1.- Una de las categorías que yace hundida entre las capas de la historia de Chile es la noción de “pueblo”. Quizás, la útima vez que se la utilizó como parte de una política emancipatoria fue durante la Unidad Popular. Mas, en tal designación se apelaba a un poder constituyente que asumía los rasgos de una sustancia. “Pueblo” era la agencia que movilizaba los cambios, la clave a partir de la cual algo así como una historia podía avanzar o retroceder. Después de la debacle de 1973, el pueblo desapareció del léxico político chileno. Incluso en las izquierdas durante su proceso de renovación y la consecuente instalación del dispositivo transicional que apelaba a la noción de “gente”.

La campaña de Patricio Aylwin apelaba al “gana la gente” y, muchos años mas tarde, la campaña de Guillier vendría a plantear al candidato como el “presidente de la gente”. Ya no más “pueblo”, sino “gente”. E incluso, diríamos: la Concertación de los Partidos por la Democracia y la Nueva Mayoría expresaron con dos términos una diferencia interna que dividió a los que, a falta de una mejor denominación, podríamos llamar los “transitólogos” de los “bacheletistas”: “gente” y “ciudadanía”. Es evidente que los usos de los términos no fueron privativos de uno u otro “bando”, sino mas bien, tal como ocurrieron los avatares históricos, tales términos se indistingueron respecto de sus locutores específicos. Tanto transitólogos como bacheletistas e incluso, bacheletistas transitólogos y bacheletistas a secas (si algo así hubo) usaron indistintamente el término. Como tal, el término “gente”, era usado frecuentemente para designar a los chilenos en general (lo social) y la noción de “ciudadanía” para la conciencia cívica de cada sujeto en particular (lo político).

Como nos recuerdan los eruditos, la etimología de “gente” es latina y gens-gentis designaban a la “familia”, “tribu” e incluso, “pueblo de un país, comarca o ciudad”. Por su parte, “ciudadanía” –también proveniente del latín civitas, civitatis o civis– refería al “conjunto de ciudadanos de un Estado”. A diferencia de “gente” que no remite a un término político, el de “ciudadanía” sí lo es, pero sólo en la medida que expresa una conciencia individual de cada sujeto para con el Estado del que supuestamente es miembro. Si “gente” despolitiza pues en el contexto neoliberal se identifica plenamente a la forma de la “población” (siguiendo la referencia a la noción de “familia” propia del léxico latino que privatiza lo común), el de “ciudadanía” queda relegado a un estatuto institucional, pero vaciado de toda fuerza política.

“Gente” significa población y es remitido a la noción de lo social, “ciudadanía” que es la categoría referida a una institucioalidad política enteramente servicial al capital de turno, se redujo a la capacidad técnico-procedimental de tal población para reclamar en el SERNAC o votar cada 4 años por sus “representantes”. “Gente” para la esfera social, “ciudadanía” para la estrechez a la que ha sido reducido lo político. En tal dicotomía, se deja entrever un complemento que tiene como efecto la mutación del tradicional “sujeto político” sobre el que se afincaba el pueblo, en un nuevo “sujeto económico” que sólo puede aspirar a ser “gente” o “ciudadanía”. “Gana la gente”, slogan con el que Aylwin ganó las elecciones en 1990, significaba también: “gana el mercado” (el “presidente de la gente” de Guillier ¿pretendía algo distinto?).

Sea la trama “transitológica” o “bacheletista” –dos pivotes que constituyeron a la Concertación y luego a la Nueva Mayoría, el pueblo queda como el gran ausente. A diferencia de “gente” o “ciudadanía”, la tradición política moderna hizo de la oción de “pueblo” un sujeto de corte “soberano” cuya potestad no sólo se halla por sobre los gobernantes de turno, sino que además, es capaz de impugnar a los poderes establecidos, articulándose como protagonista de la historia.

En esta trama, la Concertación y la Nueva Mayoría fueron la tumba del pueblo, erigiéndose como los lugares que atestiguaban su total detención y desaparición ejecutada durante la dictadura y extendida en múltiples dispositivos durante la democracia. Chile asumía así, una democracia sin pueblo. Con “nación” –puesto que ella identifica a las FFAA– pero sin pueblo. Este último, se convirtió en un término “tabú”. Propio de un léxico “fracasado” –en realida drrotado– supuestamente aplastado por la verdad de la historia, cuando el pueblo fue pronunciado sólo fue para domesticarle o dejarle devorar por la maquinaria neoliberal articulada doblemente bajo las nociones de “gente” y “ciudadanía”.

2.- A nivel de discurso, el régimen neoliberal se sostiene, en base a una escisión fundamental: lo social y lo político. Cada uno apela respectivamente a la noción de “gente” y a la de“ciudadanía”. La esfera social anuda el lugar de la economía que, según dicen, obedece al “orden espontáneo” (término extraído de la física de Michael Polanyi para sustituir al de “mano invisible”) por el que diversos actores convergen en el emprendimiento; la política remite al Estado el cual, supuestamente sería la instancia del peligro a la supuesta “libertad” de emprendimiento propiciada por los diversos actores. En este sentido, la pregunta neoliberal es de tipo “kantiano”: no ya ¿cuáles son las condiciones trascendentales de la verdad?, sino ¿cuáles son las condiciones económicas para la libertad?

Mas, si atendemos bien, este discurso se anuda en base a una concepción “gnóstica”, si por tal, entendemos una concepción que establece una división ontológica e infranqueable entre el alma y el cuerpo. El “alma” está representada por la economía y su libertad de emprendimiento y el “cuerpo” por el Estado y su peligro inminente a coartar el “orden espontáneo” del mercado. La tesis neoliberal dice: todos los males se reducen a que el alma (el mercado) es aprisionada por el cuerpo (el Estado). Y la receta ha de promover la salvación del alma (el mercado) respecto del cuerpo (el Estado). El gnosticismo neoliberal es, por cierto, cristiano: pretende salvar a la humanidad erigiendo a “Occidente” como el puntal de la libertad, capaz de salvar el alma respecto de los cuerpos que la aprisionan. Monarquías, dictaduras, totalitarismos, todos deben sucumbir a la nueva forma de la democracia sin pueblo, pero con libertad (entendiendo por “libertad”, una “Libertad individual” que, como tal, no es nada más que emprendimiento o, lo que es igual, “orden” en cuanto espontáneo). En esta constelación, tanto la noción de “gente” como la de “ciudadanía”, resultan aceptables, pero no así la noción “pueblo”.

Este último pesa como el último reducto sustancialista que el discurso neoliberal despacha rápidamente a favor de la flexibilidad funcionalista. Y lo hace porque al asumir el paradigma empresa como forma de lo político, necesita de subjetividades funcionales y no sustanciales, flexibles y no estáticas, económicas y no estatales, como la tradicional noción de “pueblo” heredada de la tradición política moderna. El gnosticismo neoliberal impera sólo en la medida que el “pueblo” es sustituido por la “gente” o, incluso, por la noción de “ciudadanía” (como aquella forma de conciencia cívica mínima para conservar el status quo), es decir, gana sólo en cuanto todo sustancialismo es devorado por la nueva flexibilidad funcionalista.

¿Cómo oponernos a tal gnosticismo? No podemos ya, volcarnos sobre una noción “sustancialista” del pueblo, puesto que el neoliberalismo puede despacharle sin problemas.  Quizás, todo se juegue en la potencia que habita entre la tradicional noción político-estatal de “pueblo” y la concepción económico-administrativa de “gente”. Acaso, “pueblo” ya no sea una sustancia, pero tampoco una agencia económica, sino mas bien, un resto entre las dos instancias antedichas. Nunca adquiere presencia, pero constituye el reducto de la imaginación popular.

“Pueblo” no es una instancia de la que pueda decirse que “existe” de suyo, que está “ahí” como el motor de la historia. Mas bien, “pueblo” puede ser concebido como la difracción entre lo social y lo político, lo que resta del choque de fuerzas que dan origen y movimiento a la circulación mundial del capital. Si en el gnosticismo neoliberal lo social es concebido como el orden del mercado y lo político, la institucionalidad que le sirve de soporte, “pueblo” puede ser pensado como la irrupción de un ingobernable desde su propio seno, una violencia que desactiva tal dicotomía y la hace naufragar en una tempestad de imaginación popular. Pueblo es lo que resta. Como una chispa desde la que brota el fuego, no sabemos cómo es, pero sí sabemos como actúa. Y, sin embargo, su “hacer” no puede ser ni productivo ni improductivo, mas bien, ha de entenderse como una práctica que ya no es concebida sino como “uso”.

El pueblo excede los límites impuestos por el régimen neoliberal, trae el “uso” del mundo y, con ello, desafía la obsesión neoliberal por la propiedad. El pueblo, no existe de suyo, tan sólo acaece, brota como flujo en la imaginación popular, en sus grafitti, en el bullicio, en la ininterrumpida batalla por los espacios de las calles, o en una consigna que nadie sabe quien inventó o de donde salió. El pueblo hace “uso” y nada más. No funda ni administra propiedad. Sólo en este registro podemos pensar una noción de “pueblo” de corte anti-capitalista. “Uso” designa un cierto tipo de hacer que  restituye el carácter común de algo, remitiéndole a una esfera que es de todos y nadie a la vez. Hacer que algo se vuelva común es liberarlo de cualquier tipo de captura soberana mostrando que, no siendo eterna, ésta se circunscribe a un choque de fuerzas singular acontecido en un momento histórico en particular. Así, el pueblo puede ser concebido como la potencia que restituye la capacidad de uso (y no uso) del mundo.

Después de la derrota del pasado 17 de diciembre, no sería mal que las izquierdas volvieran a introducir la noción de “pueblo”. Sobre todo, si éste aparece en Chile como un término prohibido, conjurado por las fuerzas del capital. Sin embargo, la revitalización del término “pueblo”, ya no puede darse bajo su matriz teológico-política (matriz burguesa) que la remitía a una definición sustancial (y suponía una captura precisa de lo común), puesto que ésta resulta fácilmente cooptable por el neoliberalismo, sino como aquello que estalla en una potencia ingobernable (no en un “poder”). En uno de sus últimos libros, el filósofo Giorgio Agamben ha denominado “potencia destituyente” a tal estallido. Quizás, el “pueblo” pueda ser concebido como tal potencia.


Académico, Universidad de Chile