En 1934, el presidente Arturo Alessandri Palma, consultado por segundo año consecutivo sobre la posibilidad de crear un Consejo Económico y Social para las clases productoras, le dio una respuesta categórica a la élite empresarial: “Ustedes no tienen derecho a ser parte del Estado; frente a él, ustedes sólo tienen derecho a petición”. Fue esa negativa la que provocó la creación de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), la más poderosa organización gremial de Chile. A 82 años de su creación, el empresariado no forma parte del Estado, pero sí mantiene buenos negocios con él, influye en forma pública y no tanto en sus decisiones. Además, de acuerdo a los sucesivos escándalos de financiamiento irregular de la política, también paga -y bien- por ciertos favores.

En mayo de 2016, la CPC eligió a un hombre estratégico para recuperar la confianza del empresariado en la ciudadanía. El elegido fue Alfredo Moreno Charme, ex canciller del gobierno de Sebastián Piñera, dueño de una fortuna de US$50 millones de dólares y miembro de los directorios de seis empresas, entre ellas el del Grupo Penta, y tres fundaciones, como Avanza Chile, plataforma del propio Piñera.

El presidente electo sacó a Moreno del mundo empresarial para transformarlo en su canciller el año 2010. Ahora, volvió a hacer lo mismo, pero sorprendiendo a todos: Es el nuevo ministro de Desarrollo Social.

El perfil de un negociador

Durante la campaña por la CPC, la opción de Moreno creció en pocas semanas como una bola de nieve. La Cámara Nacional de Comercio, la Cámara Chilena de la Construcción (CChC), la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), la Sociedad Nacional de Minería (Sonami) y la Asociación de Bancos e Instituciones Financieras (ABIF), todas importantes agrupaciones empresariales apoyaron su candidatura.

Los historiadores Gabriel Salazar y Rolando Álvarez aseguran en sus investigaciones que  la tradición de la Confederación de la Producción y el Comercio la tradición es el consenso entre todas las ramas y no las elecciones competitivas. En ese sentido, los apoyos que tuvo Moreno por parte de la más grande multigremial lo perfilaron con una figura dialogante con el empresariado.

A diferencia de su amigo íntimo Sebastián Piñera -quien siempre retorna al viejo fantasma de mezclar política y negocios-, Moreno ha estado dedicado toda su vida a los negocios. Su cargo en la Cancillería entre 2010 y 2014 es más bien un paréntesis en su carrera empresarial, interrumpida una vez más por su nominación a Desarrollo Social.

Ingeniero Comercial de la Universidad Católica y egresado del tradicional colegio San Ignacio, Alfredo Moreno fue el mejor alumno de su generación en ambas instituciones. En el colegio jesuita sus simpatías estaban con la Democracia Cristiana, donde perdió unas elecciones encabezando una lista de centroizquierda. De perfil mateo, en la PUC cursó en forma paralela la carrera de Ingeniería Civil, aunque no la terminó por viajar a estudiar un magíster en Administración de Empresas (MBA) en la Universidad de Chicago. Fue allí donde forjó sus convicciones en las ideas neoliberales e hizo amigos para toda la vida, como Francisco Pérez Mackenna, ex presidente de la Asociación de AFP y hombre fuerte del Grupo Luksic.

Como es sabido, la experiencia internacional de Moreno no era de diplomacia pero sí de una fuerte red de poder: integró el famoso -y secreto- grupo G-50, fundado por el influyente escritor venezolano Moisés Naím. La pertenencia de Moreno a esta red de 50 hombres y mujeres latinoamericanas influyentes, que se reúnen dos veces al año en Washington, se relevó cuando el propio Naím declaró a la revista Poder: “Alfredo ha destacado siempre por su inteligencia e iniciativa. Pienso que intentará avanzar sobre la base de acuerdos y consensos”.

“El paso de Moreno por Cancillería no tuvo ni pena ni gloria, pero pasar sin penas con un presidente como Sebastián Piñera no es poco”, resume con ironía un funcionario del área comercial de Cancillería consultado por El Desconcierto. Con la perspectiva de los años, la evaluación general del rol de Moreno como canciller suele ser más positiva que negativa. La frase que se repite entre el mundo de la diplomacia y el de los negocios es una: “mucho sentido común”.

Pese a lo que se temía, el canciller Moreno mantuvo a una buena porción de funcionarios y diplomáticos que venían de la administraciones anteriores, especialmente aquellos que estaban vinculados a la Democracia Cristiana. Uno de ellos conversó con este medio en reserva de su nombre explicando que “tuvo muchos embajadores de sensibilidad concertacionista” y que “Moreno acostumbraba moderar a Piñera. En las misiones se presionaba para mostrar resultados, un par de veces se anunciaron cosas con motivo de visitas presidenciales y aún no estaban afinadas”, señala, especificando que “el carácter de Moreno es completamente opuesto al de Piñera”.

El pragmatismo y la habilidad negociadora de Moreno es cosa conocida. Supo lidiar con las exigencias de resultados “noticiables” de Piñera y la idea de política exterior heredera de la guerra fría de la UDI y aún así mantener buenas relaciones con toda la región cuando esta era gobernada mayoritariamente por la izquierda. En 2010, por ejemplo, Piñera fue el primer presidente en viajar a Ecuador para dar su apoyo al bolivariano Rafael Correa luego del intento de golpe de octubre en su contra, diez meses después de firmar el Acuerdo de Cooperación Económica entre los dos Estados.

El foco de Moreno fueron las alianzas de inversión y producción. Funcionarios diplomáticos relatan que el canciller de Brasil, Antonio Patriota, le habría preguntado extrañado a sus asesores quién era “ese tal señor Falabella” luego de la reunión privada que sostuvieron en 2011, ya que su par chileno habría ocupado a esa empresa como ejemplo en numerosas ocasiones. Moreno trabajó para los grupos familiares que en ese momento controlaban el holding del retail, las familias Solari y Del Río. El 2011 Falabella tenía planes de expandirse a un quinto país luego del inicio de operaciones en Perú, Colombia y Argentina y el episodio se comenta en la voz baja que se acostumbra en el medio diplomático. “A nadie le extraña mucho porque se asocia su figura a Piñera, que nunca ha sido muy bueno en lo de separar ámbitos”, comenta un directivo de ProChile, para señalar que “pese a eso, Alfredo Moreno es todo lo contrario de lo que esperaban algunos en Cancillería. El que cumplió el estereotipo del empresario de derecha fue su gran amigo Félix De Vicente. Moreno no: es amable, abierto al diálogo, se luce con anécdotas de sus caballos, puede convencer a cualquiera de algo si se toma el tiempo”.

Como uno de los pocos ministros que se mantuvo durante todo el gobierno de Piñera, a Moreno le correspondió llevar adelante las famosas “cuerdas separadas” entre política internacional y negocios que hoy están en cuestionamiento luego de conocerse las inversiones de las sociedades del ex presidente en Perú. Si algo de eso ha salpicado a Moreno, el efecto nunca se vio, ya que el consenso sobre su figura para la CPC fue firme durante su mandato. Tanto, que el propio Piñera volvió a confiar en él para su gabinete, en un Ministerio de Desarrollo Social que se anuncia “reformado” y que será parte del consejo político.