En lo político, el 2017 estuvo marcado por dos grandes hechos: emergió el Frente Amplio y Piñera ganó las elecciones presidenciales. ¿Cómo se explican estos dos titulares? Aunque no lo parezca, hay un contexto detrás que los une y en parte los explica, y -quizás más importante- los proyecta.

El Chile actual tiene, a mi juicio, dos clivajes, esto es, dos grandes grietas movilizadoras de energía social. No se trata, valga decirlo, de grietas estructurales a la vieja usanza del marxismo ortodoxo, sino de puntos nodales que condensan contingentemente y por razones variadas -también estructurales- posibilidades de articulación política.

El primero se constituye en torno a demandas por “derechos sociales, gratuitos y de calidad”, primero en educación y ahora en pensiones, demandas que se han expresado en Chile desde el 2006 a lo menos. ¿Qué hay detrás de esas demandas que movilizaron a miles? A mi juicio, ellas expresan un agotamiento del modelo (“neoliberal a la chilena”) en dos aristas específicas. Primero, la promesa incumplida de ascenso social (o al menos de carga excesiva adscrita al ascenso, ej.: CAE) para vastos sectores que el modelo incluyó por primera vez cuando amplió su cobertura en educación superior (y de ahí la “crisis de la educación”). Segundo, la fragilidad y las incertezas crecientes de la vida de las personas en la vejez, años que se volvieron sinónimo de pobreza y precariedad (y de ahí la “crisis de las AFP”).

Se trata, por tanto, de un agotamiento más complejo que el de una mera abstracta “crisis de la modernidad” o una simple “queja del bienestar” como nos quieren hacer creer algunos ideólogos del modelo. Más bien, lo que enfrentamos es un límite de la fórmula modernizadora del Chile actual que prometió crecimiento (y a ratos cumplió, pero disparmente), equidad (y que solo devino en focalización -disminución de la pobreza) y finalmente desarrollo (que no solo no cumplió, sino que terminó reemplazando por una condición de desigualdad endémica –un alto y estable índice Gini- aparejado a una incertidumbre vital– ej. enfermedades catastróficas, cesantía).

El segundo clivaje es el de la llamada “crisis de la política”, que se grafica en los casos de corrupción que azotaron el sistema de partidos con fuerza a partir del año 2014 (SQM-Caval), al menos, y que se expresan en una demanda, menos articulada pero muy intensa, por “nuevas caras”, “manos limpias”, “no más de los mismos de siempre” o en su versión más negativa “no creo en los políticos”.

Este clivaje es en verdad una expresión de un creciente “anquilosamiento democrático institucional” del que adolece nuestro sistema político. Nuestra democracia se resiste a dar más participación ciudadana (no sólo en materia de nueva Constitución, sino también en asuntos medioambientales de gran incidencia para la vida de las comunidades). Está aún al debe en materia de trasparencia y cuentas públicas. Mantiene demasiados privilegios rodeando las labores de representación política. Y, finalmente,  el financiamiento de la actividad política conserva (a pesar de las reformas) una historia negra de colusión entre la llamada “clase política” y los grandes grupos empresariales.

Siendo un fenómeno global, en Chile la “crisis de la política” tiene una expresión particular que la hace muy singular y potencialmente explosiva. Los niveles de concentración del poder económico que existen en nuestro país permitieron que la elite empresarial haya financiado a destajo, regular pero espuriamente y por décadas, gran parte del sistema político en pos de sus intereses propios. La historia de la UDI expresa de manera extrema esa realidad. Y la Ley de Pesca es el resultado más patético (pero no el único) de dicha colusión político-empresarial. Fue esto lo que hizo crisis el 2014 a partir del caso SQM-Caval. Una crisis que, a pesar de su ausencia en la agenda mediática, se mantiene aún muy intensa a nivel ciudadano, como se reflejó en muchas contiendas electorales este año.

El año 2017 expresó en gran medida y en clave electoral estos dos clivajes (por derechos sociales y nueva política). Más aún, afirmamos que gran parte del éxito electoral en primera vuelta del Frente Amplio y de Beatriz Sánchez en particular, se debió a que encarnó de mejor manera (de forma más creíble, más adecuada, más fidedigna) una articulación política a esas demandas.

Pero, aunque cueste reconocerlo, parte significativa de la gran movilización de votantes que logró Piñera en segunda vuelta, se debe también a que logró disputar y articular una respuesta, espuria a mi juicio, pero efectiva, a los mismos clivajes que se mantiene abiertos en el Chile actual. No fue solo miedo lo que hizo ganar a Piñera, no seamos tan simplistas. Piñera venció en el campo de la política y es ahí donde hay que preparase a ganarle en el futuro.

¿Qué implicancias puede tener esto para lo que viene?

Sin un buen diagnóstico seguramente se errará en el accionar, indica el sentido común mínimo. Desde la perspectiva del Frente Amplio, la labor requiere discutir aún en este nivel, el nivel del diagnóstico, del qué paso, del cómo pasó y por qué. Digámoslo así: si es verdad que hay dos clivajes centrales movilizando a los electores en el Chile actual, y que Piñera logró articular una respuesta a ellos, entonces convendrá entender que no cualquier oposición resultará efectiva.

Si se repiten los errores de segunda vuelta y se piensa que un abstracto “todos contra Piñera” basta, se estará cerca del desastre. Pero agrego algo más (polémico, es verdad): si se desconoce que no todos los actores disponibles entre aquellos que perdieron están en condiciones “posicionales” de hacer contra Piñera una oposición política (disputa de ambos clivajes) que sea efectiva (debido a su historia de co-participación y cero mea culpa en el origen de esas demandas), entonces no se habrá entendido porqué ganó Piñera, y peor aún, se arriesgará la perpetuación de su gobierno.

Seré más claro. El Frente Amplio deberá entender y rápido que hoy más que nunca no todas las sumas valen, no todos los “bloques por los cambios” producen efectivamente lo que enuncian.

Quizás, ahora sí, conviene traer a colación lo que repitiera Mujica antes de la derrota: la clave está en la “unidad en la diversidad”. En Chile, y en particular para el Frente Amplio (chileno), significa entender que de lo que se trata es de disputar los dos clivajes a la derecha, lo cual exige asumir que tal contienda no resulta de cualquier modo, no se puede hacer desde cualquier lugar, ni tampoco con cualquiera aliado.

Pero por otro lado, la realidad probablemente exigirá alianzas instrumentales para hacer más eficiente la articulación política en ciernes en las disputas electorales que se avecinan -siempre y cuando, hay que afirmar con firmeza, esas alianzas no deslaven la articulación lograda (es la primacía de lo político). ¿Cómo lo sabremos? Menos mal que en gran parte la política sigue siendo un arte y habrá que aunar esfuerzos para inventar nuestro modo y hacerlo bien. Sólo el fracaso, esta vez, no está permitido. Feliz 2018, ¡que venga ya!


Profesor de Derecho, Universidad de Chile. Militante del Movimiento Autonomista, Frente Amplio