“Esta época escasa que vivimos fue preparada con larga violencia; lo fue también por los técnicos del lenguaje” – Guadalupe Santa Cruz

Esperar otra cosa de Piñera habría sido ridículo. Quienes creían que el ministerio de la Mujer podría haber una voz liberal, o que en Educación pudiera haber habido un ministro menos neoliberal, aún no saben (o aún mantienen la ilusión) qué es la derecha chilena. Una derecha amenazada espectralmente por la posibilidad de una transformación del régimen de propiedad en el contexto del nuevo capitalismo corporativo-financiero, es una derecha que va al ataque. La derecha está para eso: para aceitar la circulación del capital (ellos le llaman “libertad”) e intentar hacernos felices. Y usará todos los medios para llevarlo a cabo. Se trata del triunfo del capitalismo corporativo-financiero, que duda cabe.

Piñera pretende restituir un “relato” para la derecha, aquella que la conmina a la misión histórica de llevar adelante la “segunda transición” en orden a instalar un tercer momento del neoliberalismo chileno: si el primero se hizo bajo dictadura, en pleno contexto de guerra fría y con la dogmática mano de José Piñera desplegando toda la violencia militar que imponía un orden; si el segundo se hizo construyendo una “transitología” como razón de Estado en el nuevo escenario “democrático” de los consensos cupulares y los precarios equilibrios militares; el tercero podría ser definido como aquél en que el Piñera astuto y no el dogmático, pretende inaugurar, que consiste no sólo en que haya neoliberalismo, sino que todos estemos felices de vivir en él.  Se trata de consolidar el programa neoliberal a nivel “espiritual”, si se quiere, para expandir esa “larga violencia” (esa “tradición”), ahora, a través de la consolidación de nuevos técnicos del lenguaje.

Construir un relato no es cualquier cosa. No surge como una simple propaganda publicitaria, coyuntural a las elecciones. Requiere proyecto, imágenes capaces de activar una cierta reserva mítica que de curso a una cierta legitimidad histórica y política. Para ello, no se necesita sólo ganar elecciones, sino algo mucho más decisivo, resulta imperativo plantear una cierta imagen acerca del presente y conectarla con una historia y aquello que, sólo desde el presente, llamamos “tradición”. Un relato es todo eso, un “orden del discurso” si se quiere, que tiene capacidad de delimitar lo decible de lo no decible, lo que puede ser pensado y lo que no. Para ello, la vía intelectual resulta una arista clave. Es ella la que hace de las prácticas, gestos y modos de ser inteligibles, construye su sentido e intenta vincularle con su “tradición” para dar la ilusión de continuidad.

Desde las movilizaciones del año 2011 la derecha política comenzó el arduo trabajo intelectual para constituir algún discurso que pudiera disputar contra las izquierdas, el vacío abierto por esas mismas movilizaciones. Si el CEP se quedó fuera de juego, pues se mostró como un think tank “transicional”, durante los últimos años surgieron otros y, con ello, algunos rostros intelectuales que se vuelven interesantes de escuchar a la hora de pensar la situación política en que vivimos. Un relato no es algo que está ahí. Constituye un ensamble discursivo que debe articular un pasado con un presente. En efecto, que la derecha piense no es algo nuevo . Pero puede serlo para una concepción de la política que aún pretende vivir en los años 90 cuando el discurso de la derecha parecía uno y el mismo: “cosismo” neoliberal.

La época del “cosismo”, quizás, está quedando atrás. En las discusiones de la derecha intelectual es precisamente dicho “cosismo” y todo el paradigma “economicista” que le sustenta, el que está comenzado a ponerse en cuestión. Nombremos algunas figuras intelectuales que van en esa línea: Hugo Herrera (La derecha chilena en la crisis del bicentenario) y Daniel Mansuy (Nos fuimos quedando en silencio). Dos intelectuales que llaman la atención porque, después de mucho tiempo, la derecha parece deslizarse hacia las humanidades (en específico la filosofía) más allá de la “economía” que hasta ahora sigue siendo su saber hegemónico. No es primera vez que la derecha traba una reflexión desde las humanidades. Pero uno de los últimos que lo hizo fue el historiador Mario Góngora –en medio de su derrota contra la propia derecha neoliberal que estaba emergiendo. Herrera y Mansuy comprenden que sólo ese deslizamiento hacia las humanidades puede abrir una reflexión que permita construir el relato.

Otra figura notable es Valentina Verbal con su libro La derecha perdida también pone en primer plano la falta de relato, pero apostando por la “libertad” no solo en un sentido “economicista”, sino en términos “valóricos”. De ahí que Verbal instale la discusión de “género” (nuevamente otro asunto que remite a ese nivel superestructural que constata la crisis de relato y la necesidad de criticar el “economicismo”). Seguramente, por poner los temas de “género” en un cierto sentido liberal, Verbal encuentra un lugar interesante e inquietante en la derecha chilena actual, si atendemos a su característico conservadurismo.

En esta escena, figuras como Axel Kaiser que, a pesar de ser una figura “partisana” como dice Mansuy, de libros muy deficientes, también escriben inspirados por el mismo problema: la falta de relato. Sólo que Kaiser piensa que éste debe ser ubicado en la defensa a ultranza de la economía neoliberal. En ese sentido, Kaiser apuesta por un relato con las categorías que, paradójicamente, habrían llevado a vaciar a la derecha de todo relato. Para eso, Kaiser no tiene más alternativa que sucumbir a una reivindicación supuestamente “identitarista” en orden a decir: la derecha debería defender tal y cual tesis y no ceder jamás, a la noción de Estado o a cualquier tipo de comunitarismo puesto que en ello, yace el germen de todo socialismo. En ese sentido, Kaiser es un reaccionario al interior de la propia derecha (un Osama Bin Laden en versión cómica). 

En cambio, Herrera, Mansuy, Verbal –a quienes habría que agregar el interesante trabajo de Pablo Ortúzar (El poder del poder)– que tienen una densidad teórica cualitativamente superior a la de Kaiser, apuestan por una crítica al “economicismo” como salida a la crisis de relato, a la debacle política –que coincide necesariamente con el triunfo electoral– de la derecha chilena contemporánea.

Hoy, cuando la derecha política ha vuelto a La Moneda y pretende consolidar el tercer tiempo del neoliberalismo, sólo una filosofía, paradójicamente, “no economicista” puede brindarle inteligibilidad. Es en ese salto hacia la dimensión “superestructural” donde se juegan los afectos, los discursos, los valores, las tradiciones. Y es a ese lugar al que los nuevos intelectuales parecen estar apuntando. Como si hubieran superado el momento del “neoliberalismo vulgar” característico de los Chicago Boys (tratado de “economicista”) dado que ese primer momento ya fue superado por el “neoliberalismo democrático” de la Concertación, sobre el cual debe asentarse el anudamiento del nuevo pacto oligárquico. Si la derecha política puede tener un futuro es sólo asumiendo los conceptos concertacionistas dándoles una nueva lectura. Por eso, no es casual que tanto Herrera, Mansuy y Ortúzar tengan al trabajo de Fernando Atria como su katechón, como el punto que es necesario rebatir con todas sus fuerzas para disputar ahí el lugar de lo público y el lugar del Estado. La antigua derecha del “neoliberalismo vulgar” no puede rebatirlo pues intenta solucionar el problema (el lugar del Estado y de lo público) negándolo. Ergo, la única alternativa es ingresar en los textos de Atria y superarlos para que sea la derecha y no la “izquierda” la que pueda ofrecer un tercer tiempo del neoliberalismo y anude así al nuevo pacto oligárquico que pueda dar gobernabilidad al país, articulando lo que Piñera ha denominado la “segunda transición” y que está por verse si puede o no consolidar.

No es lugar aquí para exponer el trabajo de cada uno de estos autores y su relación a Atria. Tampoco para mencionar a otros intelectuales que han iniciado ese debate. Ya habrán más columnas para eso. Por ahora, bástenos con subrayar que la derecha apuesta a construir esa nueva “razón de Estado” que Piñera denomina “segunda transición” sólo si recurre a sus nuevos intelectuales y a su debate público. Son ellos quienes han llamado la atención sobre la falta de relato y la necesidad de la política para la derecha. Y, con ellos, ha sido la propia derecha la que ha pretendido superarse a sí misma, en base a una fórmula que, jugando con una paráfrasis a Carl Schmitt, podríamos explicitar así: todos los conceptos piñeristas son hoy conceptos concertacionistas secularizados.


Académico, Universidad de Chile