La creencia en la brujería es algo común en Papúa Nueva Guinea, especialmente en sus zonas rurales, que representan casi el 80% del país. En los años 70′ se aprobó una ley que tipificaba como delito la “magia negra”, desde ese momento los asesinatos a mujeres acusadas de brujería no ha hecho más que aumentar. Según autoridades locales, desde 2008 comenzaron a ser más sangrientos, a pesar del avance de los tiempos.

En 2009 una comisión parlamentaria del país advirtió que los crímenes por brujería estaban siendo utilizados como excusa para cometer asesinatos con total impunidad. Es frecuente que las enfermedades, accidentes o robos se atribuyen a “la brujería”, que siempre suele asociarse a una mujer.

Mónica Paulus es una activista de la Red de Defensores de los Derechos Humanos de las Mujeres de las Highlands que dedica su vida a proteger a mujeres de este tipo de acusaciones. Constantemente rescata a mujeres y niñas que son sindicadas de estos actos, siendo victimas de violentos castigos e incluso sentencias de muerte por parte de las comunidades.

En muchos de los casos, Paulus se ve en la necesidad de asistir a estas mujeres, muchas veces teniendo que alejarlas de los poblados donde son amedrentadas. Mientras tanto, trata de que las victimas denuncien los casos a los tribunales y tengan protección por parte de los entes fiscales.

“Hay dos factores que me han ayudado a llegar donde estoy hoy: una voluntad de hierro y también haber sido víctima de violencia en mi propia piel. Yo tuve que afrontar esa situación sola, sin ayuda y por eso hoy quiero estar junto a las mujeres que sufren ese trance”, declara.

Sobre su compromiso con el tema, la defensora mantiene que “nunca debes dar un paso atrás por ser mujer” y que “si crees que puede hacer algo, hazlo. Tenemos que apoyarnos en la defensa de nuestros derechos humanos. Si no hay respecto, no hay equilibrio en el mundo”.