El día en que Luis Carroza fue a matricularse en la universidad, no pudo despegar su mirada del reloj en toda la mañana. Había acordado juntarse con un amigo a las 9 para partir desde Quillota a la Universidad de Playa Ancha, pero antes de las 7 ya estaba listo, esperando.

“Estaba súper ansioso, me sentía como esas veces que me iba a juntar con una chiquilla y pensaba durante horas qué le iba a decir”, cuenta.

Hace algunos días, cuando vio sus puntajes de la Prueba de Selección Universitaria, había derramado lágrimas de alegría. Bordeaba los 600 puntos, lo suficiente como para ingresar a estudiar pedagogía en un campo que había sido crucial para su vida en los últimos años: la filosofía.

“Me gusta preguntarme por mi existencia, por mi origen, por quién soy, por qué hago esto, a qué vine a este mundo. Me gusta esa controversia, esa lucha contra lo que está establecido en la sociedad. Cuando chico jamás pensé que llegaría a la universidad, era algo demasiado lejano para mí”, asegura Carroza, quien pasó 13 años de su vida en un hogar del Servicio Nacional de Menores (Sename).

Pero ahí estaba, a punto de lograrlo. Luis había olvidado -“de pavo”, según asegura- postular durante el primer período al beneficio de la gratuidad, a pesar de cumplir todos los requisitos. Sí lo hizo en el segundo proceso que se abrió el 20 de febrero, por lo que está aún esperando sus resultados.

Otro tema era la matrícula. El amigo que lo acompañó, Sebastián Alarcón, quien había sido uno de sus educadores en sus tiempos en el Sename, tenía el dinero justo para pagarla, y así lo hizo. “Siempre vamos a apoyar al Luchito, porque para nosotros también es un ejemplo”, cuenta Alarcón.

Con todo el papeleo listo, Carroza se dirigió a su amigo y le dijo:

—¿Sabís qué, Seba? Mi vida está cobrando sentido nuevamente.

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Algunos en hogares, otros entregados a familiares, otros que se fueron en adopción. Elizabeth Costelli ha vivido ocho veces la pena que sufre una madre que se separa de su hijo.

Si bien Luis Carroza es el segundo de la familia, fue el primero en ser llevado a un centro de Sename. Él aún recuerda cuando a los seis años llegó a su casa en la población Lo Garzo de Quillota y vio a su madre llorando.

En lugar de darle una explicación, Elizabeth se remitió a decirle que tenían que salir.

—Mamá, ¿dónde me llevas?

—A un colegio, Luchito. A un colegio.

Al llegar al número 660 de la avenida 21 de mayo, Luis vio por primera vez las dos casonas que componían el Hogar Enrique Callejas del Servicio Nacional de Menores. Se puso de inmediato a jugar con los niños en el patio, mientras Elizabeth hablaba con la directora de la residencia, Zadeska Retamal.

Fue un mes el que esperó antes de volver a ver a su madre, y 13 años los que vivió en ese hogar que se convirtió en su verdadera casa y familia.

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El Hogar Enrique Callejas

El Hogar Enrique Callejas, cuyo sostenedor era la Corporación Obra de María Madre de la Misericordia, constaba de una casa de dos pisos para los niños más pequeños y de otra de un piso para los adolescentes. En total, tenía capacidad para alrededor de 35 niños.

Las visitas que recibía Luis de parte de Elizabeth eran esporádicas, mientras que su padre en cierto punto dejó de ir a verlo. Pero él era feliz en el hogar, con tutores que se transformaron en sus otros padres y compañeros que se transformaron en sus otros hermanos.

Pasó por colegios quillotanos como el San Pedro Nolasco, el Cumbres De Boco y el Valle de Quillota. Siempre tenía promedios sobre 6, pero lo único que era capaz de echar abajo esa marca era cuando sufría alguna caída en un ámbito personal. Y no fueron pocas esas ocasiones.

En su círculo familiar, tuvo que enfrentarse al hecho de que se llevaran a dos de sus hermanas y a un hermano en adopción. Se juntó con la gente de los tribunales de familia para poder volver a verles, pero le negaron la solicitud. “Yo sería el hombre más feliz del mundo si pudiera volver a juntarme con mis hermanos, nosotros no teníamos la culpa de las decisiones que tomaban los adultos”, asegura.

Ese deseo es compartido por su madre, Elizabeth Costelli: “Yo quedé muy mal cuando me quitaron a mis hijas y a mi niño, alguien me castigó, porque nunca me dijeron las cosas cómo eran. Yo ya los perdí, no los puedo ver. Los llevo en mi corazón, con todo lo lindo que pasé con ellos. Ahora tengo que disfrutar con los hijos que me quedan no más”.

Otro de los ámbitos que ha marcado su vida familiar ha sido el abuso. Su hermano mayor, conocido en la región como “Tony Cuco”, fue encarcelado en 2014 por abusar de un menor. Luego, debido a su retraso mental, fue internado en el Hospital Psiquiátrico de Putaendo. Él no ha salido de Quillota, según Luis, por miedo a que lo puedan matar. A ese caso se suma el de su abuelo, que también fue enjuiciado por presuntos abusos.

“He pasado hartas cosas. Lo de mi hermano mayor, de mi abuelo, de mis otras hermanas, la familia en general. Igual todo me ha dolido muchísimo, pero tengo que salir adelante. Sacar algo positivo de ellos, eso me enseñaron de chico. Tener a todos mis hermanos conmigo es mi gran sueño, y si quiero algo voy a luchar por ese objetivo”, asegura.

A pesar de todo esto, Luis seguía con un buen desempeño en el colegio. En sus últimos años de educación media, sus buenas notas le valieron el beneficio de contar en el hogar con una pieza para él y otra para sus estudios. Combinando esto con sus experiencias personales, se fue forjando con un fuerte sentido crítico.

Uno de los ensayos que escribió para la escuela, titulado “La injusticia”, decía: “Me es posible elucubrar una reflexión personal en torno a la justicia chilena: en un país donde la justicia muta según el apellido con el cual naces, la comuna donde vives o el colegio al cual asistes, es posible atribuir a esta noción un carácter más bien superficial.(…) Nuestro Estado, en vez de garantizarnos la seguridad de vivir en una sociedad más justa y equitativa, sólo nos permite anclarnos a una moda, un estilo o simplemente a una crítica”.

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Fue en mayo de 2016 que Luis se enteró de que cerrarían el Hogar Enrique Callejas, una situación que se venía arrastrando desde que empezaron a llegar niños con necesidades más complejas y que, al no ser atendidos de forma oportuna, se escapaban del hogar a invadir sectores cercanos.

Cuando le contó a su hermano pequeño -el único que vivió con él en el hogar-, éste empezó a hacer desórdenes y romper vidrios. El ánimo de los niños decayó considerablemente, dejaron de ir con frecuencia a la escuela y semana a semana se vivían traslados a otros hogares.

La noticia devastó a Luis, ya que nuevamente le estaban quitando a sus hermanos. Tomó un lapiz y escribió una carta al Sename: “Me dirijo a Uds. en representación de todos los niños que viven en el hogar Enrique Callejas, y que para Uds. soy un número más dentro de los niños que viven en residencias del Sename en todo el país”.

“No queremos ir de casa en casa por decisiones que toma una persona con un supuesto poder y que esa decisión influya crucialmente en nuestras vidas y nuestro futuro. En mi vida y estadía en el hogar, tuve un gran apoyo en todos los procesos, desde los educadores, asistentes y directores que han trabajado para tener una buena educación y una serie de buenos valores para poder sobrevivir en esta sociedad”.

“Para mí, este es un proceso muy complicado, porque debo tomar decisiones que afectan a mi desarrollo personal y profesional y todo esto obstaculiza el cierre de las etapas que superé, desde el desarraigo de mi familia inicial hasta ahora la separación de mi familia actual. Con esto quiero reiterar que toda esta información es reflejo de nuestra vivencia y realidades que enfrentamos cada niño y joven de este país, ajenas a su conocimiento”.

Carroza no recuerda muy bien cuáles fueron las razones de por qué se guardó esa carta para sí mismo pero, tal como expuso en la misiva, el cierre del centro influyó en su desarrollo personal y profesional, ya que los resultados de la primera vez que dio la PSU distaron bastante de los que esperaba. Tuvo que calmar sus ánimos antes de dar otro intento.

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El colegio Valle de Quillota

—¿Qué va a pasar con mis hermanos del hogar? —le preguntaba Luis a su profesora de Filosofía en cuarto medio del colegio Valle de Quillota.

Betsabé Araya fue una de las personas que vio directamente cómo la situación del Enrique Callejas afectaba a Luis y lo obligaba a preguntarse cosas. “Toda su vida se preguntó cosas, pero nunca supo que eso era filosofía. En algún momento él pensaba que iba a salir de cuarto y que no iba a hacer nada. No tenía metas. Yo creo que la filosofía ayudó al Luis, pero al principio lo complicó un poco porque nunca le daba respuestas. Después entendió que esas mismas preguntas lo ayudaron al final a enfrentarse a su futuro fuera del centro”, cuenta la profesora.

Luego agrega: “Filosofía es de las pocas asignaturas que van más allá de la memoria y ayudan a la reflexión. También ayuda a los alumnos a enfrentarse al futuro, a la ética y la moral. Luis es un ejemplo, tuvo un año malo porque tenía que salir al mundo de verdad, sobrevivir. Y la filosofía lo ayudó a pensar de forma más racional, no tan emocional”.

Según relata Araya, era el alumno más crítico de su clase y siempre buscaba otros textos para profundizar los contenidos. Después le gustaba seguir discutiendo en los pasillos con su profesora. Ella le veía el potencial para convertirse a futuro en profesor de filosofía, pero se contenía para no influir en lo que el niño quisiera hacer con su vida. “Hasta que me contó lo que quería estudiar y casi me puse a llorar”.

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Mientras conversa con El Desconcierto sobre la etapa que se le viene, Luis Carroza no puede evitar sonreír. Lo único que quiere es entrar a la universidad a, en sus palabras, “devorar como un Pac Man” los conocimientos que se le entreguen.

Por mientras, espera que se resuelva bien su postulación a la gratuidad -política que considera “básica” para cualquier sociedad- y se prepara con libros como “El Crepúsculo de los Ídolos” de Nietzsche, “Diálogos” de Platón y “Disciplinas y saber” de Foucault. Asegura no tener miedo con lo que pueda pasar con las horas de Filosofía en tercero y cuarto medio.

—¿Qué te ha parecido ese debate?
—Yo apoyo a todos los profes que ejercen esa pedagogía en todo Chile. Cuando iba en el colegio, en el humanista tenían todo el rato Filosofía. Romper con todo eso sería sacarnos una parte a nosotros, una parte crítica de cada persona. Yo creo que no quieren hacernos pensar, sino ponernos otras necesidades más banales, materiales, momentáneas. La filosofía te da sabiduría, ganas de vivir, te hace reflexionar y preguntarte cosas sobre tu existencia.

—Otros niños sueñan con tener lo que no tuvieron y optan por carreras que les renten más. ¿Por qué optaste por la filosofía?
—A mí me decían lo mismo: “No vas a tener pega / Vas a ser pobre / Vas a hacer cualquier cosa menos filosofía”. Yo les digo que nada que ver, que hay que puro darle. A mí me gusta que la filosofía te dé respuestas y preguntas, y quiero estudiarla para crear en las personas ese ámbito crítico de emanciparse con sabiduría. Como en el mito de la caverna, hay que salir de ella para poder liberar a los demás.

Luis Carroza