Importantes diferencias de género fueron las que aparecieron sobre la mesa este martes junto con la publicación de los resultados de la PSU. Una de las más evidentes, y que gráfica mejor el fenómeno, fue la que mostraron los puntajes nacionales, donde, de un total de 151, sólo 27 correspondía a mujeres.

Además, en el caso de los puntajes promedio, en las cuatro pruebas los estudiantes de sexo masculino tuvieron puntajes superiores: 506 y 505 en lenguaje; 515 y 499 en Matemáticas, 510 y 499 en Historia, y 514 y 499 en Ciencias.

Sin embargo, para Evelyn Carrasco, psicóloga e investigadora académica especializada en el acceso a la educación superior de la Universidad de Chile, las brechas de género que se expresan en la PSU son un fenómeno de larga data, donde son “particularmente preocupantes las brechas en Ciencias y Matemática”, y explica que lo anterior ocurre a pesar de que las mujeres tienen como grupo mejor promedio de notas en la enseñanza media.

En conversación con El Desconcierto, la investigadora explica que los resultados se explican, en parte, debido a factores como que la medición esta hecha con preguntas que favorecen a hombres y al rol de los padres y profesores, quienes fomentan o crean límites para el desarrollo de los jóvenes en las distintas áreas de acuerdo a los imaginarios culturales.

¿Por qué crees tú que se da esta brecha de género? ¿Cuáles son los factores que influyen en ella?

Estas brechas, que también se pueden apreciar en mediciones internacionales, han sido investigadas desde diferentes perspectivas, y la evidencia parece apuntar a que las causas radican especialmente en dos elementos. Uno de ellos tiene que ver con el sesgo de género de los instrumentos, que es evaluado año a año pero que sigue presentándose de manera persistente.

El otro tiene que ver con variables socioculturales, como la socialización y los aprendizajes esperados para niños y niñas. Es posible encontrar profundos estereotipos en estos procesos. Muchas veces escuchamos, de parte de padres o profesores, frases como “los niños son mejores para los números” o “las niñas son mejores cuidando a otros”. Entonces la sociedad, a través de los padres, de la escuela y de los medios de comunicación, transmiten implícita y explícitamente que hay ciertos intereses, habilidades y conductas propios de determinado sexo.

El problema es que esos aprendizajes se van adquiriendo y reforzando a tal punto, que luego forman parte de las creencias que los individuos tenemos sobre nosotros mismos, cuáles son nuestras capacidades y competencias, y hasta donde podemos llegar en términos académicos.

¿A qué te refieres con el sesgo de género de los instrumentos?

Un instrumento que habla en extenso sobre este tema es el Informe Pearson 2013 –un lapidario texto realizado por Pearson Education, una compañía británica de contenidos y servicio educativo– que evalúa una serie de aspectos de la PSU, y una de las críticas que se le hizo fue precisamente el sesgo de género que presenta, es decir, que la construcción de las preguntas tiende a favorecer a los hombres. No es el único sesgo que presenta eso sí, también tiene sesgos de clase, por ejemplo.

Pero a lo que me refiero no es a que los contenidos favorezcan más a hombres, sino que la forma en que las preguntas están formuladas. Se trata de su aplicación, que incluye aspectos con los que los hombres están culturalmente más familiarizados. Por ejemplo, que en una pregunta de comprensión de lectura o quizás en ciencias, se pida la aplicación de Ondas y Electrónica a un contenido de mecánica automotriz, que podría ser más favorable a un género por un tema cultural. En el fondo la desventaja se presenta porque, en este caso, los hombres podrían tener más contenido adquirido previamente sobre el tema.

Lo de las diferencias en ciertos contenidos es algo natural y una opción sería que los resultados respondan a habilidades que pueda tener en general cada género, sin embargo, los hombres predominan en las cuatro pruebas. ¿A qué lo atribuyes? ¿Existen políticas públicas que influyan en este aspecto? 

El que las brechas aparezcan en diversas áreas, hace pensar que, más que variables asociadas a la genética, lo que está pesando en estas diferencias tiene que ver mucho más con los sesgos de las pruebas y con la educación familiar y escolar que reciben niños y niñas. Respecto a políticas públicas, hay problemas importantes en cuanto a currículum escolar y prácticas pedagógicas, sobre todo en la educación de los niños más pequeños, donde se forman ciertos modelos de pensamiento muy básicos. Vinculado estrechamente a lo anterior, también la formación inicial de los docentes debe ser revisada en términos de estereotipos y prejuicios acerca de lo que hacen bien hombres y mujeres.

¿Cómo combatir este fenómeno?

La desigualdad entre hombres y mujeres en términos de aprendizaje debe ser abordada por múltiples instituciones y actores sociales. Primero, se necesita de una toma de conciencia por parte de los padres y cuidadores acerca de la relevancia de su rol como formadores, y de los mensajes que transmiten a los niños desde muy temprana edad.

También se necesitan cambios en el sistema escolar, que debe dotar de un enfoque de género a sus currículums, materiales didácticos y prácticas pedagógicas. Las expectativas de los profesores respecto del rendimiento de hombres y mujeres juegan un papel central. ¿Esperan lo mismo académicamente de niños y de niñas?

Otro aspecto invisibilizado en este sentido son los sistemas de orientación vocacional, que en Chile requieren de mayor articulación y capacitación de profesionales, con el fin de ofrecer a los estudiantes un panorama completo de posibilidades de carrera sin sesgos de género. Además, el sistema universitario debe exigir instrumentos de selección que no perjudiquen a las mujeres en la medición, y también fortalecer la formación inicial que se brinda en sus aulas a los estudiantes de pedagogía.

Finalmente, la sociedad debe exigir a los medios de comunicación y sobre todo a la publicidad, la transmisión de modelos más igualitarios en cuanto a roles de hombre y mujer, por ejemplo, mujeres científicas u hombres en labores de cuidado. La pregunta de fondo que debemos tener en mente es ¿estamos ofreciendo igualdad de oportunidades de desarrollo a niños y niñas?

Ayer desde el Colegio de Profesores decían que la PSU debería ser reemplazada, no que se le debieran hacer modificaciones. ¿Tú qué opinas de eso? 

Yo creo que requiere modificaciones por los distintos sesgos que atraviesa la PSU –de género y clase, que son muy marcado–. Pero yo creo que sí se necesita un sistema que permita hacer una comparación, que todos los estudiantes puedan rendir, pero una de las grandes fallas de nuestro sistema es que se basa en un solo instrumento.

Evalúo positivamente que se haya incluido el ranking de notas en el proceso de admisión, y en este sentido, me parece importante pensar en qué tipo de mediciones deberían sumarse o complementar al sistema de admisión, debería ser un sistema más completo, más amplio y que así a los jóvenes no se les derrumbe la vida si les fue mal en la PSU.

¿Existe algún sistema que tú consideres que es un modelo a seguir? 

Me gusta el concepto de ensayo, es algo que se incluye en muchos países a pesar de las complicaciones que conlleva aplicar mediciones de este tipo. Pero me gusta porque permite evaluar, además de cosas formales, creatividad, capacidad de argumentación de los jóvenes, y otro tipo de habilidades que es más difícil con las mediciones que tenemos ahora.