Comentar un libro basándose en algo que para algunos/as puede parecer marginal responde a una formación historiográfica, la cual suele otorgar un valor trascendental y habitualmente fetichizado a la “fuente”, la cual compone, en la disciplina histórica, la parte más importante de un aparato crítico. La fuente parece portar siempre la verdad de la escritura, la cual, como un añadido en el tiempo presente, se limitaría a periodizar, ordenar, describir, explicar y, tan sólo a veces, interpretar la verdad del pasado presuntamente contenida en ellas. En suma, a otorgar sentido –otorgarle, supuestamente, su sentido– a aquello que parece haber estado hasta entonces en el más pasivo reposo de la espera significante por la significación.

Sostener un comentario en semejante paratexto, no responde por cierto a tamaña ilusión objetivista sino, fundamentalmente, al intento de leer en ese pliegue, en ese archivo que es el paratexto, aquello que, tal vez más próximo a la enunciación, sostiene, siempre arrestada y elusivamente, el texto principal y sus múltiples hipótesis. Pero, además, esta estrategia responde a una discusión alguna vez iniciada con Rodrigo acerca de la historia y el problema de la recepción de un pensamiento en tierras extranjeras –como si, de todos modos, hubiese alguna tierra que no fuera extranjera. Esto en relación al trabajo de Žižek y su recepción en Chile, de lo cual Rodrigo hace eco en su texto al continuar esta discusión e interrogarse respecto a la articulación posible entre lo Real y lo político o, dicho de otro modo, entre la filosofía, el materialismo y el psicoanálisis (o cierto psicoanálisis), en el corte/acontecimiento/herida operado en la “historia” por el “encuentro pifiado” de Lovaina entre Lacan y un situacionista, Jean-Louis Lippert, en octubre de 1972.

Al inicio del texto, Rodrigo se pregunta si la acción de Lippert debe pensarse bien como una interrupción, bien como un accionar algo, o como una producción de algo… de “por ejemplo”, añade, “efectos políticos en lo simbólico”. Luego agrega: “incluso podríamos hiperbolizar nuestra perversión y sostener la hipótesis de que esta escena es el nexo causal –o más bien la ‘causa perdida’– (lugar exacto donde se inserta el paratexto que me interesa aquí) del paso dentro de la enseñanza lacaniana, a lo que se ha llamado su ‘último período’, caracterizado como una ‘reorientación por lo Real’” (p. 29-30).

El “por ejemplo” de la cita me parece ser lo fundamental, dado que efectivamente se hipotetiza así, enunciativamente, que a partir de este encuentro hay efectos políticos en lo simbólico, pero también que dicha hipótesis no es sino una perversión hiperbolizada, es decir, una exageración, un exceso. Tal vez pueda leerse allí una especie de mala conciencia historiográfica del autor, pero proveniente de esa historiografía objetivista que ya mencioné, que en el fondo tendría la sospecha de que esa escena, esa fuente, ese archivo, no es suficiente para explicar el viraje lacaniano hacia la primacía de lo Real (que, hacia el final del libro, distingue de una “pasión” fetichizada por lo Real). Sin embargo, Rodrigo no opera como historiador, y lo que hace no pretende ser una “historia intelectual” –al menos no del tipo “objetivista” o “documental” tradicional–, del viraje lacaniano de los años setenta. No se trata aquí de historio-grafía, pero no por eso se trata tampoco de una grafía que prescinde de la referencialidad, o que renuncia a la contextualización y a la periodización propia de una historia, pero sí de una que puede hacer operar esa escena como “causa”, aunque se añada el adjetivo de “perdida”, y aunque no deje de dudarse nunca de que sea una causa históricamente suficiente.

En efecto, cuando Rodrigo escribe que quizás se trate del “nexo causal” o de la “causa perdida”, encontramos el paratexto en todo su esplendor: “Aquí el nexo –explica el autor– sólo es válido como causa Real que opera inversamente a la causalidad histórica”, es decir, que la causalidad Real es la “discontinuidad (milagro, fortuna o encuentro)” (p. 30, n. 19) que interviene lo Simbólico: en un instante imposible de capturar, algo se escribe, pero como si al escribir rajara el telón en el que se proyecta la escena, introduciendo con violencia una reconfiguración del deseo entonces multiplicado, y una rearticulación del síntoma y del goce. He allí el poder del disturbio: un “accionar imprevisto”, a partir del acto del situacionista que, al verter el líquido de la jarra, al dar vida a los objetos y objetualizar intempestivamente a los sujetos, y especialmente al Sujeto supuesto Saber de la escena, a Lacan, la transforma inevitable e irrecuperablemente, a pesar de los esfuerzos de Lacan.

La escena rasgada: universitaria, presumiblemente sectaria y –a pesar de las posibles ilusiones de los y las asistentes– conservadora, es intervenida, y lo que Rodrigo hace a través de las páginas de su libro, es pensar esa intervención y proponer lo que hacia el final del mismo denomina “teoría de la acción”. Pero no de cualquier acción, sino de la acción política, una “teoría política del encuentro” (p. 146), del encuentro siempre pifiado, donde se produce performativamente un fuera-de-sentido que rearticula lo Real. Se trata de acciones-encuentros-intervenciones –como señala en otra nota al pie hacia el final del libro haciendo referencia a los mismos primeros años de los setenta, pero ahora en Chile–, que “fueron capaces de crear una articulación de lo Real, de organizar formas de vida no creadas hasta ese momento” (p. 140, n. 125). Es decir, acciones-encuentros-intervenciones que en su performatividad son capaces de articular un nuevo orden que “deja de estar circunscrito a un orden Otro o a una figura paternal de codificación” (p. 144). Esto último se trata de lo que psicoanalíticamente se ha llamado acto. Como señala el autor en otro paratexto: “un acto es siempre un acontecimiento insoportable para el sujeto, un modo de resolver un problema sobredeterminado por el lenguaje pero que no puede resolverse en términos simbólicos” (p. 57).

A partir de esta última referencia, Rodrigo problematiza el alcance del acto con la historia, en donde evidencia una oposición entre ambas, ya que como el mismo señala “el acto nombra un enfrentamiento con lo que hacemos sin el soporte histórico”, mientras que la historia se nos presentaría a la manera de un ocultamiento de lo que hacemos. Es esta misma idea la que aparece en el último capítulo del libro, ahora en el texto principal, pero entre paréntesis (acaso otra forma de paratexto, acaso otra forma de enunciación): “la historia encubre lo que realmente hacemos”, es decir, que no se trata de “una escena histórica sublime en la que se desató un enfrentamiento entre dos sujetos históricos que dominando el encuentro, actuaban en consecuencia con el significante que representaban” (p. 137), sino de una traición performativa de la historia por el acto.

Finalmente, queda aún por discutir si es posible una forma de historiografía que, atendiendo a este recusamiento y sospecha tendida hacia la historia objetivista, tradicional, documental, pueda dar cuenta –como intenta hacerlo Rodrigo, hay que decirlo– de la potencia transformadora del no-saber, del poder de disturbio de la herida del acontecimiento que nos aspira y nos hace señas.

Lacan y un situacionista: Intervención performativa de su encuentro pifiado
Rodrigo González
Pólvora Editorial
159 páginas
Precio de referencia: $7.200