El jueves pasado, casi cuatrocientos militantes demócrata cristianos celebramos en los fabulosos salones del Círculo Español, a un par de cuadras del Palacio de La Moneda, en el centro cívico y político del país, una cena para celebrar el cumpleaños de la candidata y ex presidenta del partido Carolina Goic Goroevic. Fue también una manera de formalizar el agradecimiento de la militancia a su gigantesco esfuerzo presidencial, que dio, sin lugar a dudas, un aire nuevo al partido, un recordatorio muy preciso a lo que fuimos y a lo que nunca deberíamos haber permitido que dejase de ser.

El ambiente era, pese a dos fracasos electorales seguidos, muy distendido. Fue un agrado. Una cena familiar donde lejos de la tensión de las últimas juntas nacionales y el extenso listado de improperios y desubicaciones de parte de un segmento de nuestra propia bancada de diputados en los medios de comunicación públicos, pudimos reencontrarnos, abrazarnos y hablar de nosotros, de las familias, de los errores, del futuro y del fracaso. La Democracia Cristiana, como el resto de partidos que componen nuestra vida política chilena, en sus 60 años de historia ha sufrido incontables fracasos electorales. Es parte del juego. Esta vez no fue la excepción.

En dicha cena estaban presentes hasta miembros del Partido Socialista, con quienes, como todos saben, formamos alianza para el apoyo al candidato de la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier. Sin embargo, faltaban los rostros de la ya tristemente conocida “disidencia”: Yasna Provoste, los hermanos Rincón y Gabriel Silber, entre otros muchos del grupo que abiertamente conspiró contra la candidatura de Carolina Goic desde el principio. Negarlo a estas alturas sería faltarle el respeto a toda la militancia de base.

Finalizada la cena, y con el manto de la noche cubriendo la ciudad, acompañé a uno de los cardenales del partido, en edad ya muy avanzada, a tomar un taxi para regresar a casa. “¿Qué te pareció?”, le pregunté. “Muy lindo todo, fue una velada maravillosa”, me contesto mientras caminaba lentamente hacia el portal del Círculo. “No, no, ¿qué te pareció todo?”, volví a peguntarle. El cardenal se detuvo unos instantes, en silencio, y volvió a andar. “Triste. Ha sido muy triste. Chile no se merecía esto. Carolina no se merecía esto”. Guardé silencio. Antes de subir al taxi, volví a preguntarle: “¿Los echarías?”. El cardenal, clavándome la mirada con unos intensos ojos azules, aún muy lúcidos, contestó: “Yo no echaría a nadie, hijo. No me corresponde. No nos corresponde. Solo puedo decirte que no podemos tratarnos así. Nunca nos tratamos así”. Cerré la puerta y vi como se alejaba el taxi con un nudo en la garganta.

Con Sebastián Piñera asumiendo su segundo mandato como presidente de la República, cualquier clase de explicación matemática de los resultados electorales estaba demás. Siempre estuvo sumamente claro. Me parecía que la senadora Carolina Goic había triunfado pese a su derrota. Con un programa claro, relevante a nuestros tiempos y económicamente responsable, ambos candidatos masculinos supieron rescatar en sus respectivas propuestas de país las recomendaciones de la ex presidenta. Los que realmente habíamos fracasado éramos los demócrata cristianos, como partido. Los resultados habían sido un voto de castigo al partido, a una historia reciente demasiado conocida por todos los chilenos y chilenas. Las cuentas eran claras, graciosamente, exactas a como había anticipado antes de las primarias la abuela del empresario Sergio Solís, una lúcida nonagenaria. Si bien Sebastián Piñera rondó casi un 40% en primera vuelta y Guillier algo más del 20%, el candidato de la Nueva Mayoría debería haber sumado todos los votos de la centro izquierda. ¿Pensaban los partidos de la coalición y sus representantes, honestamente, que Alejandro Guillier iba sumar los votos de todos los candidatos de la centro izquierda? Fue un cálculo absolutamente miope. Una parte de los votos de Beatriz Sánchez lo iban a apoyar, pero el resto simplemente no irían a votar por él de lo que querían reemplazar. Asimismo, una parte de los votantes de Carolina Goic no estaban dispuestos a repetir los errores del gobierno saliente, y tampoco irían a votar por él. Lo peor de todo, a todas luces, era que un porcentaje de los votantes del centro que apoyaron a Goic (que fueron muchísimos), por simple sentido común, no solo no votarían por Alejandro Guillier, sino que derechamente irían a votar por Sebastián Piñera. Votar por Guillier fue elegir a Piñera, por puro realismo electoral. La abuela de Solís tenía razón. Y así sucedió.

A pesar de todo, el triunfo de Sebastián Piñera ha resultado ser una victoria moral para la Democracia Cristiana y el proyecto partidario. Quedó demostrado que la vendetta programada por la disidencia interna del partido fracasó. Puso también de manifiesto que el asociacionismo con el Partido Comunista no había servido absolutamente de nada al alejarse de su posición centrista de toda la vida. También quedó al descubierto el intenso enojo de los militantes de base, agotados del clientelismo partidario que degeneró en formas inaceptables de corrupción y la cultura de “lotes” que jamás debió haber sido normalizada, muchísimo menos aceptada. También salió a flote la lucidez y la opinión generalizada de la falta de fraternidad y camaradería en las relaciones internas y personales, independiente a las ideas, que hoy cae como un puño cerrado sobre una mesa. A juicio absolutamente personal, los resultados de las elecciones presidenciales, este fracaso, no ha hecho más que fortalecer a la Democracia Cristiana, a sus bases. Esta elección se ha convertido, a su vez, en un llamado de atención sumamente claro a las dirigencias de parte de esas mismas bases, de todos los lotes, que sin lugar a dudas serán ratificadas en la próxima Junta Nacional, dentro de un mes, independiente a las facciones.

El Partido Demócrata Cristiano de Chile nació como un partido revolucionario y transformador que tras esta derrota y estas elecciones, lo será de nuevo, sin margen de duda. Y sobre todo, volverá a ser un partido donde a pesar de las diferencias ideológicas, primará como eje fundamental la camaradería y la fraternidad entre todos quienes lo componen, de forma voluntaria. ¿Para qué? Para garantizar a todos los chilenos y chilenas, a los 17.574.003 habitantes de este país, y los que faltan por venir y nacer, que actuaremos de forma idéntica con ellos para asegurar un aceptable Estado de Bienestar para todos y cada uno de nosotros. ¿Por qué? Simplemente porque lo merecemos, todos. Esta impresentable vulgaridad política se terminó.