“El día que traigan una prueba contra él ahí voy a hablar. Todo es calumnia”. Así de clara y así de directa fue la defensa del papa Francisco al obispo de Osorno, Juan Barros, en su último día en Chile.

Barros ha estado ligado al caso Karadima desde que este estalló a principios de los 2000. Fue imputado en la causa por abusos sexuales, en la calidad de encubridor, en una investigación que terminó prescrita porque las violaciones habían ocurrido hace años.

Pero de su vínculo con Karadima -quien fue su mentor y guía por cuatro décadas-, sí hay registro.

Juan Carlos Cruz, uno de los denunciantes del caso Karadima, declaró ante el fiscal Xavier Armendariz en mayo de 2010. Entonces, mencionó que el condenado ex párroco de El Bosque tenía la costubre de hacer “tocaciones” en los genitales a los jóvenes seminaristas por encima de la ropa, incluso con público presente. Otra práctica era con sus “regalones”, que “ponían su cabeza en el pecho de Karadima”, dijo Cruz en la declaración. Ellos eran, por ejemplo, Tomislav Koljatic y Juan Barros, actualmente obispos de Linares y Osorno. “Barros era uno de los más cercanos a Karadima, no el preferido, pero bastante próximo y muy manejable”, agregó Cruz.

Por su parte, el 20 de marzo, en el programa Tolerancia Cero de CHV, James Hamilton fue igual de categórico: “No se olviden de Tomsilav Koljatic, Juan Barros, Horacio Valenzuela, Andrés Arteaga. Ellos son obispos que, como nosotros, vieron las mismas cosas, los besos, los toqueteos. No estaban metidos en la pieza, pero vieron las mismas cosas cuando besaba a este o le corría la boca o le agarraba los genitales al otro”.

Según cuenta el libro Karadima: El señor de los infiernos de la periodista María Olivia Mönckeberg, parte de la influencia que construyó el ex párroco comenzó con una jugada clave: poner a un joven Juan Barros Madrid como secretario personal del entonces arzobispo de Santiago, Francisco Javier Fresno.

En 1983 se produjo la primera denuncia contra Karadima, a través de una carta firmada enviada a Fresno donde se abordaban de modo genérico los toqueteos. Carta que terminaría en la basura.

Un episodio que también aparece relatado en el libro Los secretos del imperio de Karadima, de los periodistas Juan Andrés Guzmán, Gustavo Villarrubia y Mónica González. Según esa investigación, el denunciante Francisco Gómez se enteró en 1984 por el ex seminarista Juan Hölzel que la carta había sido destruida. Cuando le preguntó a Hölzel si valía la pena enviar la carta de nuevo, éste le respondió: “Mientras Barros esté acá, no vale la pena”.

Después de poner a Barros cercano a Fresno, la influencia de los seminaristas de El Bosque se extendió: Horacio Valenzuela -hoy obispo de Talca- llegó a la vicaria de la zona oeste; Tomislav Koljatic llegó a ser Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción y luego obispo de Linares; y Andrés Arteaga pasó a ser obispo auxiliar en Santiago. Después, pasaría a ser nombrado vice gran canciller de la PUC.

“A los sacerdotes, Karadima los hacía ascender en la Iglesia pues todo el poder que ellos obtenían fluía luego hacia él. Así le retribuyeron los obispos Juan Barros, Andrés Arteaga, Tomislav Koljatic y Horacio Valenzuela antes, durante e incluso después que estallara el escándalo. También lo hizo antes de que se alejara el obispo Felipe Bacarreza”, dice el libro “Los secretos del imperio de Karadima”.

El libro también relata otro episodio que tuvo Barros, como secretario personal de Fresno, en contra del denunciante Juan Carlos Cruz. Luego de que Karadima empezara a divulgar una confesión que le había hecho Cruz respecto a su orientación sexual y de someterlo a una “corrección” en la que distintos compañeros lo encararon por algunas amistades que estaba haciendo, Barros envió una carta a Fresno en la que aseguraba que Cruz había acosado sexualmente a dos seminaristas.

“Era tal mi angustia que no me acuerdo exactamente de todo lo que decía, porque me cerré. Sé que la escribió Juan Barros y que ellos (Ovalle y Tocornal) decían que estaban muy preocupados por mí por lo que les había hecho”, dijo Cruz en entrevista con los autores del libro, y además les asegura que está convencido de que Barros envió esa carta por orden directa de Karadima y que incluso Guillermo Ovalle le habría admitido que el párroco estaba haciendo gestiones para sacarlo de El Bosque.

Años después, ante los tribunales, Karadima negó haber hecho esas gestiones. También aseguró que no supo que Barros hubiese enviado la carta al Seminario. “De ser efectivo lo habría sabido, pues es muy cercano a mí hasta hoy”, dijo.

Juan Barros había sido obispo de Iquique antes de ser nombrado en 2004 obispo castrense. Desde que estalló el caso Karadima, se ha justificado en múltiples ocasiones con que no sabía nada de las acusaciones. Incluso en su declaración ante la justicia negó recordar cualquiera de los episodios por los que se le preguntó. Sin embargo, su figura comenzó a generar recelo dentro de los altos mandos de las Fuerzas Armadas, quienes habrían ido hasta el entonces ministro de Defensa Jorge Burgos para que presione por cambiar al obispo, según publica un reportaje de la revista Qué Pasa.

Según un reportaje de Ciper, Barros fue no solo de los que envió cartas al Vaticano defendiendo a su ex mentor, sino que viajó a Roma para alegar la inocencia de Karadima.

El paso de obispo castrense a una diócesis menor como la de Osorno es un paso hacia atrás al interior de la Iglesia, donde las redes de poder y la “muñeca política” suelen ser más importantes que lo que se cree. Sin embargo, el nombramiento de Barros en enero de 2015, hace dos años, no ha dejado de ser polémico, especialmente después de que el papa Francisco lo justificara acusando que las críticas contra él son invento de los “zurdos”.

“El Santo Padre siempre ha sido conmigo muy cariñoso y apoyador. Y a uno como hijo de la Iglesia lo alegra, fortalece”, dijo Barros esta semana luego de llegar a Iquique.