“Motiva saber que a tus 51 años de edad,

lo único que te pueden criticar es tu talento”,

Tom Araya, vocalista y bajista de Slayer

 

Leer este libro ha sido desempolvar recuerdos y trasladar mi memoria a mi juventud, a los años 80, cuando fui recién bautizado metalero. En ella surgieron amigos, bandas, zines, fotocopias blanco y negro, el Liceo A – 109 (cuna de bandas, revistas y mentores del underground chileno), caminatas por Gran Avenida, con sus esquinas de mezclilla, mucho parche, potreros con tipografías y demonios, incluyendo la gárgola de Dorso, sin duda una banda infaltable en carretes, en la radio doble casette en las canchas de tenis del 30, donde íbamos de aquelarre o en el personal estéreo a las 7 de la mañana en Los Morros con Los Carolinos y tomar la Conhabit – Quilicura en dirección al trabajo.

Mi Gran Avenida con la cacofonía de Dorso, nos acompañaba a nosotros unos pendejos, a cubrir esa rutina negra de la dictadura y sus necesidades. Encontramos refugio en el metal, en bandas como Dorso para desconocer ese entorno. Había que desnucar esa violencia social y económica, la frustración y el silencio de los padres. No conocíamos la medianoche por los toques de queda, solo una fantasía que enrostraba Canal 7. Con este libro recordé la visita del papa: acompañé a mi madre, con una chaqueta con un gran parche en la espalda de Venom de su álbum “Black Metal” y uno de Dorso pintado en el pecho. Recuerdo en estas páginas a Metallica y su “Master of Puppets”, a mi vieja escondiéndome el casette, y lo divertido de sorprenderla silbando el instrumental “Orion. Todo esto brota con el libro.

Conocí personalmente a la banda trabajando en la revista Sepulcro. La realizaba Mauricio Torres, apodado el “Fofi”: un zine media carta fotocopiada de 10 hojas. Su atributo, la portada a dos colores. Realizaba las entrevistas del español al portugués y viceversa, así entrevisté a bandas como Vulcano, mencionada en el libro y otras legendarias como Overdose, Dorsal Atlántica, cubríamos la pequeña escena de Santiago, acompañaba a Mauricio a tomar fotos (que luego se mandaban a revelar, demoraba una semana su entrega y muy pocas salían buenas), una vez fuimos a una tocata al Caracol de Ñuñoa, mi primer encuentro con un “Barrio Alto” que desconocía, hacíamos lo mismo en La Sala Lautaro, bastión del infierno, allí asistí a tocatas de Atomic Aggressor, Massacre, Nimrod, Oxizor, DTH o grupos que se aventuraban venir a Chile como GX3 y Hades del Perú (un clásico del metal sudamericano, hace unos meses disfruté esos recuerdos con su batero Oscar Cabrera en su tienda del sello Pentagram en Lima).

Volviendo al libro, en uno de esos recitales conocí al Pera, un enano buena onda, se paseaba sin poses ni arribismos (las había entre los metaleros dependiendo donde vivían, elegían a sus amigos y fans, algo que testimonia la publicación), sin titubeo, es un fiel testimonio de cómo vivíamos el metal under en aquellos años, funciona como una autobiografía, una evocación lúcida y dejada en el tintero, pero que volvemos a re – escribir en nuestros recuerdos a base de un lenguaje fresco y entretenido, una línea dramática y tiempo como si todo fue ayer, un atributo enorme al trabajo periodístico de Feña Márquez, sus colaboradores y por supuesto a la editorial.

También con el libro revivieron los carretes de lunes a viernes en la casa de Pejemoth (Mauro el ahora vocalista de Eutanasia), amigo del Pera, su abuela vivía en Lo Barnechea, un lugar muy lejos en esos años, íbamos y seguíamos las tomateras, fue una o dos veces con el líder de Dorso, oíamos bandas como Kreator, Slayer, Carcass y el recién salido demo de Nihilist (hoy Entombed), era infaltable entre ese ramillete de bandas no escuchar a Dorso, la única banda chilena en español que coreábamos unas quince gargantas, dando hincapié a que los vecinos llamaran a los pacos, nos  lanzaban piedras o nos cortaban la luz, respondíamos con frases en pseudo inglés, las cuales hasta hoy no tienen traducción. “Bajo una Luna Cámbrica”, “Guerra de Criaturas” y “Parajes a lo Desconocido”, sonaban a miles de kilómetros en el casette, la copia de la copia de la copia… perdía calidad el sonido, era la manera de escuchar “las primicias de nuestras bandas”, no había otra forma, eso es el libro la historia oculta de los inicios del verdadero metal chileno, hacíamos de todo por tener nuestra música.

Sin duda Dorso para los metaleros antiguos, su cántico o puesta en escena, marcó nuestra juventud, crecimos con ellos y juntos nos mantenemos ilesos a los cambios, hoy los “cabros chicos”, se ajustan los pantalones y usan zapatillas con caña, gracias a la vigencia de bandas como ellos, su historia en este libro es parte mía, el in sight de sus vivencias, pero en distintos escenarios, en esa época todos queríamos tener una banda, la más chacal, pero hoy no existe banda más original en su naturaleza, incluso como lo menciona la publicación, con el riesgo de echarse encima a los metaleros más radicales, jamás se achicaron o tuvieron miedo al qué dirán, el campo chileno fue su imaginario creativo, su simbología cristiana – gañan, su vocabulario, construyeron su sitial con músicos lejanos al mundo metal, ejemplo Joe Vasconcellos, ícono del rock chileno (quien lo tenía todo, Dorso nada), sin tapujos lo cuentan, los hace más extremos, creativos  y auténticos, un ejemplo, vestirse con ponchos de futre y chupallas de inquilinos en sus videos, emputecía a los más mesurados, pero no cambiaron.

Dorso no niega sus inicios con Van Halen o Kiss, un paso lógico, yo también llamé a radio Galaxia para pedir temas de Accept o Quiet Riot – tranquilo-,  pronto llegarían Slayer o Destruction. Otro hito de la banda, la estructura de sus letras y carátulas, un acercamiento a la contracultura de esos años, lo destaca el libro, distante a lo que realizan otras agrupaciones, las craneaba el Pera con amigos fotógrafos y diseñadores, también aporte de Gamal, sobrino de la poeta Diamela Eltit, por lo que en general sus lyrics hay influencia de la literatura chilena y universal, del cine gore y la mitología griega, una vanguardia artística que no se encuentra históricamente en otras bandas, lo que  les permitió entrar en círculos vetados al mundo metalero. Este libro es un aporte patrimonial a la historia del under más agresor de nuestro país. Sus párrafos funcionan como una crónica fehaciente de lo que fuimos y somos, me ha hecho reencontrarme con esa Gran Avenida, donde vivo y para siempre, donde nunca dejó de el metal, ser un vecino más.

Que así sea este libro, por siempre la Gran Avenida Metalera.

Dorso, 30 años: un experimento mentor
Feña Mánquez
Libros del Pez Espiral
40 páginas
Precio de referencia: $15.000