La noche del pasado viernes se tomó las redes sociales #JusticiaParaPaula, una desgarradora historia contada por la misma Paula, quien no puede moverse, vive en constante dolor y los paliativos ya no tienen efecto. Nos pide como sociedad que la dejemos descansar y no la obliguemos a seguir sufriendo. Nos pide eutanasia, pero hoy es un delito.

Esto no es nuevo. El 2015 tuvimos el caso de Valentina, quien valientemente solicitó la eutanasia a la presidenta Bachelet poniendo el tema en discusión. La presidenta fue a visitarla, la discusión llegó al Congreso, pero se estancó en la comisión de salud, donde primó la “defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural” como dogma por sobre una discusión seria y con empatía. Algunos meses después nos enteraríamos que la eutanasia tiene apoyo mayoritario en la población, pero ya el tema estaba dormido.

La eutanasia consiste en la acción de ayudar a un paciente que sufre a cumplir su voluntad y morir con dignidad, esta se hace sólo tras consentimiento del paciente en pleno uso de sus facultades mentales y tras la validación de un equipo médico. Se diferencia del suicidio asistido en que en este último es el paciente quien realiza la acción y el equipo médico sólo proporciona los insumos. En lo que refiere a legislar estos temas, hay bastante espacio para discutir y no hay soluciones únicas, se puede restringir a enfermos terminales o puede también incluir personas con enfermedades o dolores crónicos, podría ser sólo para adultos o también incluir a menores con consentimiento adicional de sus padres. Hay espacio para análisis y discusión, mucho trabajo por hacer, pero ni siquiera nos animamos a iniciar el debate.

En esta discusión tenemos el caso más evidente de cómo las posiciones conservadoras privilegian el dogma por sobre las personas. Preguntémonos: ¿qué valor o daño genera para un tercero la eutanasia o ausencia de esta? No hay ningún valor en mantener con vida a la fuerza a un enfermo terminal que sufre, no se genera ningún daño al permitir que esta persona fallezca en sus términos, respetando su voluntad y lo que define para sí misma como dignidad. El único tercero involucrado sería el médico y con la objeción de conciencia se resuelve que ninguno sea obligado a obrar contra sus principios sin restringir que quien considere que lo correcto es priorizar la empatía y respetar la voluntad de la paciente pueda asistirlo.

Pero si hay un problema y es nuestro: discutir sobre vida y muerte es incómodo e implica tomar una responsabilidad que no queremos. A esto se suma que no es un tema redituable para poner en agenda, implica exponerse a críticas, caricaturas de quienes no quieren entender la seriedad de la discusión, acusaciones de utilizar una circunstancia dolorosa para mover una agenda y al no haber un grupo organizado que defienda estos casos que son poco frecuentes y nada visibles, no mueve votos tomar estas posiciones por lo que no trae ningún beneficio concreto y se le puede quitar prioridad con el conocido “son muy poquitos”.

Y ese es el problema que se repite. Por un lado, en el mundo conservador el sufrimiento ajeno se filtra a través de las creencias y quieren decidir por sobre cada uno lo que es dignidad, creen saber mejor que Paula cómo debe afrontar su sufrimiento y en su superioridad moral definen de forma absoluta y vinculante para toda la sociedad que la eutanasia es un homicidio y debe estar prohibida. Por el otro lado, no nos atrevemos a tocar un tema que no es agradable discutir, así que tras alguna muestra de empatía, algunas oraciones y otros buenos deseos, optamos por olvidar el tema hasta que aparezca un caso nuevo.

Pero es importante que discutamos estos temas difíciles, son los que definen qué tipo de sociedad somos. Podemos ser una sociedad en la que se valora la libertad, nuestra dignidad como ciudadanos y reconoce que tenemos capacidad para definir sobre nuestras vidas y muertes, o podemos seguir siendo una sociedad que privilegia la pureza moral a costa del sufrimiento de terceros y mete bajo la alfombra las discusiones incómodas.

Y sí, saldrán algunos que dirán que se quiere legalizar el asesinato, se relativiza el valor de la vida, vamos a permitir la eutanasia de personas que no pueden consentir, abrimos la caja de Pandora y quién sabe a dónde nos llevará; cuando escuchemos esto respiremos hondo, retomemos la calma y recordemos que predicciones catastróficas como estas son las que repiten en cualquier cambio como aborto y diversidad, así como se usaron en el pasado para el trabajo y el voto femenino. Sabemos que la posverdad saldrá al ataque para generar miedo, no dejemos que boicoteen la discusión.

Entendamos de una vez que no actuar es también una posición con consecuencias y el sufrimiento innecesario de casos como el de Paula es algo que cargamos como sociedad hasta que salgamos de nuestra comodidad, superemos la indiferencia y discutamos sobre eutanasia seriamente.


Ingeniera industrial y activista en diversidad