¿Hay personas que merecen la pena de muerte? Puedo entender el sentimiento de quienes creen que sí.

El 23 de julio de 2003 fue el peor día de mi vida. Ese día, como cualquier otro, me desperté temprano, fui al trabajo, me metí en mis cosas y jamás habría imaginado que cerca del mediodía, en una llamada de mi madre, cambiaría mi mundo. Me dijo por teléfono lo que había pasado, pero no lo pude creer, no lo quería creer, tenía que escucharlo en persona, así que partí tan rápido como pude a mi casa y cuando llegué mi madre me confirmó la noticia más devastadora que jamás he recibido: “mataron a tu papá”.

Allá en Perú, en lo alto de Ayacucho, todo ocurrió el día anterior. Mi padre y su equipo estaban en un campamento a 4.300 metros de altura en la localidad de Puquio, trabajando en exploración minera y hacía frío. Al final de la tarde, tras un día de trabajo, partieron a descansar a las carpas, estaban compartiendo algo de comida cuando escucharon ruidos a lo lejos que no llegaron a identificar hasta que Italo –su colega y amigo– gritó “me hirieron”. Mi papá, sin pensarlo, trató de sacarlo de la línea de fuego y es ahí donde también lo hieren. Después de eso llegaron los criminales, reunieron a todos –incluidos los heridos– y los golpearon sin decir una palabra mientras urgaban las cosas. Mi padre agonizó aislado durante sus últimos momentos, el último que le sostuvo la mano fue su amigo Italo quien fue luego separado de él a punta de pistola.

Nunca lloré tanto como esos días. Todavía recuerdo cómo me desplomé el momento en que vi llegar el ataúd que lo traía, no podía entender tanta crueldad. ¿Por qué nos quitaron a mi padre? Ese día murió una parte de mi madre y que no recupera hasta ahora, fue su primer pololo y ella la de él, llevaban 24 años de casados y se amaban. Nunca he visto a mi mamá tan dolida, desesperada y destrozada como esos días, lloró desconsoladamente por varios años, tuvo que irse de ese Perú que se le hacía insoportable por todos los recuerdos de mi padre que le traía y rehízo su vida en Estados Unidos.

Pasado el dolor inmediato y el funeral, mientras trataba de recomponerme, me llené de odio. Fue inhumano lo que hicieron, llegaron para matar sin titubeos, sin ningún respeto por la vida, ya reducido el grupo no tuvieron ninguna compasión por mi papá que agonizaba, no pensaron un segundo en los deudos. Quería que los atraparan para que paguen, deseaba que hubiera pena de muerte pero no había y, en mi frustración y mi odio, llegué a imaginarme pagándole a alguien para que maten a esos animales en la cárcel. Para mí ya no eran humanos.

Puedo entender porque hay personas a favor de la pena de muerte. Lo he sentido.

Pero mientras me despedía sentí la mirada compasiva de mi padre, de quién no tengo recuerdos odiando. ¿Qué estaba haciendo? Los estaba deshumanizando de la misma forma en que ellos a mi padre cuando le dispararon, los estaba odiando de la misma forma en que estaban llenos de odio cuando atacaron y me imaginé incapaz de mirar a mi padre a los ojos tras convertirme en alguien como quienes le habían quitado la vida.

Y es que cuando hablamos de Ayacucho hablamos de personas que crecieron en la extrema pobreza, se trata de quienes vivieron con más fuerza la violencia terrorista y un lugar donde a muchos menores fueron secuestrados por estos grupos donde les enseñaron a crecer odiando, los que no tuvieron este destino probablemente vivieron rodeados de muerte.

Cuando pienso en todo esto ya no siento odio por ellos sino compasión. Ellos nunca tuvieron un padre como el mío que les enseñó a valorar la vida humana. No tuvieron la tranquilidad que yo tuve mientras crecía, la cual me permitió tener relaciones constructivas y desarrollar empatía. A mis 23 años mataron a mi papá, pero probablemente ellos no tuvieron ni un día a alguien como él en sus vidas.

La gente mata por diferentes motivos, pero en cada caso es suprimiendo la empatía, deshumanizando a esta persona, su historia, sus seres queridos y perdiendo el respeto por su vida. Cuando pedimos pena de muerte para los criminales estamos haciendo lo mismo, bloqueamos de nuestra mente que tienen una historia generalmente muy dolorosa, los deshumanizamos, bloqueamos la compasión que deberíamos tener por personas como ellos, que no logran la felicidad que logramos los demás, pedimos ejecutarlos sin considerar a sus familiares y perdemos el respeto por su vida. ¿Es esa la solución para reducir los crímenes violentos? No lo es.

Oponerse a la pena de muerte no es sobre lo que merezcan o no los criminales, sino sobre qué tipo de sociedad somos. Se trata de que para ejecutarlos tenemos que convertirnos en eso que odiamos, en ellos.

Quienes cometen crímenes como este tienen que pagar por lo que hicieron, deben ir a la cárcel y no salir de ahí si no han sido rehabilitados. La violencia no se cura con más violencia, no evitamos que criminales deshumanicen a sus víctimas si amparamos un estado que deshumaniza y cuando el estado ejecuta lo hace a nombre de todos.

Yo no soy como quienes mataron a mi padre, por eso me opongo a la pena de muerte.


Ingeniera industrial y activista en diversidad