Gatos, complicidad y amor. Gabriela Mistral y Doris Dana construyeron una bella historia que la sociedad chilena prefirió ignorar durante muchos años. La crítica, incluso la academia, dejó bajó la alfombra un romance profundo que mostró la pasión de la poetisa y Premio Nobel de Literatura y dejó caer la falsa imagen de mujer asexuada y apática que construyeron alrededor de ella.

Ambas se conocieron en 1946, cuando la profesora y poeta hizo una exposición de su obra literaria en el Barnard College. Atrapada por su personalidad, Doris le escribió una carta que sería decisiva en el destino de las dos: “Mi querida maestra”, comenzó en su misiva, un escrito que iniciaría una intensa correspondencia mutua que las unió hasta la muerte.

El respeto y la admiración mutua entre Doris y Gabriela queda en manifiesto en las cartas que luego han sido publicadas, así como en extractos de conversaciones entre ambas. Algunas de ellas fueron rescatadas por el documental “Locas Mujeres” (2011) de María Elena Wood, donde la pareja es retratada en su intimidad.

“Yo te quiero, ¿tú me quieres?”, pregunta Dana en una de las conversaciones. “No sé cómo tú te portes después, todavía no creo yo en ti”, responde una provocadora Gabriela. “¡Siete años y no crees! Siete años que estamos juntas. Desde el 48. Es muy bonito esto, ¿no?”, reflexiona Doris enamorada.

En otro de los diálogos reflexiona Mistral: “Las vidas que se juntan aquí, se juntan por algo. Y están esos encuentros que se tienen que fracasan, que se casan y ellos creen que se adoran y es fracaso…”. Entonces Doris le recuerda que es su aniversario de 7 años y unos minutos después, Gabriela consigna: “Lindo… Hay que cuidar esto, Doris, es una cosa delicada el amor”.

También hay emotivos pasajes en la correspondencia entre ambas: “Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí”, le escribió Gabriela a Doris, el 22 de abril de 1949.

En su aún precario español, Dana también respondería, dejando de manifiesto el profundo amor que las unía: “Veo el cielo, recuerdo millones de cielos sobre la cabeza más querida en el mundo. Y pienso “este mismo cielo toca a la cabeza de mi querida”, y yo mando a ti un beso, un toque tierno y pasionado por los nubes que pasan, que tal vez van a verte pronto en […]. Y tengo celos de estos nubes que pueden verte más pronto que yo. Y el viento —el viento me abraza— y yo ruego al viento “abraza a ella para mí, haga que ella que es mi abrazo, tierno, y pasionado”. Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, pueden abrazarte y besarte para mí”.

Escucha a continuación el extracto de una conversación entre ambas: