A propósito de una demanda presentada por el PC para la recuperación de propiedades, Jorge Teillier defendió la acción judicial con la siguiente declaración: “Vivimos en el capitalismo y debemos actuar de acuerdo a sus normas”. Lo más sensato frente a una idea como la expuesta es afirmar justamente lo contrario: pese a la existencia y el dominio del capitalismo, las personas pueden actuar de manera inversa a sus normas.

A partir de lo declarado, me pregunto por aquellas prácticas del capitalismo en el mundo de la edición que son replicadas por la edición independiente. Por tanto, ¿independiente de qué? Pregunta incómoda para quien edita libros y se posiciona como editor independiente, pues soterradamente nos muestra nuestras contradicciones. Una de ellas es, sin duda, la exclusividad en la cesión de derechos de autor.

El negocio editorial en el capitalismo crudo no funcionaría sin la exclusividad. Gracias a ella, una editorial puede adueñarse de la explotación económica de una obra, lo que le niega a otro editor la posibilidad de publicar la misma obra. De hecho, el negocio editorial en los mercados importantes es la compra y venta de derechos, los que son finalmente su principal activo. Lo común es que una editorial transa el objeto libro con el público lector; además, el editor negocia derechos con otros editores o con agentes literarios o con el mismo autor. Esta forma de negocio es una muy lucrativa, mas esto no quiere decir que todos quienes compran derechos son ganadores: los fiascos económicos son parte también del juego perverso. La constatación de lo que digo es la feria de Frankfurt, en la que el mercado editorial transnacional se encuentra para negociar derechos en inglés y traducciones a los distintos idiomas en Europa, incluyendo el español de España. Un caso ejemplar del mercado sudamericano fue la compra de los derechos de Bolaño en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por Alfaguara.

La exclusividad en la cesión de derechos de autor atenta contra los intereses tanto del consumidor como del autor. Primero, la exclusividad obliga al lector a comprar un contenido (mensaje) determinado en un continente (libro) específico, contenido que no se puede adquirir de otra manera, lo otro es ilegalidad, piratería, para ellos. El problema ético comercial es que al comprador no se le posibilita el acceso al mismo contenido por un canal distinto. Segundo, el carácter exclusivo del contrato de edición atenta con la amplificación que un autor pueda lograr para su obra.

La paradoja es la siguiente: aunque un tiraje de un libro pueda corresponder numéricamente a la población de un país, el lector no está obligado a comprar un ejemplar. La estética, el tema y diversos otros niveles en la construcción de un libro permiten que un lector lo compre o que le provoquen rechazo. Un autor debiese tener la posibilidad de amplificar aún más su obra con la cesión de derechos para otra(s) editorial(es) que esté(n) interesada(s). El interés de publicación de un autor es que la mayor cantidad de personas lean su libro, y si un tiraje no cubre la amplificación que se podría lograr en un territorio, el autor tiene todo el derecho de aumentar las posibilidades con una reedición en otra editorial.

¿Es posible, entonces, como editor, contratar obras sin exclusividad? Sí. ¿Va a la quiebra una editorial si es que otra publica el mismo libro en el mismo territorio? No. La evidencia lo demuestra. La edición anarquista en el territorio chileno es una muestra de la amplificación que se logra de una obra cuando el contenido no es propiedad exclusiva de una editorial. Ediciones distintas para el mismo contenido, las que compiten a la par y que no se niegan su existencia. Lo que la opinión oficial capitalista gubernamental denomina piratería es el anhelo de la libre circulación de las ideas. Así, como consecuencia, la publicación de editoriales se enfoca en la diversidad de saberes que nos trascienden a todos, y no en lo superfluo de muchas publicaciones, de malos libros.

Si la edición independiente en Chile ya minó la necesidad de rentabilidad en su quehacer editorial, también debería minar los contratos de edición con carácter de exclusividad, en pos de la posibilidad de elección para el lector y la posibilidad de amplificación para el autor. La edición ácrata, por su carácter revolucionario y desobediente civil, usa el extremo: anticopyright. Existen otras posibilidades como el copyleft y creative commons. En el dilema, cada editor independiente debiese pensar en el cómo compatibiliza su negocio con la etiqueta de independiente: la construcción y gestión de un catálogo con un quehacer distinto y opuesto a la lógica depredadora del neoliberalismo. Las incongruencias ideológicas a veces se pagan caro mediáticamente.


Editor de Gramaje Ediciones. Magister en edición.