Corría agosto de 1999 y en Santiago se organizaba un gran coloquio franco-chileno donde el tema a tratar refería por entonces (y todavía hoy) a uno de los grandes impensados –porque lleva al pensamiento a sus mismos límites- de las sociedades contemporáneas: la desaparición política. ¿Cómo pensar, desde la filosofía, desde el arte, desde el psicoanálisis, el estatuto de la imposibilidad del duelo y de todo rito mortuorio (que están a la base misma de la sociabilidad) cuando no están los cuerpos, cuándo la ausencia de los cuerpos desborda toda posibilidad de representación estética, política, teórica?

El coloquio había tenido lugar en Brasil, en Argentina y en Francia. Las actas de la versión chilena, editadas por Nelly Richard y tituladas “Políticas y estéticas de la memoria” (Cuarto Propio, 1999), se transformarían en un referente para quienes, por diversos motivos, hemos querido intentar pensar ese impensable que es la desaparición política y la violencia extrema que la sustenta.

Uno de los organizadores de este verdadero acontecimiento intelectual (en Francia, en Brasil y en Argentina también lo fue), Jean-Louis Déotte, acaba de morir trágicamente en un accidente en África. Algunos años atrás de ese coloquio, Jean-Louis había comenzado un seminario sobre la desaparición en el Departamento de Filosofía de la Universidad de París 8, junto al profesor Alain Brossat –quien sería su compañero de ruta y de luchas-, en el que hablaban de la imposibilidad del duelo, de los espectros, de la “muerte de la muerte” que implica la desaparición, y de cómo las sociedades (prácticamente ninguna queda fuera) que han debido vivir este horror son unas que deben aprender a vivir con los espectros, y con su asedio constante e interminable. No creo exagerado decir que gracias a su pensamiento inaugural acerca de la desaparición política (recuperando ciertamente la obra de artistas, teóricos de la cultura, del arte y de escritores que antes que él se habían aproximado al problema) Déotte permitía que la filosofía saldase una deuda no menor consigo misma y con la sociedad: hacerse cargo de esta violencia que sobrepasa a la cultura, a la sociedad y al pensamiento mismo, y les exige hacerse cargo de los fantasmas, que son nuestros fantasmas, los de todos.

Un año antes del mencionado coloquio en Santiago, el importante teórico del arte chileno Justo Pastor Mellado traducía la primera parte de la gran tesis doctoral de Jean-Louis Déotte, que fue dirigida por Jean-Francois Lyotard en Paris 8. Publicada en francés en dos partes (Oubliez! Les ruines, l’Europe, le musée, y Le musée, l’origine de l’esthétique, ambas de 1993), Mellado tradujo de este monumental trabajo la primera parte, que tituló Catastrofe y olvido, las ruinas, Europa, el museo (Cuarto Propio, 1998). Déotte postula allí una particular y muy original teoría de la “superficie de inscripción” de los acontecimientos (el lugar donde quedan y se guardan las huellas de lo que ocurre), elaborando la hipótesis según la cual la superficie de inscripción que corresponde a la cultura “después de Auschwitz” es la de la ceniza, pues vivimos en la época de la borradura de las huellas (y de la desaparición). En un momento escribe allí: “Cada uno de nosotros debería saber (y preparar a sus hijos) que en tanto terrateniente, intelectual cosmopolita, artista de vanguardia, burgués (grande o pequeño), militante obrero revolucionario, oficial de tradición, francmasón, testigo de Jehová, homosexual, judío, gitano, etc., etc., simplemente porque nuestros padres, quizás en tercera generación, pertenecieron a alguna de estas categorías, podemos ser deportados, exterminados” (p. 251). Al mismo tiempo, elabora su teoría del museo (y Déotte es tal vez el filósofo que más profundamente ha pensado esta institución moderna): el museo es una institución abocada al olvido, y no a la memoria, pues se constituye borrando unas huellas para hacer que otras permanezcan, y estas son siempre las de los vencedores de la historia. Al museo volvería el año pasado, con la publicación de Le passage du musée (L’Harmattan, 2017).

Tiempo después, el año 2012, vería la luz una nueva publicación al español, ¿Qué es un aparato estético? Benjamin, Lyotard, Rancière (Metales Pesados, publicado en Francés en 2007). Allí resumía su importante contribución filosófica al debate sobre las relaciones entre arte, tecnología y cultura: la teoría de los aparatos. Su expresión más acabada la daría en un libro anterior, L’époque des appareils (2004, traducido al español por Adriana Hidalgo en 2013). Retomando el concepto de Benjamin, para Déotte un “aparato” es un objeto técnico capaz de instituir una nueva espacialidad y una nueva temporalidad, que posee entonces la capacidad de “hacer época”: la perspectiva, la fotografía, el cine (que resumirá a los anteriores), la cura psicoanalítica, el museo, la escritura digital (que es una suerte de hiper-aparato, que engloba a todos los otros). Déotte polemizará entonces con autores como Rancière o Foucault, pues para él las superficies de inscripción de huellas son ante todo técnicas y no discursivas. Es en este sentido que su autor de cabecera habrá sido Walter Benjamin, a quien le dedicó varios libros, el último de los cuales apareció el año pasado, Walter Benjamin littéralement (L’Harmattan, 2017). En español se han traducido dos: La ciudad porosa, Walter Benjamin y la arquitectura (Metales Pesados, 2013) y Estéticas benjaminianas (Prometeo, 2015). Benjamin, el pensador de las tecnologías de la imagen y de los vencidos de la historia (él mismo un desaparecido, pues su cuerpo fue arrojado a una fosa común por los fascistas españoles después que se suicidara en Port-Bou), pero también de las “casas del sueño” (museos, pasajes, centros comerciales) y de la fantasmagoría, permitió a Jean-Louis Déotte delinear su teoría general de nuestra época, una signada por la desaparición de los cuerpos, la borradura de las huellas y la fantasmagoría digital.

A Chile vino muchas veces, invitado por la Universidad de Chile (Pedro Miras, Pablo Oyarzún, Rodrigo Zuñiga) primero a la elaboración y después a dictar seminarios del Doctorado en Filosofía con Mención en Estética de dicha universidad; a la Universidad de Valparaíso, por la conmemoración de los 40 años del golpe militar, a un coloquio sobre la desaparición motivado por la tragedia de Ayotzinapa, o a los coloquios sobre cine y filosofía; al Instituto de Estética de la PUC, invitado por el profesor Román Domínguez; a la PUC de Temuco, invitado por el profesor Ricardo Salas. En cada lugar que visitaba, se tomaba el tiempo para conversar, para discutir, para escuchar.

Quienes tuvimos la suerte de ser sus discípulos y sus amigos lo recordaremos como un hombre extremadamente generoso, desprendido, con una agudeza ética muy alta para juzgar el comportamiento de los otros, sabiendo que en esta época de extrema violencia el decir y el actuar no pueden sino ir de la mano so pena de caer en el lugar de los enemigos (los fascistas, los vencedores de la historia). Un profesor particularmente exigente que no dudaba un segundo en decir que lo que había recibido (texto o comunicación) debía ser corregido y enmendado, muchas veces completamente: un practicante de la filosofía como una disciplina particularmente rigurosa, donde ante todo hay que evitar decir lo que el público o la moda quieren escuchar. Con Jean-Louis, la filosofía era una exigencia política (para él fue el arte el canalizador privilegiado de esta exigencia) que implicaba saber que nunca, nunca, uno debe estar del lado de los vencedores.


Académico del Instituto de Filosofía, Universidad de Valparaíso.