Cuando cerré la última página del libro “La política y la justicia del sufrimiento” (Antonio Madrid, Editorial Trotta), supe que había alguien capaz de poner por escrito una intuición que vivía en mi interior: que el derecho y el sistema de justicia no solo establecen derechos y persiguen la justicia, sino que muchas veces también los desconocen y persiguen la injusticia, causando un sufrimiento humano evitable.

Los sufrimientos humanos inevitables, por terribles que sean, no son moralmente cuestionables, como los que derivan de acciones sin culpa, de desastres naturales o de enfermedades sin cura. Pero los que son evitables son objeto de censura moral, como los que provienen de las hambrunas, de la falta de atención médica, de la expansión del SIDA por la alergia vaticana al sexo y al látex, de las guerras, de la explotación humana y otros.

Pues bien, en algún momento decidimos democráticamente que quien comete un delito debe sufrir la pérdida de su libertad, al menos en los delitos más graves. Nos parece justo y necesario. Otros sufrimientos distintos de la pérdida de libertad, entonces, son innecesarios o evitables y, por ende, moralmente injustificados.

Por lo que acabo de decir es que, por ejemplo, hemos firmado tratados en que acordamos no aplicar penas o tratos inhumanos, crueles o degradantes (Pacto de San José de Costa Rica). Por eso no hacemos casos a personas cuyas conexiones neuronales suelen colapsar frente a actos delictivos y proponen la horca, las castraciones, las violaciones o la tortura en los crímenes más terribles.

De esta manera, el único sufrimiento moralmente justificable es el encierro y la pérdida de la libertad para los condenados. ¿Esa es la realidad en Chile?

Hace unos días, la Fiscala de la Corte Suprema, doña Lya Cabello Abdala, entregó un informe acerca del estado de las cárceles en Chile. En síntesis, un desastre: hacinamiento, encierros larguísimos, falta de servicios higiénicos, falta de agua caliente o derechamente de agua, celdas de aislamiento, alimentación deficitaria con prolongados ayunos, etc. Tal como lo dice el informe, todo en violación del Pacto de San José de Costa Rica, al que me referí antes. Es decir, en nuestras cárceles actuamos con inhumanidad, de manera cruel y degradante.

Al menos, el ministro de Justicia y Derechos Humanos no debería poder dormir pensando en estos de los tratos y penas crueles, inhumanos y degradantes de nuestras cárceles.

Así que, llenos de esperanza, tras leer el informe terrible y desolador de la Fiscala de la Corte Suprema, volvimos la vista hacia el ministro Jaime Campos. Habla como esos abogados antiguos, sentados en escritorios de caoba, con patas de león y con adornos de plaqué. Habla como enojado, como si le desesperara que no le entendamos, lo que atribuye, claro, a nuestras limitaciones y no a las que su discurso pudiera tener. ¿Qué nos dijo?

Me parecía ver al ministro corear a Juan Gabriel: “pero qué necesidad, para qué tanto problema”.

Por un lado, los ayunos no son tales, nos dijo, porque las visitas les llevan comida a los internos. Me sacó un peso de encima. ¡Es tan reconfortante cuando nos tranquilizan la conciencia con tan buenas explicaciones!

Pero lo más importante que nos dijo es que lo denunciado por la Fiscalia no puede sorprendernos: esto ya se sabía y se venía denunciando desde hacía 15 años. No entiendo. ¿Qué quiere decirnos con esta frase? ¿Nos lleva a alguna parte? Peor aún, ¿es frase o una mera interjección larga a la que no se le puede pedir fundamentos o lógica?

Seguramente, don Jaime duerme estupendamente. No se pasea por las noches buscando cómo terminar con el sufrimiento de personas; no se despierta en medio de la madrugada pensando en el hambre de algún preso; al ducharse en las mañanas, al entibiar el agua, no se angustia imaginando a algún interno haciendo lo mismo en un baño inmundo y con agua fría; al mirar por la ventana no se le llena el corazón de opresión imaginando un encierro de 16 horas o, peor, una celda de aislamiento. No, el ministro está en paz, porque esto ha sido denunciado desde hace 15 años y seguramente ocurre desde que nació la República. Si algo es antiguo y sabido, no puede ser tan malo y no hay que armar tanto alboroto (solo aventuro la lógica ministerial).

Por lo demás, no lo olvidemos, son solo presos. Para muchas personas, son menos que seres humanos: son criaturas invisibles, que pueden pasar hambre, frío, miedos, angustias y recibir todo el maltrato que queramos sin que verdaderamente importe.

Nuestros presos, para muchos en nuestra sociedad, son como los judíos para los nazis, como los palestinos para los israelíes, como los africanos para los esclavistas europeos, como los indios para los encomenderos españoles… hay muchos ejemplos. Por eso algunos, haciendo gala del capitalismo insertado en nuestros huesos, sugieren que es mejor matarlos, porque así ahorraríamos dinero en mantenerlos y, con ese dinero, podríamos desarrollar enternecedoras actividades de caridad. Quizás donar a la Teletón.

Y nuestro ministro sigue durmiendo bien. No siente náuseas de nuestro trato a otros seres humanos. No siente la urgencia acuciante de terminar con el sufrimiento humano evitable en un asunto en que tiene poder. Así que no hace nada.

¡Perdón, perdón, perdón! ¡Qué desprolijo que soy! Pero claro que hizo algo. Él mismo lo dijo en su conferencia de prensa: firmó, en abril de 2017, un decreto supremo para regularlo todo.

Perfecto. ¡Qué menos podríamos haber esperado de un abogado tradicional, chapado a la antigua, con una fe inquebrantable en el poder de la norma escrita! Sabido es que los decretos cambian la realidad. Si hay hacinamiento no es por falta de espacio; si el agua está fría no es problema de las calderas; si hay ayunos muy extendidos no es por falta de planificación del programa de alimentación. No. Si todo esto ocurre es porque la Contraloría se demora mucho en tomar razón del decreto. Lógico. Aplastante. Preclaro.

Para qué vamos a diseñar un programa de alimentación eficiente que evite los ayunos de 16 horas, contratar personal que instale calefones o calderas para entibiar el agua o arquitectos que ideen formas de ampliación de los espacios.

Afortunadamente, en cambio, el ministro es un hombre de fe. La magia existe y en este tema se llama decreto supremo. Solo falta una especie de transustanciación, que, en este caso, se producirá cuando la Contraloría tome razón del decreto.

En ese día glorioso, vendrá Themis, más guapa que nunca, cabalgando sobre las nubes; se multiplicarán los panes; se ampliarán las celdas y los espacios comunes; se terminarán los encierros prolongados; manarán aguas tibias y habrá mucha rehabilitación. La vida carcelaria será hermosa.

Debería organizarse una gran fiesta en todos los recintos carcelarios del país el día de la toma de razón, explicándoles a los internos el milagro en desarrollo.

Y el ministro habrá sido un excelente ministro de Justicia y, sobre todo, un notable ministro de Derechos Humanos. ¡Qué linda puede ser la vida gracias a un simple decreto y su debida toma de razón! Que duerma bien, ministro. Y los presos, tengan fe. Ya viene el gran día.


Abogado de la Universidad de Chile