—Tu poesía está cruzada por el dolor de la precariedad, de saberse impotente frente a las circunstancias de la vida. Impotencia que, al mismo tiempo, se vuelve una fortaleza al no esperar nada de nadie.  ¿De dónde viene este ímpetu?
—El trabajo poético que he desarrollado tiene esa estética, que podríamos denominar como del derrumbe. A la vez, está patente la idea de la sobrevivencia, desde una perspectiva social y anímica. Creo que es una radiografía de la cosificación de las relaciones humanas, las carencias y las múltiples búsquedas de significado y sentido para seguir funcionando. También está presente en los textos la visión de un regreso a lo esencial, a la reflexión de que la fuerza interior es un motor imparable, y los libros que he publicado tienen esa concatenación: una cadena de historias y hechos inseparables mediados por lo autobiográfico y la observación.

—Siguiendo la línea anterior, la hablante lírica de “Hospicio” se muestra como una sobreviviente en la ciudad hostil. De manera similar, sus habitantes heredan, en cierto modo, los vicios de la propia ciudad. ¿Pueden las ciudades (de)formar el carácter de su gente?
—Las ciudades son ecosistemas tridimensionales, no existe una sola ciudad en ella misma. Abundan los no lugares donde la exclusión, la raza, la etnia, la pobreza invisibiliza a los sujetos. Depende de la mirada, del contexto sociocultural, del momento, de la historia que se quiere narrar, y lo que se atisba con ingenuidad como lo que desea encontrar. Las ciudades son también las personas que la habitan, sus gestos, sus rostros, sus hábitos, sus esperanzas y aspiraciones, que también corresponden al sistema socioeconómico en donde se insertan. Todo eso es político y manipulado por estereotipos totalitarios que enferman de tristeza y violentan a las personas.

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—Hay una recurrencia en los poemas que componen “Hospicio” que tiene que ver con objetos domésticos, donde sorprende la recurrencia de colchones, ampolletas, el propio vidrio molido. ¿Por qué esta fijación con objetos, a primera vista, tan vanos?
—Me interesa el trabajo con los elementos cotidianos. Las pequeñas historias que pueden volverse metáforas de emociones y estados. La belleza está en todos los sitios y el trabajo del escritor es encontrarla. Doblegar los estándares típicos y decimonónicos sobre a qué cantar en el poema. Para mí, ver una pared descascarada y sus múltiples capas de pintura tras los años me parece épico, real y conmovedor.

—El cliché reza que “Chile [es], país de poetas”. ¿Qué es lo que tiene este género literario que permite, tal vez, relatar de mejor manera la crudeza de vivir acá? ¿Crees que es así?
—Me parece que el lenguaje poético permite señalar desde la emoción, sin nombrar ni prefijar una mirada. Es como una fogata nocturna que da la posibilidad de ensimismarse, sin articular teorías ni tender a intelectualizar. Sólo observar y entender ese goce. Ese momento de revelación es, para mí, la escritura.