—Cualquier manual de historia de Chile te cuenta todo lo que pasó en las ciudades, pero poco se dice de lo que está más allá de las capitales regionales. Lo que llama la atención de las “Crónicas” es que desplaza el foco hacia la provincia. ¿Por qué tu interés en relevar lo rural y cómo se vivió la dictadura en dicho territorio?
—Soy de Parral y mi padre es detenido desaparecido. Hice un documental sobre el pueblo por el hecho de que hubiesen tanto desaparecidos en una comunidad tan pequeña. Gente joven, además: el más chico tiene 9 años y el mayor, 26. El relato mínimo, la épica cotidiana, también es un punto que me motivó a escribir las crónicas. En Parral la dictadura pasó, arrasó y se fue. Nadie hablaba de esas personas. Los vecinos no comentaban el tema. Entonces creo que hay que visibilizar esto, porque los familiares de las víctimas están envejeciendo y muriendo, y la memoria histórica no puede permitirse ese olvido.

[Lee la crítica literaria en El Desconcierto: “Crónicas militantes rurales” de Vladimir Rivera: La dictadura, una vez más]

—En Linares, por ejemplo, es evidente este olvido del que hablas. Hay una plaza llamada “Augusto Pinochet” y la Escuela de Artillería, que fue un centro de detención y tortura, facilita sus instalaciones para realizar eventos y celebraciones de la población civil. La dictadura fue un hito que marcó la cronología oficial del país. Sin embargo, en los sectores rurales persiste una mentalidad que no se siente vinculada a este suceso. Son pensamientos y conductas que podrían adscribirse, incluso, a un período previo a la Reforma Agraria.
—Sí. Es como si esas localidades se hubiesen congelado en el tiempo. Lo vi harto en la figura de mi abuelo materno, cuya historia es parte de “Crónicas militantes rurales”. Él trabajó, durante mucho tiempo, como capataz del fundo de la familia Urrutia, en Parral. Ellos son conocidos en la zona por sus negocios agrícolas y porque de esa rama desciende el diputado de la UDI, Ignacio Urrutia, y la alcaldesa de la comuna, del mismo partido político. Mi abuelo representa lo que tú dices, porque en su rol de mediador entre los empleados y los patrones, era ferviente defensor de los últimos en desmedro de sus propios hermanos. Él comprendió su lugar en el mundo recién cuando quedó la escoba en la familia, una vez que desaparece mi padre, mi tío tuvo que partir al exilio, y a mi abuela la detienen por tener un restorán llamado “Cuba libre”. Entonces, él lo entendió producto de nuestras circunstancias familiares, pero no así el resto de la población parralina.

—En tus crónicas, sorprende leer sobre una vida militante activa en una localidad donde los intereses de su juventud van por otro lado. El lazo entre la Región del Maule y las fuerzas del orden es real.
—Tengo un amigo cuyo sueño era pertenecer a la Fuerza Aérea, para volar aviones. Una vez que salió de cuarto medio hizo todas las postulaciones, pero no tenía la plata para los trámites. Así, entró a la Escuela de Suboficiales de Carabineros y yo lo veo ahora, muy frustrado. Lleva veinte años en la institución y ve cómo cabros más jóvenes son sus superiores. Para muchos jóvenes en el campo, en los ’90, no había muchas opciones para poder estudiar. En ese momento se instala con fuerza en la zona la modernización del sector agrícola. Llegan los packings y, con ello, mejores oportunidades laborales. Aun así, piensa que para un cabro de 18 años quedarse trabajando por temporadas, ahí mismo en el encierro rural, dista mucho de un futuro deseable. Por el contrario, el Servicio Militar sí ofrece vías para cambiar tu vida. En la población donde vive mi mamá, hay muchos cabros que son carabineros o gendarmes, pero no porque les encante, sino porque no hubo de otra.

—Pero tú estudiaste cine. ¿En qué momento escapar de Parral se hizo posible? ¿Cómo pasó eso?
—Primero estudié Pedagogía en Castellano, en Osorno. Entonces todavía era parte de la Universidad de Chile, antes de la desarticulación ordenada por la Junta Militar. Siempre me han gustado las películas, pero cuando yo salí del colegio no tenía ni un peso y en Chile no existía la carrera de Cine. Las escuelas que impartían la disciplina eran impagables. Mientras estaba en Osorno, salió la Beca Rettig, de la comisión del mismo nombre, para víctimas de la violencia estatal, pero no la tomé de inmediato. Terminé la pedagogía y fui a la intendencia de Puerto Montt a inscribirme, por si necesitaban profesores rurales, y salió la chance de trabajar en Río Negro, en la frontera norte de la Carretera Austral. Cumplí 27 años en ese contexto, que lo amaba, pero recordé mi pasión por el cine y me vine a estudiar a Santiago.

—”Gen Mishima” es tu primer proyecto televisivo. Estrenada el 2008, causó revuelo por las temáticas abordadas y el hecho que fuese una producción alejada del realismo clásico de la televisión chilena. ¿Podrías contarme más al respecto?
—”Gen Mishima” surge como mi proyecto de título. Me gusta mucho la ciencia ficción y el horror. Mis compañeros-amigos con los que trabajé en el proyecto, son fanáticos del anime y la producción audiovisual japonesa. Conectamos ambos mundos y los resultados fueron buenos. Como no teníamos financiamiento para hacerlo en la forma de un largometraje, empezamos a buscar diferentes productoras para que nos ayudaran con la postulación a fondos. Así nos conocimos con Parox y desde allá nos dijeron que la idea podría quedar mejor en el formato serial. Enviamos el proyecto al CNTV y ganamos al tiro.

—”Volver a mí” es una serie emitida el 2010 por Canal 13, que trata sobre personas que intentan recuperarse de distintas adicciones. Uno de sus personajes, interpretado por Alejandro Goic, es alcohólico, pero además fue un torturador. Habiendo participado en la escritura del guión, a la vez que teniendo esta biografía marcada por tu padre, detenido desaparecido, ¿Cómo fue el proceso de meterse en la cabeza de un violador de derechos humanos y acercarlo a una humanidad tan ajena?
—Fuerte. Hay una escena en la que este personaje mata a un perro con un hacha, para demostrar su cariño por la terapeuta, pero que grafica un poco la desconexión que estas personas, al participar de delitos tan crueles, tienen con sus emociones. “Los perros”, película de Marcela Said, también aborda esta otra dimensión de la dictadura. “¿Quiénes fueron y son los torturadores?” “¿Cómo piensan?” Son preguntas que en Chile recién nos estamos haciendo, después de muchos años de silencio al respecto.

—Sobre eso mismo, ya es casi un lugar común el reclamo que se hace contra las producciones literarias y audiovisuales ambientadas en la dictadura. Se acusa que es un tema repetido, que para qué insistir, que han pasado otras cosas en Chile posterior a la vuelta de la democracia. Es cierto: Qué lata ver el hilo argumental de, no sé, “Machuca”, una y otra vez, pero en “Crónicas militantes rurales” y en “Volver a mí” se aborda este tema desde otros ángulos.
—Los alemanes siguen haciendo películas sobre la Segunda Guerra Mundial, así como los gringos insisten en el escenario de Vietnam para ambientar sus ficciones. No tiene que ver con el tiempo ni con cuántas producciones se hagan sobre ese tiempo. Tiene que ver con la memoria. Somos memoria y lo importante acá es no olvidar jamás lo que pasó. En Chile, hasta ahora, sólo se ha contado la historia de los grandes próceres, tanto de izquierda como de derecha, pero hubo víctimas más invisibles y olvidadas, a quienes la tortura quizás no les llegó de manera tan cruda, pero sin duda marcó sus vidas. No podemos olvidar que hubo un tiempo en que nadie te protegía, en que no existió el Estado, en que tu vecino te delataba a las autoridades. Piensa que todavía existe Kast y gente como él, quienes afirman con soltura que “Hubo cosas buenas y cosas malas” después del Golpe. Mientras no haya un Nuremberg, como en Alemania, y por lo tanto una conciencia de que la dictadura y sus cabecillas son execrables, ninguna ficción sobre la dictadura sobra.