Éste es el misterio del cuerpo,
los ojos resbalan por la superficie,
pero es adentro, adentro…

– Monti, Una pasión sudamericana

 

Tan pronto se esconde el sol de 2017, el cielo comienza a poblarse de listas de libros que brillan con luz propia: ranking de mejores lanzamientos chilenos y extranjeros, para niños y para adultos, de ficción y no-ficción, académicos, ilustrados, de terror y ciencia ficción. Es un lindo firmamento para admirar, sin duda, pero también algo arbitrario, ya que ilumina sólo a los autores mientras que editores, correctores, diseñadores, ilustradores y traductores quedan en sombras.

Todas las portadas pertenecen a libros publicados en Chile durante 2017.

Primer bando: la cosa toda

Allegados, de Ernesto Garrat – Hueders

El diagnóstico general no deja dudas: no hay otra editorial chilena que lance tantos títulos al año y que, a la vez, cuide con tal detalle cada edición como Hueders. Sus libros están bien traducidos, prologados, editados y presentados, y el debut literario de Garrat no es la excepción. La portada está dominada por una nave de la mítica Villa Frei, emblema de la clase media santiaguina, envuelta en un sol de atardecer. La imagen no sólo es atractiva, sino que el crepúsculo captura bien el clima de la novela en sus dos historias conectadas: la de una familia que intenta volverse invisible mientras transita por espacios que no les pertenecen, y la de un vampiro parasitario y clarividente.

Como bonus, quiero destacar otro libro del año dedicado a Villa Frei: Ciudad Utópica, de Editorial Sa Cabana. La portada es atractiva, maneja bien las distancias, la tipografía y las proporciones, pero falla en que no aprovecha, como Hueders, la silueta característica de los edificios; y segundo, en que no le da suficiente contraste al logo y al nombre de autor respecto al fondo, y los distintos elementos terminan confundiéndose.

Conflictos, controversias y disyuntivas, de Rodrigo Araya y Florencio Ceballos (editores) – Edición Abierta

El primer libro de la nueva editorial fundada por Tironi destaca en una galáctea de libros académicos con rostros monótonos y poco imaginativos. El trabajo estuvo a cargo del premiado Juan Fernando Mercerón, diseñador de la editorial Libros del Fuego, quien se luce con una perfecta combinación de figura y texto. Hay aciertos en la paleta de colores, en el uso de la tipografía Berenjena, del magallánico Javier Quintana, y en la elección del papel, en este caso un cocoon que cuesta dejar de acariciar. Mi única sugerencia es que el perro parece atemorizado y quizás, como el título sugiere, debiera haber estado en posición de guardia o ataque.

Desastres naturales, de Pablo Simonetti – Alfaguara

Los cuerpos desnudos y eróticos son centrales en casi toda la obra de José Pedro Godoy, quien para esta novela tomó un camino diferente: la portada carece de figuras humanas y presenta un paisaje artificial, inhóspito y violento; un territorio familiar pero ajeno que podría venir de la ciencia ficción, y que bien prepara al lector a la extrañeza y soledad que separan al protagonista de su entorno.

El tigre en la casa: una historia cultural del gato, de Carl van Vechten – Hueders

Los egipcios veneraban los gatos, mi abuelo los tiraba al río, y Derrida sintió pudor cuando el suyo lo vio desnudo. Cada cultura tiene sus modos de pensar y tratar a sus gatos, y este libro hace un grand tour por esas distintas prácticas, imaginarios y representaciones. Publicado en 1922, llega por primera vez al español de mano de Andrea Palet, y la ilustración quedó a cargo del argentino Krysthopher Woods, quien usa bien la sombra para mostrarnos que un animal pequeño puede ocupar un gran espacio.

En La Vereda: conversaciones sobre cultura y ciudad, de Ricardo Greene (editor) – Bifurcaciones

Siendo una lista de gustos personales, es esperable que incluya uno de los libros que edité este año. Aquí las felicitaciones van al equipo de Estudio Vicencio, quienes con paciencia Aleuyina prepararon 16 portadas distintas (si, 16) antes de llegar a la definitiva. El diseño final, con múltiples capas y cruces, es coherente con la propuesta del libro, y la paleta de colores se lleva el premio a la mejor del año; no sé qué tipo de parafilia sinestésica tendré, pero me dan ganas de doblarla, hacerla frosting y comerla. La ilustración de portada es de Álvaro López, y en el papel optamos también por cocoon, pero arriesgándonos con uno de sólo 200 gr.

Jeidi, de Isabel M. Bustos – Laurel

La editorial del arbusto continúa su exitosa asociación con Estudio Postal y los diseños de Rosario Arellano, profesional que se formó en la Agencia Felicidad y aún mantiene el detallismo y frescura de Piedad y cia. En esta portada optó por representar algunos de los objetos fundamentales de la novela en grabados que invocan la Lira Popular, pero que a mi me recuerdan esos juguetes que venden en bazares y «puestos varios» de ciudades pequeñas, cuyas piezas vienen unidas en un marco de plástico, y que hay que despegar rompiendo sus bordes. No sé si es una referencia buscada pero la agradezco, porque remite al ambiente precario y rural en que se desenvuelve la historia.

Juegos Florales, de Vladimir Rivera – Emecé

Esta historia sobre un joven poeta del Valle Central arranca como un relato sobre el camino a la adultez, y termina siendo una exploración sobre escritura, fracasos y memoria. La portada de Ales Villegas es fenomenal, y evoca la misma sensación de caminar con los ojos vendados que sentí como lector.

La gente opina, por OyeMathias  – Catalonia

Decenas de cabezas parlantes podían haber hecho mucho ruido, pero los ojos se deslizan suave sobre esta portada, detectando sin problemas toda la información clave; propuesta perfecta para un libro que, precisamente, está dedicado a la tolerancia, el encuentro y la empatía.

La vida en movimiento, de Denise Rosenthal – Black Birds

Fab Ciraolo ha hecho una modesta carrera en esa moda de desmontar y subvertir íconos religiosos y figuras pop. Aunque esta pieza no tiene la acidez del resto de su portafolio, funciona bien para el público al que apunta. El texto está en sintonía con la ilustración, y la parte superior de la portada es fiel reflejo de un tipo de libro donde el nombre famoso es más importante que el título de la obra.

Los pololos de mi mamá, de Cristóbal Riego – Hueders

Así como el lunar postizo se ha usado para iluminar rostros empolvados en blanco nieve, esta portada entra en la lista por ese punto encarnado que electrifica el verde parduzco de fondo. Este año Hueders nos ofreció varias portadas que podrían haber estado en esta lista, como las de El llano en llamas, Libro Libre y Monroe, pero escojo esta por ese pequeño gran acierto.

Salcedo, antología de Rodrigo Salcedo – Bifurcaciones

Una portada con tantos elementos diversos podría fácilmente haber colapsado bajo su propio peso, pero Nicolás Sagredo teje con oficio los objetos, atándolos con juegos de texturas, duplicaciones y un buen uso tipográfico. Aunque la lista es sólo de portadas, destaco también la potencia del lomo, y el atrevimiento de usar un título en ese tamaño, lo que puede parecer un capricho pero es coherente con la edición de una antología personal.

 

Segundo bando: en base a un otro

Cuaderno de Guayaquil, de Ricardo Vivallo – Saposcat

Para Bataille, todo cuerpo está compuesto de cuerpos, que a su vez son compuestos y así sucesivamente. La portada de esta novela-collage usa como fondo uno de los trabajos del propio autor, sobre los que se presentan logo y título en un rojo que destaca. Una apuesta sencilla pero poderosa hecha por esta nueva editorial que, espero, siga dando que hablar.

Monstruos Marinos, de Gastón Carrasco – Overol

En los bordes de las cartas de navegación, donde el territorio conocido guardaba silencio ante la Terra incognita, los cartógrafos garabateaban monstruos marinos que advertían: más allá, lo salvaje. Siguiendo esa idea, Daniela Escobar construye una portada pulcra y magnética que usa como base un plano de la Bahía de Cartagena de Indias de 1735. Overol es una de mis editoriales favoritas porque combina buen oficio, cariño, y una dosis de locura obsesiva, y este trabajo es buena prueba de ello.

Tony Ninguno, de Andrés Montero – La Pollera

Tony Ninguno cuenta la historia de un trapecista que pasa de caminar por las alturas a abrazar el vértigo de la narración; andando, en ambos casos, sin una red protectora. Buscando una imagen que diera con el tono, Pablo Martínez –diseñador y socio de La Pollera– optó por el fragmento de una pintura de Cristián Elizalde, la que complementó con tipografías sencillas en combinación gracia/paloseco.

Rito de viento y madera, de Luis Vulliamy – UV

Hace algunos años la UDP removió el mundo de las editoriales universitarias con una propuesta ambiciosa que eclipsó a sus pares. La única que pudo llevarle el paso fue la UV, quien en 2012 contrató a Cristián Warnken, renovó su catálogo, e hizó, además, lo que la UDP no: preocuparse del diseño. Sus ediciones son bonitas, bien cuidadas, y con detalles que denotan preocupación, como costura a la vista y uso de cuño seco. En sus portadas usualmente optan por fragmentos de pinturas chilenas, y en esta ocasión la escogida fue Tarde de viento, xilografía de Santos Chávez que pone a la naturaleza y al wallmapu en su centro, tal como la obra de Vulliamy.

Bonus Track

Aunque el libro fue editado en España, quiero mencionar la portada de la chilena Alejandra Acosta para el libro Aura, de Carlos Fuentes. Una vez más la artista nos presenta una obra que quita el aliento; tupida, oscura, y de técnica impecable. Ante un imaginario tan intenso, sólo una pregunta queda: A 200 años de Frankenstein, ¿qué tal si preparamos una edición nacional, Alejandra?

Palabras al cierre

Un par de apuntes que surgieron en la confección de este ejercicio:

– El diseño de libros nacionales ha mejorado bastante en la última década, pero aún son pocas las editoriales, grandes y pequeñas, que le dan la suficiente importancia. Entiendo que no es fácil contratar servicios profesionales en un mercado tan pequeño y poco rentable como el nuestro, pero con pocos recursos y cuidado también se puede llegar a buenas soluciones.

– Me llama la atención la poca atención que hay a las tipografías, esencial para lograr una buena portada. En Chile hay muy buenos tipógrafos, y no es complicado ni tan caro conseguir una buena fuente; incluso, a alguien que dibuje la portada a mano.

– La presencia digital de las editoriales nacionales, especialmente las independientes, es muy precaria. Es más fácil encontrar datos confiables, noticias y eventos en Facebook que en sus sitios web, los que son difíciles de navegar, no se encuentran actualizados, y rara vez listan información como el año de publicación o el número de páginas. Ante ello, mi sugerencia es sencilla: es mejor no tener sitio web que tenerlo a medias.

– Al menos en sus sitios web, las editoriales prácticamente nunca dan crédito a quienes participaron de la confección del libro. El cine ha aprendido a reconocer la cadena de producción, y aunque las películas siguen siendo presentadas como «del director», hay una ficha técnica que incluye a todos los nombres. Debiéramos avanzar en esto.