sí mismo, se altera su concepción de sí mismo), “Desmoralización” (pérdida de sentido de la vida dentro del recinto penitenciario), entre muchos otros efectos adversos que se han levantado desde la psicología y criminología.

2. Genera importantes efectos criminógenos en las familias de quienes se encuentran privados de libertad, por la pérdida que dentro de estas significa el encarcelamiento. Esto es particularmente significativo en las mujeres privadas de libertad por la Ley 20.000 (cerca de un 47% de la población penal femenina, según los datos de Gendarmería del 2016).

3. Lejos de solucionar el fenómeno de la delincuencia, tiene altísimas tasas de reincidencia: el 51% de los adultos condenados que egresan de la cárcel, reincide antes de 3 años de su egreso. Lejos de (re) insertar en la sociedad, la cárcel perpetúa exclusiones sociales, aísla aún más a quienes pasan por ella, no genera oportunidades, y por tanto hoy, lejos de ser la solución, es parte fundamental del problema.

4. Tiene, tal como relata La Tercera, un altísimo costo para el Estado, siendo, además de todo lo antes señalado, una herramienta ineficiente y costosa.

Es de suma relevancia aprovechar la contingencia de esta discusión sobre los costos de la cárcel, para que como sociedad debatamos más profundamente sobre las respuestas que damos al fenómeno del delito, sobre lo que implica luchar contra la delincuencia, y fundamentalmente, sobre lo que la cárcel significa. Más allá de generar réditos políticos, de ser un discurso cargado de un punitivismo socialmente atractivo, la cárcel es una herramienta que, en las condiciones actuales, nos hace remar en dirección contraria. Urge, en ese contexto, racionalizar su uso, relevar sus inhumanas condiciones, y re pensar la manera en que invertimos los fondos destinados al sistema penitenciario.