Se acabó el proceso eleccionario y triunfó la derecha. Logro del sector derechista que además se vio acompañado con un auge o más bien una salida del “closet político” de los sectores ultraderechistas liderados por José Antonio Kast. Y ver todo este suceso como un hecho electoral aislado y no como parte de una causa-efecto producto de una “cuestión cultural”, es cerrar los ojos y darle paso libre al trabajo de perpetuación de los valores reaccionarios, mercantiles y conservadores que está realizando la derecha.

Lo primero que hay que tener claro, es que en los países en que se ha logrado una hegemonía electoral, se ha primero obtenido una hegemonía cultural. El mejor ejemplo a nivel continental es el Frente Amplio uruguayo, que desde el 2004 es gobierno en dicho país. Logro alcanzado gracias a un trabajo socio-cultural masificado y que echó raíces en los sectores más populares del país. Llevaron la teoría política de la academia a las poblaciones, y el éxito está a la vista de todos.

Tanto la centro izquierda como la izquierda en Chile han logrado importantes victorias culturales temáticas, pero no tanto así globales ni mucho menos profundamente filosóficas y emocionales. En educación lograron que se hablara de una educación no mercantil, gratuita e inclusiva. Se empezó a hablar de derechos sociales y de la importancia de estos para el correcto desarrollo de los individuos y de las comunidades. Se empezó a hablar de la solidaria seguridad social y contra el individualista sistema de AFPs actual. Y así, se avanzó en muchos temas, pero sin lograr todavía conectarlos y provocar que la gente piense interseccionalmente en fin de un proyecto político que tome dichas banderas de manera unitaria.

La necesaria interseccionalidad discursiva

En 1989 la feminista Kimberlé Williams Crenshaw acuña por primera vez el concepto de “interseccionalidad”, teoría que sugiere y examina que cada conceptualización clásica de opresión presente en la sociedad -sexismo, racismo, xenofobia, LGTBIfobias, aporofobia, clasismo y todos los prejuicios sustentados en la intolerancia- no actúan de manera aislada, sino que están conectados entre sí, fortaleciéndose de esa manera y generando un gran sistema de opresión en el cual diferentes formas de discriminación y exclusión están enlazadas.

Además se entiende (y comprende) la importancia de la interseccionalidad, en la manera en que cuando una conceptualización clásica de opresión se adiciona a otra, la exclusión y discriminación es aún mayor. Lo que vió por ejemplo Kimberlé Williams con las mujeres afroamericanas, o también, lo que vemos ahora con los inmigrantes afrodescendientes de escasos recursos.

Que la ciudadanía piense y entienda las problemáticas sociales desde un enfoque y pensamiento interseccional, permitiría su propia unificación. Y la articulación en unidad de todas las personas que sufren algún tipo de opresión facilitaría una transversalidad de ideas, lo que también significaría una masificación y colectivización de ellas. Todo esto provocaría que solo falte un proyecto político que de manera unitaria tome todas esas banderas y causas para lograr los cambios políticos y sociales que tanto se requieren.

Pero aún no se logra que las personas tengan en su mente un concepto que unifique ni un pensamiento que interseccionalice todas las causas. Y siendo que conceptos hay, desde la “solidaridad”, “igualdad social” o los mismos  “derechos”, que son términos muy potentes y ciertos, pero que todavía no han calado hondo en la ciudadanía actual. Y tal vez eso tenga como causa las raíces de nuestro modelo cultural, la profundidad filosófica y emocional que todavía no se logrado cambiar.

La apatía cultural

Piotr Kropotkin en su libro “La moral anarquista”, explica la empatía de la siguiente manera: “Vemos que un hombre pega a un niño; comprendemos que el niño apaleado sufre; nuestra imaginación nos hace sentir el mal que se le inflige, o sus lloros, su dolorida carita nos lo dice. Y si no somos cobardes, nos arrojamos sobre el hombre que pega al niño, lo arrancamos a este desaprensivo”. Pero esa es una empatía meramente emocional, y por lo tanto algo superficial en culturas neoliberales. Para que esta empatía tenga profundidad y solidez debe tener un sustento filosófico y ojalá también intelectual, además de ser -cómo no- universal.

El acto de ser empáticos debe ir más allá de lo visualizado, sino que también entender las causas y las razones dé. Es decir, si no es así, la empatía por ejemplo ante un asalto realizado por un niño de 11 años, será -en una actual cultura neoliberal- solo con la víctima y no con el niño que hasta puede ser linchado en dicho suceso (quien llegó a tal circunstancia tras diferentes y dañinos procesos psicosociales). Filosóficamente se debe entender de que nadie nace deseando el mal (o siendo parte de él), por lo que toda acción vil que realice, es producto de una causa injusta.

Y por esto último también, la empatía necesaria para forjar una sociedad socialista además debe ser universal, es decir, entendiendo que detrás de cada acción repudiable hay una causa, el acto de ser empático no debe discriminar ni distinguir, ya que si no, en realidad no hay empatía.

El fin es que la necesidad de un sustento filosófico e intelectual en la empatía sea solo temporal. Ya que en una sociedad socialista, humanista y desarrollada, solo bastará que quien sufra el dolor sea una persona (o un animal), para que se desarrolle una reacción empática y activa. Hoy dado la deshumanización que se ha realizado contra diferentes personas que han cometido ciertas acciones, se hace necesario que para que haya una reacción empática (y por sobretodo una activa y poderosa), haya conocimiento de las causas. Pero la meta es la que empatía activamente se gatille de manera espontánea y subconscientemente, sin necesidad de razones ni de argumentos para hacerlo.

Posiblemente el mayor éxito de la dictadura y del modelo socio-cultural que nos impuso (para la oligarquía y la derecha chilena), fue lograr que la apatía (y la misma antipatía) -antónimos de la empatía- se convirtieran en una raíz cultural de nuestro ethos local.

Entendiéndose entonces la empatía como la capacidad de percibir, compartir, comprender los sentimientos del otro, sin ella, toda causa colectiva y social carece de la fuerza necesaria. Esta capacidad emocional (y de sustento filosófico, como ya se explicó) de saber ponerse en el lugar del otro y sentirse por lo tanto afectado por lo que sienta o piense, es lo que nos permite apoyar iniciativas solidarias que no precisamente nos beneficien (o al menos no directamente).

Por lo tanto, el éxito de iniciativas culturales tales como la abogar por una educación como derecho social, gratuita y desligada del mercado o también las mismas manifestaciones contra las AFPs, se ven levemente opacadas por un importante grupo de personas que solamente se sumó a dichas demandas (y hasta movilizaciones) por el egoísmo y el interés propio. Es decir, personas que vieron en la gratuidad universitaria y la crítica a las AFPs un beneficio para su persona. Y es por ello que quienes “no necesitan de este beneficio” (debido a que ya lo gozan de otra manera o porque por tiempo ya no les ayudará), no se han sumado a dichas demandas. Por algo la gran mayoría de quienes se manifiestan por una educación gratuita son estudiantes y no precisamente adultos (exceptuando a los que tienen hijos que “requieran beneficiarse”) o ancianos (lo mismo del caso anterior pero con los nietos).

Mientras el egoísmo surge de la apatía, de la empatía debería surgir la solidaridad. Por lo que en esta cultura apática y egoísta, la empatía y solidaridad normalmente se restringen -en promedio- a las que son hacia familiares, amigos, conocidos y personas que padezcan una misma injusticia o represión. Por lo que volvemos al inicio, ya que además de no existir una empatía universal, tampoco hay un pensamiento interseccional en la gente. No nos une las diferentes opresiones e injusticias entre sí, siendo que en ellas se repiten los mismos opresores y en todas hay Derechos Humanos en juego.

Lo pasos a seguir

Entendiendo que se necesita desarrollar el pensamiento interseccional y la empatía, el siguiente paso a dar es el que esta teoría pase a ser una realidad. Implementar y anclar culturalmente estos conceptos en la sociedad chilena.

En caso del pensamiento interseccional la mejor manera de que este se inserte hegemónicamente en esta sociedad, es además de a través del uso correcto y masivo de los medios y las redes sociales, es conversando y generando instancias de debate educativas con la misma sociedad. Pero esto no es en referencia a charlas ni a foros académicos, sino que a instancias más populares, como instalarse en una plaza con un micrófono a conversar con la gente o a participar en asambleas estudiantiles, sindicales o gremiales, como también en junta de vecinos. La teoría para que sea norma se debe masificar.

Tanto la empatía como la solidaridad se enseñan con el ejemplo, por lo que es necesario que la izquierda hoy más que nunca las practique de manera sistemática, estructural y por sobretodo, en la praxis. Es decir, no basta con lamentar públicamente en las redes sociales lo mucho que indignan las injusticias, sino que además se debe actuar -a través de la solidaridad- contra ellas en terreno. Es hora que vuelvan con más fuerza que antes los trabajos voluntarios (pero sin que sean meramente puntuales ni muchos menos asistencialistas), la educación popular y social, asistencia multidisciplinaria y talleres en apoyo de sectores oprimidos, etcétera. La izquierda de volver a tener lo que la hizo tan grande: inserción y solidaridad popular y social.

Con la interseccionalidad en el pensamiento constante de la personas y la empatía inserta en su ethos, la ciudadanía chilena por sí sola transitará hacia a una cultura de derechos, pudiendo hasta llegar a convertirse en una sociedad socialista. Pero para que esto suceda dependerá de quienes quieran impulsar un proyecto político en esa dirección y estén dispuestos a realizar el trabajo cultural necesario para lograr estos cambios.