A veces el activismo puede ser muy placentero y entretenido. A veces puede significar hacer públicas nuestras formas de afectividad. El activismo puede significar también hacer cine, confiar en el otro que se registra. Otras veces puede ser muy decepcionante, porque nos sentimos aislados o porque sentimos que nuestra lucha es microscópica. Las cámaras del audiovisual son también parte de un activismo feminista degenerado que hace décadas inventa imágenes, es creativo, incorrecto y confía en la política de los cuerpos para transformar los modos de pensar el cine y las diversidades de género.

La ópera prima de Camila José Donoso que se rodó en Ciudad de México es una necesaria respuesta a los discursos de odio que se reproducen en contra de la comunidad trans y al interior de la misma. La película no se detiene en la exotización de un personaje travesti, las trans no son solamente parte de la industria del entretenimiento heterosexual, sino que son vidas que condensan muchas injusticias. Esto no es RuPaul Drag Race, no es una competencia.

La comunidad trans adquiere nuevos diagramas del deseo en un cine comprometido con sus actrices que son pura vida. No creo en el cine que no se pregunta por el lugar, ni los cuerpos de sus personajes, sino en un cine que expande las preguntas y cuestionamientos planteados por los movimientos feministas. El concepto de género está en un proceso de disputa y decadencia contemporánea: género significa para muchos ya un lugar caótico y de mera confusión. Las diversidades de géneros no-binarias o disidentes adquieren más reconocimiento en un tiempo trans-capitalista donde las vidas trans están en la punta de una oleada que inunda los cimientos tradicionales del sexo. En buena hora para nosotras las raritas. Pero para los grupos conservadores, tradicionales y pro-familia el género seguirá restringiéndose el género a dos sexos, femenino y masculino, identidades que definen modelos de ser hombre y ser mujer.

Casa Roshell excede las categorías de género, inunda los anhelos de la familia heterosexual, entregando un mundo donde hay gemelas trans, trans sirenitas, travestis indígenas, donde ingresan nuevas formas de masculinidad: los chacales; introduce saberes travestis que circulan con el empuje del tequila. Por lo tanto, la película se ubica en el conflicto actual de las sexualidades donde cada vez más queda abierto el significado de los géneros en un fluir constante.

Lo interesante de la película es que no cae en los clichés sobre lo queer, idealizando corporalidades no-binarias que circulan como emblemas de un futurismo sexual. Ni tampoco abusa del espectáculo de las tragedias maricas. No. Afortunadamente en Casa Roshell se registra un hogar travesti sin pretensiones autoritarias, ingresan otras temporalidades de sexualidades envejecidas que no son parte de una moda trans oficialista y se escucha un dolor propio de las sexualidades del sur. No realiza estos errores, porque es una película demasiado situada y honesta.

El activismo sexual adquiere nuevas imágenes con un cine donde gravitan los cuerpos que caminan en el club del deseo y donde las categorías de género se embriagan y cofunden con el sonido de una cumbia andina que desde las alturas suena desgarrada y acompaña la noche de vidas trans que existen en un espacio oscuro de resistencia. Casa Roshell crea un campo cinematográficamente magnético en torno a las sexualidades posmenopáusicas. Una película elegantemente doméstica, transfeminista y que se resiste a ser encasillada como en la selva neoliberal de los sexos.

En las distintas ciudades donde se ha mostrado esta película (Arica, Tijuana, Madrid, Ginebra, Jeonju, entre otras) el público ha destacado la sensualidad del film. Pocas veces en el cine las mujeres trans desean con tanta pasión y sin vergüenza, sin que como consecuencia sean asesinadas o agredidas sexualmente como en películas íconos de la cultura trans como Boys don´t cry, Mi vida en rosa, Madame Sata o en el caso chileno La Mujer Fantástica. La película no cae en el cliché de la víctima, como lo hacen muchos films protagonizadas por trans. Por otra parte, la emergencia de un cine LGBT desde algunos años, no hace sino dudar de los usos que hace el cine de las vidas de maricas, trans y lesbianas para montar una imagen de progresismo de un país dominado por un Estado más religioso que laico.

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Comunicador e integrante del Colectivo de disidencia sexual (CUDS)