La enorme falta de apoyo y silencio desde los “progresistas” de occidente; feministas, defensores de los derechos humanos y los funcionarios estatales, con el rapto de la activista palestina de apenas 16 años, Ahed Tamimi, por parte de las fuerzas israelíes, nos muestra la incoherencia y falta de valor por parte de los mismos que tanto desgarran vestiduras por casos de terrorismo islámico o actitudes autoritarias de ciertos regímenes opuestos al orden neoliberal de hoy en día.

Hay múltiples razones para este silencio. La primera de ellas es la normalización de la violencia de los Estados que pertenecen al orden mundial. La violencia por parte de los Estados burgueses parece legitima, se justifica con campañas del terror (como ocurre en Chile con los Mapuches), y más aún ahora donde la noción del estado ha transitado a estos falsos “estados postnacionales” que bajo la etiqueta de globalismo ataca todo lo que dañe esta sociedad de la información y la diversidad, que realmente es la sociedad vorágine donde todo gira en torno a las potencias del pasado (Europa y EEUU) y se juega con la información, la verdad y los límites impuestos por las clases gobernantes de estas.

Las acciones hostiles de actores no estatales como los combatientes ISIS, Boko Haram, Sendero Luminoso o antes la FARC son consideradas ilegales, pero a menudo se considera apropiada una agresión similar por parte del Estado. Cuando el agresor es un Estado, en específico un Estado aliado de Estados Unidos (líderes de este mundo unipolar en caída libre), como lo es Israel, el resultado es silencio desde los “libres” medios de comunicación, los líderes de opinión y los “progresistas”.

El Estado burgués alrededor del mundo justifica estas acciones presentando a las víctimas de sus injusticias como una amenaza para el funcionamiento del Estado, han malinterpretado la Virtud Pública de Montesquieu para generar una política del terror ante sus enemigos políticos. Estas formas de violencia, como lo es raptar a una niña adolescente, no solo incluyen formas manifiestas de violencia como ataques con drones, arrestos ilegales y brutalidad policial, sino también agresiones normalizadas por esta sociedad capitalista como la asignación de recursos, incluidas la tierra y el agua. Una vez que se declara una amenaza, el individuo se reduce fácilmente a una vida de injusticia, una vida sin valor político. El estado israelí ha sancionado por su poder soberano la suspensión de los mismos preceptos liberales permitiendo que diversos individuos puedan convertirse en objetivo de la violencia legal.

La policía israelí ha desplegado una estrategia similar aquí. Ha abogado por extender la detención de Ahed porque “representa un peligro” para los soldados (representantes del Estado) y podría obstruir el funcionamiento del Estado (la investigación).

Mostrar a palestinos desarmados como Ahed, que simplemente ejercía su derecho a proteger el bienestar de su familia, bajo la misma luz que un terrorista, es ilógico. Tales encuadres abren el camino para autorizar la tortura excesiva: el ministro de educación de Israel, Naftali Bennett, por ejemplo, quiere que Ahed y su familia “terminen sus vidas en prisión”.

La segunda de aquellas razones está en el humanitarismo selectivo de Occidente, según el cual determinados cuerpos y causas particulares se consideran dignos de intervención.

Las agencias humanitarias se han dedicado exclusivamente a tener un lenguaje de moralidad para secarse las lágrimas del malestar subjetivo y corporal de los pueblos, pero el problema más grande no radica en esa guerra de hashtag que no cambia en nada la realidad material, sino que, es un apaciguamiento exclusivo para determinadas víctimas. Tal noción normaliza la explotación. Los ignorados e invisibles no son la excepción sino la regla y, por lo tanto, están descalificados; no producen, no consumen.

Las situaciones de desempleo, hambre, amenaza de violencia, brutalidad policial y denigración de culturas a menudo no se consideran merecedoras de intervención humanitaria. Tales formas de sufrimiento se consideran necesarias e incluso inevitables. Ahed, por lo tanto, no se ajusta al ideal de sujeto víctima para el apoyo internacional, no da renta, no genera créditos de popularidad mediática.

La gente como Ahed comenten el crimen de critican el verdadero autoritarismo desde la acción, el colonialismo e imperialismo y manifestarse por visiones de un buen vivir comunitario, algo inadmisible para la reacción. Ella es efectivamente la revolucionaria, la feminista real que busca la justicia contra la opresión en lugar del empoderamiento que solo beneficia a sí misma.

Como señaló Shenila Khoja-Moolji (académica de género, Islam y estudios de la juventud):

“Su feminismo es político, en lugar de uno centrado en consumo y sexo. El poder de esta niña amenaza con revelar la cara fea del colonialismo y, por lo tanto, está marcado como “peligroso”. Su valor e intrepidez dan vida a todo lo que está mal con esta ocupación”.


Concejala RD Santiago Centro y Coordinador Externo Izquierda Cristiana