Enero, que pareciera traer pocas cosas nuevas, ha dado evidencias de un curioso despertar crítico de la conciencia pública con respecto a ciertos fundamentos icónicos instalados desde hace tiempo en nuestro imaginario colectivo. Andrés Zaldívar, “memetizado” como un mono eternizado en el Congreso, Hernán Larraín, criticado en su designación como ministro de justicia después de tantos amenes que pareciera haber dado en su pasado juvenil al famoso Paul Schaefer, el papa Francisco criticado hasta el punto de la sátira y de la apostasía, y, ahora, Los Huasos Quincheros, pifiados en Olmué.

Para comprender el significado de estas pifias, hay que partir por razonar mínimamente el significado que han tenido Los Quincheros en la instalación del canon folclórico chileno. Ellos recogen una tradición que hunde sus raíces en un cierto criollismo que entró en crisis en las décadas de los veinte y treinta en nuestra región latinoamericana. Jorge Luis Borges, en su ensayo “El escritor argentino y la tradición” (1932) desenmascara la falsedad que contiene ese tipo de folclor que inventa una identidad nacional desde los ámbitos citadinos en donde se mueven los grandes poetas, novelistas y compositores musicales. Ellos, en efecto, inventan una identidad nacional a base de tópicos que representan un sector hegemonizado por su invención cultural.

En Chile, tal hegemonía identitaria se relaciona con los símbolos asociados a la cultura campestre de la zona central. Ser chileno -y buen chileno- vino a ser sinónimo de espuelas, rodeo, poncho, caballos, casas nobles de adobe colonial, tinajas en largos corredores, y todo lo que fácilmente se puede recordar al respecto. Las demás identidades fueron obliteradas por ese imaginario y marginadas casi como cosa de gentiles y de bárbaros. Más aún, el escenario rural de estos amantes del color local no era otro que el que imaginaban o percibían los acomodados intelectuales urbanos cuando visitaban su fundo veraniego, al que gustaban adornar con una visión edulcorada destinada a hacer de esos espacios un lugar para la añoranza tardorromántica casi edénica, macondiana, puerilmente depositaria de los méritos del buen salvaje. Esa entelequia palaciega, entre otras cosas, inventó términos cursis que hemos heredado: algarrobal, mimbral, carrizal, e incluso el mismo “Patagual”, nombre que lleva el escenario que, sígnicamente, estaba llamado a ser el templo de sus liturgias y el museo de sus colecciones más preciadas.

Por todo esto, que Los Quincheros sean pifiados en ese espacio revela el síntoma del malestar que supone su constante propuesta reproductiva, repetitiva y anquilosada sobre la identidad chilena. El reproche a la connivencia que ellos cultivaron con los crímenes de la Dictadura no es más que la punta del iceberg. El fenómeno es más profundo, pues se constituye en un reclamo que viene desde la galería para atender cuestiones no resueltas y que, poco a poco, comienza a hacerse voz, ya no solo en las periferias culturales, sino en los centros mismos donde la cultura oficial intenta mantener y revitalizar sus tradiciones.

Algunos piensan que estos fenómenos son disgregadores y disolventes, y que amenazan los discursos identitarios. Sabemos que no es así. La identidad es una cuestión compleja y está hecha de muchos matices, de muchas voces y de múltiples orígenes. Todo purismo no es más que un fijación idealista que termina por revelar su faz hipócrita y su conveniencia política. Seguirán cantando en sus escenarios y seguirán siendo aplaudidos por los entusiastas del “verdadero folclor”, pero difícilmente serán aceptados, sin polémicas, como los auténticos representantes del alma chilena.


Doctor en Literatura, académico de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación