Tras la siniestra tortura y asesinato de la lactante Sophia por parte de su propio padre, un hombre con claros problemas mentales, la ira popular se esparció como la pólvora desde Puerto Montt a todo el resto del país, donde gente enceguecida de rabia pedía a gritos la pena de muerte para el victimario. Querían su cabeza. La frase “ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre” volvía a la boca de miles de personas que no encontraron mejor salida que la pena capital para acabar con el psicópata, al más puro estilo medieval. Maravillados por esa ira populista, parlamentarios de la derecha como Iván Moreira no perdieron la oportunidad de correr al primer micrófono disponible para anunciar que solicitaría al parlamento discutir la vuelta del asesinato contra la propia voluntad al código penal chileno.

Más allá de seguir dando tribuna al tema de la pena de muerte, cuya reimplantación sería prácticamente imposible (porque reponerla en Chile significaría tener que salir del Pacto de San José, por ende, muchos otros derechos humanos quedarían fuera de la protección constitucional, pudiendo así abrir las puertas a un populismo penal aún mayor que nadie tolerará), su vuelta al debate público ha servido para abrir la ventana a otros de los derechos donde Chile aún está al debe con los ciudadanos. Me refiero a la legalización de la Eutanasia, al derecho que debiésemos tener todos a morir.

Bastaría ir a un hospital y hablar con un enfermo terminal o con un anciano desahuciado, que nos contara de primera mano los dolores físicos indescriptibles debidos a su enfermedad. Sus lágrimas de dolor, un dolor real, físico, tan doloroso que dan ganas de gritar y golpearse contra la pared para que se termine el horror de una vez… debería bastarle a cualquier parlamentario para salir de aquella sala y manejar directo al hemiciclo para votar a favor de su legalización, independientemente de sus creencias religiosas, morales o valóricas. Ese dolor infinito es real, existe. Tan reales como esas miles de personas condenadas a no poder descansar de una vez, condenas a vivir con un sufrimiento físico, del cual nadie, ninguno de nosotros está libre. Se trata del derecho básico y legítimo a tener una buena muerte.

Si bien se trata de un tema sensible, donde el debate valórico da para toda clase de opiniones, la eutanasia debemos entenderla como un derecho más que los ciudadanos debemos tener, y que el Estado tiene la obligación de garantizar, esté uno en contra o a favor e independientemente a si uno es creyente o ateo. Es nuestro derecho tener la opción, idéntico al matrimonio homosexual, la adopción homoparental o la igualdad de género. Son derechos que nos permiten abrir la puerta a un país que avanza y observa el futuro del desarrollo humano personal y grupal con altura de miras, que caracterizan a un país vanguardista y revolucionario, de avanzada. Aún la derecha más férrea, más fanática, si se declara promotora de la vida, debiese tener la sabiduría suficiente para dejar morir en paz a una persona que sufre.

Evidentemente la eutanasia no es un tema nuevo, sino muy por el contrario, ha estado ligada desde siempre al desarrollo de la medicina y también a la historia del hombre, donde se han enfrentado infinidad de ideologías casi como deporte. En la antigua Grecia clásica ni siquiera planteaba problemas morales ni grandes discusiones en su concepción de que una mala vida no era digna de ser vivida y punto. Fue en la Edad Media donde la religión cristiana transformó en pecado la eutanasia, como así también el suicidio y el aborto, argumentando que solo un cierto Dios podía disponer libremente sobre la vida de la gente… probablemente será esa misma medievalidad religiosa la que usarán no pocos parlamentarios para negarse a legalizar la eutanasia. Sin embargo, esos parlamentarios deberán también saber que el nuestro es un Estado laico, donde las opiniones religiosas, morales y valóricas corresponden a su autoridad, únicamente, de la puerta de sus casas para adentro, no en el hemiciclo.

Hoy en día Colombia nos lleva la delantera respecto a la legalización de la eutanasia, pioneros en América Latina. Le acompañan otros cuatro en el resto del mundo: Holanda, Canadá, Bélgica y Luxemburgo. La eutanasia además está permitida en cinco estados dentro de los Estados Unidos: Oregon, Washington, Montana, Vermont y California. La legalización del derecho a morir dignamente, de ser aprobada por nuestra cámara de representantes, nos dispararía a nivel mundial, en un solo momento, en la valiosa escala de respeto por los derechos humanos.

Atentamente,
Alexis Ceballos
Militante Partido Demócrata Cristiano de Chile