Los resultados de la elección del 17 de diciembre demostraron que la mera oposición a Piñera y la defensa del gobierno de Bachelet no sirven como base de una mayoría electoral progresista. ¿Por qué entonces habrían de servir para dar sustento a una mucho más sustantiva reconfiguración de las alianzas políticas? Esta es la paradoja que entrañan los llamados provenientes de la Nueva Mayoría para articular una oposición al nuevo gobierno al son de la defensa del legado del saliente, que vaya desde la DC hasta el Frente Amplio. Es una fórmula condenada a consolidar el triunfo de la derecha, no a revertirlo.

Ni la primera ni la segunda vuelta fueron favorables para el “legado Bachelet”. En la primera, estuvo a dos puntos de ser desbancado desde la izquierda por la propuesta del Frente Amplio. En la segunda, no encontró una mayoría social dispuesta a considerarla un legado digno de defender. Las razones van mucho más allá de los desaciertos comunicacionales y electorales: el progresismo neoliberal no impulsó reformas que alteraran los equilibrios de poder vigentes en favor de las mayorías. Pese a la retórica progresista con que fueron vestidas, las reformas de la Nueva Mayoría no torcieron la subsidiariedad del Estado ni el poder del gran empresariado sobre su rumbo.

Tan inocuo fue el reformismo de la Nueva Mayoría que el propio Piñera lo abrazó para imponerse en la segunda vuelta. Es que mientras la discusión progresista sobre derechos sociales sea cuántos vouchers destinar al mercado de la educación, la salud y las pensiones, o su discusión laboral siga privilegiando el interés de las grandes empresas por sobre el de los y las trabajadores, ¿por qué la derecha habría de sentirse ajena a sus banderas? El discurso del terror que estimuló la derecha durante la campaña fue instrumental. Su voluntad más sincera es dar continuidad al gran ciclo concertacionista, no marcar una ruptura.

Con todo, la incapacidad del progresismo neoliberal para enfrentar a la derecha no es un fenómeno exclusivo de la realidad chilena. Aun considerando sus peculiaridades, los triunfos de Trump en EEUU, del Brexit y los conservadores en Reino Unido, incluso de la derecha en Brasil y otros países de Latinoamérica, son todos desarrollos que alertan sobre las corrosivas consecuencias del declive de las izquierdas y su desarraigo de la sociedad. Una izquierda consumida en los juegos de la pequeña política y mimetizada con la derecha neoliberal, es una izquierda condenada a ser cada vez menos determinante, una copia que baila al ritmo del original.

La necesidad de construir nuevas y amplias alianzas políticas, sin embargo, sigue allí, como uno de los desafíos fundamentales de la izquierda. Es que no es posible producir grandes transformaciones sin mayorías políticas y sociales dispuestas a empujarlas. El problema del progresismo neoliberal y su punta de lanza política, el legado Bachelet, es precisamente su incapacidad de ofrecer condiciones para aquello. Asumirlo es particularmente urgente considerando la importancia de revertir el abstencionismo, ese que en la segunda vuelta presidencial la derecha demostró ser más capaz de enfrentar y capitalizar.

La respuesta del Frente Amplio a la pregunta por cómo se articula la oposición al nuevo gobierno de Piñera, por lo tanto, no puede ser ni el aislamiento ni la banalización de nuestras diferencias con la Nueva Mayoría. Bienvenidas las conversaciones y la disposición a construir nuevos entendimientos, pero por delante va una pregunta tan simple como fundamental: ¿para qué? Es más, el Frente Amplio ha de tener la iniciativa a este respecto -esa que varios eligieron no tener de cara a la segunda vuelta presidencial allanando el camino al insulso llamado de “todos contra Piñera”-, poniendo en el centro de cualquier diálogo la revisión crítica de lo obrado por la Nueva Mayoría.

Socialistas de izquierda, comunistas y otras sensibilidades progresistas son necesarias para empujar las transformaciones que Chile necesita. Pero como voluntades dispuestas a colaborar con la superación del neoliberalismo, no como grupos sin más en común que el afán de recuperar control del Estado. Por eso los principales dirigentes de Revolución Democrática se equivocan cuando trivializan las diferencias existentes entre el FA y el Partido Comunista. El programa con que la bancada parlamentaria del FA fue electa, incluida la suya, no es distinto al de la Nueva Mayoría en sus “formas” y “estrategias” de implementación, sino en su fondo, en su concepción de los derechos sociales y la estrategia de desarrollo del país. Desistir de poner tal concepción en el centro de los diálogos para repensar la izquierda le hace un flaco favor a los intereses por ese programa representados.

Es cierto, como Frente Amplio, no ganamos esta elección y la Nueva Mayoría más que duplica nuestra bancada parlamentaria. Pero el mejor uso que podemos dar a nuestra irrupción política, por minoritaria que aún sea en las instituciones, es trabajar por la refundación del proyecto de la izquierda y estrechar su vínculo con la sociedad, especialmente con las fuerzas sociales movilizadas contra el neoliberalismo desde las entrañas del nuevo Chile. En el actual contexto de vacío y descomposición política en el campo de las izquierdas, una fuerza cohesionada y resuelta tras dichos objetivos es una fuerza con futuro. No sacrifiquemos esa oportunidad en el altar del corto plazo y las intrigas parlamentarias.


Francisco Figueroa, coordinador nacional de Izquierda Autónoma y Camila Rojas, diputada del Frente Amplio